sábado, enero 21, 2017

Digestión del horror














No me da el espacio para pormenorizar el reformateo mental de los adolescentes. Tengo, sin embargo, algunas ideas armadas a partir de lo que he conjeturado desde que comenzó a darse un acceso de amplio espectro a la información, a cualquier información. Para comentarlo necesito recordar —recordarme— qué era ser adolescente hasta antes de internet y, mejor aún, más precisamente, hasta antes de las redes sociales.
Para las generaciones anteriores al boom de las nuevas plataformas de la información ser adolescente consistía en aprender dosificadamente lo bueno, cierto, aunque también lo malo. Por la edad, los conocimientos eran administrados por instituciones inmediatas: más o menos, la familia formaba hábitos de conducta cotidiana (aseo, responsabilidad, respeto a los mayores), la escuela proveía de conocimientos en materias básicas como aritmética, redacción, biología y demás, y la iglesia se encargaba de infundir expectativas y temores trascendentes. Luego la calle, los amigos, iban aleccionando al joven en materias de sexualidad, malicia para defenderse y atacar, picardía varia.
Toda la información ingresaba al joven en módicas cuotas, poco a poco, hasta que, llegado a cierta edad, el joven era adulto y, se supone, alcanzaba una base axiológica firme para distinguir con toda claridad, o más o menos con toda claridad, “lo bueno” de “lo malo”. Así me formé yo y así se formaron, con las variantes que son del caso, miles de jóvenes aquí y en China. Digamos que algo tarde, cuando ya éramos maduros, nos enterábamos de las monstruosidades de la vida.
Pasa ahora que todo se ha precipitado. A una edad de suyo complicada, la adolescencia, se ha añadido una sobredosis de información muy difícil de digerir. Y no me refiero, claro, a la información constructiva, edificante, sino a toda la que, lo sabemos, es difícil que un joven pueda procesar sin atragantarse. Pienso en la información sexual, por ejemplo. ¿Cuándo vimos o nos enteramos nosotros, por ejemplo, de la penetración anal? ¿Sabemos que eso es ya pan de cada día en cualquier espacio pornográfico? ¿Qué piensa un joven sobre la sexualidad si cobra adicción por esas escenas?
No voy a caer en la moción reaccionaria de prohibir. Sólo diré que debemos acompañar más a los jóvenes, que hoy más que nunca estamos obligados a ayudarlos con la digestión del horror.

miércoles, enero 18, 2017

Nostalgia de la cárcel













En una de las páginas de su libro 2922 días: memorias de un preso de la dictadura, el ensayista Eduardo Jozami comentó una característica del encierro en la que yo jamás, claro, había reparado. Observa que un preso político, y quizá cualquier preso, se va adaptando a la circunstancia como el nativo de un lugar se adapta a las condiciones de su medio natural: “Aun en los regímenes carcelarios más severos la vida se vuelve rutinaria y, por lo tanto, el preso tiende a acomodarse”. Se refiere Jozami a su cautiverio de ocho años como preso político de la dictadura que gobernó (es un decir) la Argentina entre 1976 y 1983, cuando poco después del fracaso en la guerra de las Malvinas se dio el regreso de la democracia.
Más que comentar el libro, lo que será motivo de alguna reseña venidera, deseo reflexionar ahora sobre ese rasgo en la percepción de Jozami y emparentarlo con lo que habitualmente nos ocurre a los mexicanos. El también autor de la mejor biografía sobre Rodolfo Walsh que conozco apunta que luego de sus años encerrado le quedó una especie de nostalgia, llamémosla así, con exagerada lasitud, de los momentos de serenidad vividos tras los barrotes. Es, creo, algo raro, una especie de síndrome de Estocolmo penitenciario. ¿Cómo —podemos preguntarnos— alguien puede recordar con agrado ciertos momentos de su reclusión?
El mismo Jozami da la respuesta a esa pregunta. En un régimen opresivo, donde unos pocos tienen todos los hilos del control y otros sólo deben callar y obedecer, hasta la cárcel puede ser grata durante algunos periodos, es decir, cuando por un tiempo no hay torturas, requisas, vejaciones. Ya en el destino de la cárcel puede llegar a ser hasta gozoso estar encerrado en un cuarto sin ruido y con libros. El preso agradece tal rutina y vive permanentemente atento, temeroso, a los cambios sorpresivos, a la posibilidad del empeoramiento.
Tras leer eso pensé, creo que con alguna razón, en los mexicanos: aunque sepamos que estamos mal, que muchas veces hemos tocado fondo, que nuestros carceleros no suelen apiadarse, solemos sentirnos contentos en la precariedad, pues siempre sospechamos que la situación podría ser más terrible. Por eso el poder induce el miedo: sabe que preferiremos la quietud de la opresión a la incertidumbre de un traslado o una golpiza.

sábado, enero 14, 2017

De rapiña y de cinismo












Comparto con miles, tal vez con millones de mexicanos, el asco ante los recientes discursos de Peña Nieto. Ya no es posible hablar con eufemismos. Asco, asco puro, es lo que produce su oratoria acartonada, su ensayada pose de político que sabe algo. Con o sin teleprómpter, el residente actual de Los Pinos nos comunica impostadamente grave lo que en los hechos podemos entender como devastación de la economía nacional.
En los días recientes, el sujeto que en teoría encabeza el gobierno de lo que queda de México ha tenido que salir a declarar lo impensable para justificar el hachazo perpetrado contra los mexicanos con el aumento al precio de la gasolina. El jueves pasado fue el colmo. La alocución parece improvisada, de ahí el manejo simplista y enredado sobre todo de su intro: era necesario eliminar el subsidio a la gasolina y usar ese recurso para rubros cuya atención no permite más demora: salud, educación, seguridad… Junto con este imperativo, el gobierno ha eliminado el subsidio para operar como casi todo el mundo, es decir, se trata de una medida aguijada por razones foráneas.
Ganar tiempo es, desde hace mucho, el tema implícito, lo no expresado pero evidente en los discursos enunciados durante los últimos estertores de cualquier gobierno mexicano. EPN está lejos todavía de ceder la banda presidencial a su sucesor, pero ya parece desguazado por los acontecimientos. Se habla incluso de cansancio, de un deseo ya más o menos visible por tirar la toalla. Como tal abdicación no va a darse y no hay modo de deponerlo por otros medios, debe amasar discursos en los que, como es ya una tradición cada vez más exasperante, los buenos resultados de las decisiones tomadas en el presente, un presente de fracaso, se ubican en el borroso futuro, en los sexenios por venir, es decir, cuando gracias a la impunidad que nos caracteriza sea imposible asentar responsabilidades.
En el mismo discurso, EPN articuló una de las metáforas más desafortunadas que yo recuerde en labios de un Ejecutivo federal: “se nos acabó” Cantarell, “la gallina de los huevos de oro”. Se nos acabó. Así, como si de golpe, de un día para otro y de la nada, desapareciera, sin culpables a la vista, el manantial de nuestra riqueza. Tiempos trágicos los que vivimos. Tiempos de mentirosos seriales, de rapiña y de cinismo.

miércoles, enero 11, 2017

En barrena




















“Se define barrena como pérdida prolongada, en la cual el avión cae en una posición de morro bajo describiendo una trayectoria helicoidal (como un sacacorchos) alrededor de su eje vertical. Esta situación también se conoce como autorrotación. Es una maniobra peligrosa si se hace a poca altura debido a la mayor o menor dificultad de salir de ella (dificultad que depende básicamente del tipo de avión y del ángulo de su eje longitudinal respecto al horizonte)”, expresado así, al modo de Wikipedia, el texto es algo complicado para quienes no nos movemos en el ámbito de la física o, más precisamente, de la aeronáutica. Lo que describe es la caída en picada de un avión, tal y como está cayendo nuestro país desde hace varios años.
Antes no advertíamos tanto este descenso porque, como lo observa la explicación técnica, el desplazamiento en caída libre es más peligroso en la medida en la que nos aproximamos al suelo. Hace algunos años ya avanzábamos en dirección al desastre, pero de una u otra forma sospechábamos que todavía había tiempo para reaccionar, para elevar la nave. Sin embargo, nada, absolutamente nada (ni con Salinas, ni con Zedillo, ni con Fox, ni con Calderón) indicaba que el destino de la nave fuera otro que el choque con el horizonte; hoy entonces, en los también pavorosos años de Enrique Peña Nieto, la certeza del impacto está cada vez más cerca.
Disculpen la metáfora aeroespacial, pero de momento no se me ocurre otra para imaginar la trayectoria del país. Está en caída libre y sin piloto en los comandos, si señales provenientes de la torre de control y además, por si fuera poco, amenazado por un gigantesco cazabombardero con matrícula norteamericana. Los pasajeros, por eso, estamos en vilo, viendo con vértigo que el relamido piloto nos tira choros tranquilizadores mientras sentimos el vértigo del desplome.
Sin dejar de señalarlo con incertidumbre, muchos analistas en medios de todos los pelajes apuntan, ahora sí, que queda poco margen de maniobra, que el país ya no está lejos del colapso y que por tanto es imperativo hacer algo. El problema es cómo dar ese viraje, cómo escapar de la coyuntura en la que nos han metido varios gobiernos hasta llegar, para colmo, a uno particular, apabullantemente inepto: el actual.

sábado, enero 07, 2017

Héroes congelados














Cada dos o tres meses practicamos algún ritual para venerar a nuestros héroes. Desde el gobierno, por la vía de la SEP, los niños son sumariamente informados sobre las gestas de personajes que de una manera u otra, a veces sin mucha claridad, “nos dieron patria”. Nos enteramos por lo general, con un maniqueísmo y un vaciamiento contumaces, de que los héroes se rebelaron contra alguna tiranía, contra algún déspota adecuado, encarnación de la perversidad. No vemos nada mal que así haya sido: el pueblo, encabezado por líderes henchidos de convicciones, tuvo todo el derecho a reclamar justicia, libertad, bienestar, soberanía, etcétera, y si algún autócrata se opuso no hubo más remedio que defenestrarlo. Esa es la didáctica general de las efemérides inscritas en el santoral patrio.
Lo curioso de este respeto irrestricto a la heroicidad es su abstracción. Los próceres y sus hazañas son objetos de museo, son parte del injusto pretérito y hoy sólo sirven para que en los patios escolares y en las plazas públicas les mostremos gratitud. Las injusticias contra las que lucharon aquellos hombres probos ya no existen, como tampoco los tiranos que las impusieron. En el presente, pues, gozamos de las instituciones conquistadas gracias a hombres y mujeres bien acaudillados.
Soy de los que creen (y lo creo así desde hace al menos treinta años) que en México padecemos un régimen cuya esencia es beneficiarse a sí mismo y crear injusticias de todos los colores y de todos los sabores. Atrincherada en la hueca historia de bronce y en el “respeto a las instituciones”, una manga de pillos ha prevaricado el servicio público hasta convertirlo en acto ya visiblemente peligroso. Para lograrlo, se ha apoderado de todos los instrumentos que tiene la República para legitimar sus trapacerías y permitir su impunidad. Con algunas pálidas excepciones, son dueños, mañosamente dueños, de todos los hilos: la presidencia, las secretarías, las cámaras, el INE, el aparato económico, el sistema de seguridad, los gobiernos estatales… y no se han saciado.
No digo que calquemos a los héroes, pero sí que pensemos en lo obvio: las injusticias, la opresión, la falta de respeto a la ciudadanía, el despotismo en suma, no son padecimientos del ayer, lepras del pasado. Los vivimos hoy, y hay que hacer algo.

miércoles, enero 04, 2017

Misil Proust














Avelina Lesper extendió su campo de acción a la literatura. Como sabemos, durante muchos años ha tratado de exhibir, creo que legítimamente, el muy fraudulento manejo que se da en el mercado del arte. Decenas, acaso miles de creadores de manchitas o instalaciones sin valor pululan hoy y, aunque se trate siempre de un asunto muy subjetivo, o precisamente por esto, no está de más tratar de distinguir el grano de la paja.
He leído su alegato contra la llamada “tuiteratura” y siento que hay allí, acaso por la arrebatada brevedad del texto, demasiados sobrentendidos y otras tantas generalizaciones. Para empezar hay que decir que con internet se multiplicó toda forma de creación personal buena, regular y pésima. Artistas y seudoartistas de cualquier disciplina (música, plástica, danza, cine, literatura…) han encontrado un trampolín en las nuevas tecnologías y ya no podemos esperar que sólo se manifiesten los genios. Ahora es suficiente un teléfono celular y WiFi para que cualquiera, con o sin talento y formación, nos comparta sus chuladas. Ya deberíamos estar acostumbrados a esto y no sentir que se trata de una horda invasiva al Sagrado Recinto de la Belleza.
Sospecho que quienes trabajan seriamente en alguna disciplina artística han asumido el uso de las redes sociales, como Tuiter, con el debido escepticismo. Me parecería insensato que alguno se creyera mejor artista sólo porque publica allí. Tampoco me parece afortunado disparar el misil Proust para contrastar la supuesta frivolidad de todos los tuiteros con respecto del abnegado francés. Que yo sepa, ningún tuitero cree que sus maquinazos de 140 caracteres pisarán los callos de En busca del tiempo perdido, y lo mismo ocurre con quienes suben su música a YouTube: no están compitiendo contra Wagner. Calma, pues, no caigamos tan fácil en el fundamentalismo de la pureza.
Salvo todas las salvedades (que en las redes son casi infinitas), sospecho que los buenos escritores que se asoman a Tuiter lo hacen sin pensar que de allí, de sus tuitazos (me suena feo eso de “twiterazos”), va a salir la obra que estremecerá a la humanidad. Creo que la alarma de Lesper es, pues, excesiva. Más: creo que si monsieur Prust hubiera tenido redes sociales, las hubiera usado sin sentir que perdía el tiempo para ir en su prodigiosa búsqueda.

sábado, diciembre 31, 2016

Libros para el año













Hay un sobrentendido. Cuando un encabezado dice “libros del año” debemos suponer que se refiere a libros del año en tal país, quizá a libros del año en tal idioma. Aun bajo esta delimitación, es inmenso el número de libros publicados durante doce meses en países como México, no se diga en España, Francia, Alemania o los EUA. Por eso toda lista de “libros del año” es un intento (agradecible, pero intento al fin) por destacar títulos que de alguna manera podemos ir visualizando para futuras incursiones a la librería.
La caudalosa producción editorial es la razón por la que casi todas las listas son disímiles. Aunque suelen tomar en cuenta sólo los libros de sellos famosos, no logran dar con los mismos títulos, y esto se debe a lo mismo: es mucho, muchísimo, lo que se publica. Si a eso sumamos la producción estatal, municipal, universitaria y “de autor”, el universo termina por ser apabullante. Basado en esta especulación, no suelo deprimirme cuando veo que en una lista asoman libros que no conozco. Insisto que es agradecible —no lo minusvaloro— el trabajo de medios y periodistas que intentan cribas de fin de año, pero tampoco me ato a la decepción si no hallo en sus enumerados algún libro de mi interés. Finalmente, uno como lector ya más o menos formado sabe por dónde corre al agua, en qué tipo de libros pondrá sus énfasis.
Como los otros, este año leí mucho, acaso más de lo proyectado, pero no necesariamente lo que quise. Fui, por chamba, jurado de cinco concursos (novela, crónica, poesía, reportaje y microficción), lo que me mantuvo pegado a libros inéditos, muchos de ellos harto estimables. Junto a esto, los libros que trabajé como editor y, al final, los que leí por gusto. La suma de todo me queda borrosa, y no quisiera repetir una experiencia similar, sino dar prioridad a la lectura hedónica.
En este sentido, quizá no sea mala idea pensar como no-lector que apetece serlo. Si usted no lo es pero prefigura en el arranque de año el propósito de leer más, no se martirice de antemano con una lista descomunal. Elija un libro por mes, uno solamente, trate de que sea bueno y váyase sin prisa. Junto con el gym, junto con la dieta, junto con la supervivencia, leer doce libros no es un mal propósito de año nuevo. Y suerte. Mucha salud y al menos doce libros para todos.

miércoles, diciembre 28, 2016

Adiós al libro epistolar




















Amigos de Milenio Laguna: con esta colaboración reanudo el abordaje de asuntos no narrativos en la columna. Durante todo este año, como saben, trabajé en la idea de urdir pequeños relatos, ficciones. Regreso hoy al comentario sobre libros, medios de comunicación y demás yerbas. Gracias por seguir en compañía de este espacio.
Hace dos semanas, la revista Literal-Latin American Voices convocó a varios escritores a proponer sus tres libros favoritos publicados en 2016. Fui invitado a participar y propuse mi tercia. Entre ellos se encuentra Cartas a Luchting (1960-1993) (Universidad Veracruzana, México, 320 pp.). Argumenté que sigo y seguiré creyendo que Julio Ramón Ribeyro (Lima, Perú, 1929-1994) es uno de los mejores cuentistas latinoamericanos pese a que no ha gozado, ni en vida ni póstumamente, la exposición de otros escritores. Es un autor al que vale la pena tener y leer completo así sea silenciosamente, y si bien en 2003 habían aparecido sus torrenciales diarios (La tentación del fracaso, Seix Barral, Barcelona, 680 pp.) y el ensayo —para mí notable— Julio Ramón Ribeyro: cinco claves de su cuentística  de Gerardo García Muñoz (Universidad Iberoamericana Torreón, Torreón, 115 pp.), falta mucho por publicar, republicar y estudiar sobre el narrador peruano. Por eso me dio gusto que la Universidad Veracruzana haya auspiciado la edición de las misivas enviadas por Ribeyro al alemán Wolfang Alexander Luchting, su promotor, traductor y agente. Preparadas por Juan José Barrientos, estas Cartas… no son una mera curiosidad editorial, sino otra puerta de acceso a la apesadumbrada personalidad y buena parte de la vida cotidiana —nuevas claves para entender mejor su obra— del autor de Las botellas y los hombres.
Aprecio los libros con correspondencia de artistas porque son, a su modo, yacimientos de una privacidad reveladora, archivos para explorar querencias y malquerencias. Hace años comenté que el mail iba a dificultar la edición de esos libros en el futuro, pues ya pocos ordenan su correspondencia electrónica. Años después, o sea hoy, es más que evidente el cambio de panorama: los libros de correspondencia desaparecerán: Whatsapp y el chat de Facebook les descerrajaron el balazo de gracia.

sábado, diciembre 24, 2016

Décadas














Hubo un tiempo en el que no pasaba nada, en el que su organismo atravesaba días y noches sin sufrir ni sombra de dolencia, incólume. Eso no duró poco. Fueron años, lustros, décadas, cuatro décadas enteras, todas con días de 24 horas, todas con horas de sesenta minutos, sin un solo malestar, ni el más pequeño. La vagancia, los juegos, las vacaciones enteras en trajines físicos no dejaban traslucir la existencia del cansancio. La máquina estaba nueva, y así, como nueva aunque no lo fuera, duró por más de cuatro décadas. Luego, algo más allá de los cuarenta, muy entrados los cuarenta, casi al rasguñar el medio siglo, algo pasó. Sin avisar, silencioso como el avance de un felino, el tiempo llegó con su zarpazo y comenzaron los avisos. Un día cualquiera fue al consultorio de la compañía movido por un simple dolor de cabeza. El doctor le dijo siéntese, le colocó el brazalete, manipuló la bombita con manguera y vio el resultado de la presión. Mala señal. “Tome esto y venga mañana”. Y al día siguiente sucedió lo mismo, aunque en los hechos no era lo mismo, sino algo peor, pues confirmaba la mala situación: la presión se movía en rangos peligrosos. “Siga tomando la pastilla que le di y vuelva mañana”. Los días fueron pasando hasta que la pastilla logró establecer el equilibrio. “Tendrá que tomar esto de ahora en adelante, todos los días, y caminar y cambiar de hábitos alimenticios”. Ni siquiera fue necesario esperar que el cuerpo le diera más malas noticias de manera gradual. El médico se encargó de evitar rodeos. “Debe ver su corazón, ir con un especialista. Casi tiene cincuenta y ha llegado la hora de revisarse con ciudado”. Bien. No pasa nada. De una forma secreta siempre esperó esto, el primer aviso serio del cuerpo, y ya había llegado. Lo que no esperaba es lo que vino después: luego del primer aviso se sucedieron los otros. El cardiólogo no había sido muy optimista y hace dos días apareció algo nuevo: sin reparar en las consecuencias acomodó varias cajas y con una de ellas sintió el jalón en la espalda baja. Pensó que el dolorcito sería pasajero, pero ahora veía que no, que tendido en la cama, inmovilizado por el dolor, sólo esperaba que eso no fuera a multiplicarse ni le diera peores noticias. Pero era mucho soñar. El tiempo bueno había pasado.

miércoles, diciembre 21, 2016

Novela













Una semana después pude decirle la verdad. La tomó tranquilamente, casi abochornado por el papelón del martes. Me había caído como caen todos estos inocentes: por un consejo de un amigo de un cuñado, esas carambolas que tiene la recomendación de mi negocio. Noté su optimismo y su ingenuidad desde el primer correo electrónico. Se trataba de una novela de 800 páginas sobre un pueblo mítico, con personajes entre mágicos y disparatados, en teoría apocalíptica y con mensaje concientizador, rollo sólo legible si se ostenta una voluntad cercana a la abnegación. Quedamos de vernos en un Starbucks, lugar en donde definiríamos los pormenores del convenio. Llegó con dos engargolados harto gordos. La novela no cabía en uno. Pensé que la llevó en papel no por miedo al robo electrónico, sino por la superstición del tamaño en la escritura literaria. Para él, su novela era buena independientemente del contenido y la prosa, es decir, sólo porque era inmensa. Quise rechazar el monstruoso ofrecimiento, pero dijo que pagaría bien la ayuda por cuidarla e imprimirla. Tengo, como cualquier microeditor de provincia, permanentes necesidades materiales, pero no tantas como para animarme a encarar tareas de ese tamaño, punto menos que infinitas. A ojo de buen lector eché un vistazo a las primeras cuartillas bajo la mirada atenta del autor. Era necesario meter mano dura a la sintaxis, pero la ortografía no parecía tan deficiente. Respiré hondo y advertí que el jale representaba una inversión larga de trabajo. Me dijo que estaba dispuesto a esperar lo que fuera, uno o dos meses. Yo había pensado en un año. Pero bueno, negociamos que en tres meses y adelante, acordamos el anticipo y a chambear. Me dio una USB y de inmediato, en casa, procedí a enderezar ese vestiglo narrativo. Revisiones veloces y aburridas fueron y vinieron, y al fin llegó a la imprenta. Contra mi recomendación, pidió imprimir dos mil. Yo pensé en 200. Hizo lo que pudo para promover su presentación y la imprenta se demoró hasta el día D. Esa tarde no teníamos libros, y calculé que hubiera sido lo mejor. La presentación avanzó tensa. Los libros (una caja con 70) llegaron casi al final del acto y el autor respiró aliviado. Luego, cuando ofreció el libro a la venta, el público compró tres. Hoy acabo de decirle que así es esto, que para empezar debimos imprimir cien, tal vez menos.

sábado, diciembre 17, 2016

Gimnasia




















Imposible borrarlo de la cabeza, imposible. Diez años después luego del golpe me animé a ver el video. Por supuesto que yo conocía su éxito, las miles de veces que fue reproducido en YouTube, pero durante todos estos años me mantuve lejos de la secuencia porque la imaginaba atroz, y ahora veo que no fue para tanto. Caí de espalda, casi me rompí la clavícula izquierda, pero hay algo allí que ayuda a mitigar el mal momento. En fin. Entré al video y vi a Olga con el micrófono en mano, con su voz inentendible y chillona, vestida de payasita. Poco antes de aquella fiesta me llamó. “Héctor, ¿sigues haciendo gimnasia?”. Le respondí que sí, que cada vez le dedicaba menos tiempo pero que sí, seguía en la gimnasia. La verdad, llamarla así, “gimnasia”, era desmesurado. Me gustaba aprovechar los tres aparatos del gym dedicados a la gimnasia olímpica: unos aros, un caballo con arzones que jamás pude dominar y unas barras paralelas. Además, echaba maromas en un piso más o menos blando usado en el local para el baile reductivo. Esa era toda mi gimnasia, y por eso me llamó Olga. “Quiero pedirte un favor. Como me dedico a la animación de fiestas infantiles, hoy en la tarde tengo una. Los padres del niño dicen que les encantaría, y pagarían lo que fuera necesario, para que tuviéramos un Hombre Araña. Ya conseguí el disfraz, pero me falta el amigo que quiera usarlo. Pensé en Roberto, mi hermano, pero es algo gordo y no se vería bien. ¿Te animas? Son 500 pesos por aparecer diez minutos y tomarte fotos con el festejado”. La oferta parecía irrechazable, y además tenía mucho de favor. Esa tarde caí en la fiesta y esperé mi oportunidad. Al oír que mencionaban al Hombre Araña, yo saldría de un vestidor improvisado, y así lo hice. Pegué dos o tres maromas que salieron muy bien, luego otra, y cuando corrí a la pared para hacer una vuelta invertida, un pie se resbaló y adiós todo. Tuve que levantarme, sentí que me rodaban las lágrimas y ni siquiera podía sobarme. Me mantuve cuanto pude en cuclillas, casi como araña. Yo sabía que la gente pensaba en mí, que suponía mi dolor, pero no podía verlo. Diez años después lo pienso así: el video chusco no lo es tanto porque la máscara me protegió. De haberse visto mi rictus, mi gesto, la burla hubiera sido peor.

miércoles, diciembre 14, 2016

Capo


















Seis, siete años después comprobé que mi especulación no había fallado. Finalmente uno ya es más o menos viejo y puede medir bien a los hombres, saber qué jiribilla traen en la pichada. Yo entraba dos o tres veces a la cantina sólo para sacudirme el calor con dos cervezas o a veces un poco más, no mucho. Me gustaba ese ambiente, rumiar solo en la barra, de vez en cuando saludar por encimita a los conocidos que, como yo, caían seguido en esos trotes de lobos solitarios. Las meseras conocían muy bien el procedimiento: servir trago y platicar sólo con aquellos tipos que se enganchan en la conversación. Yo no iba a eso. Yo iba a tomarme dos cervezas y a pensar en lo que fuera, a escapar de la rutina. Las mujeres —de ropa entallada ad hoc aunque no necesariamente esbeltas— eran serviciales, sabían apurar el consumo lo justo necesario y se ganaban con todo derecho sus propinas. A veces, cuando la cantina no reunía muchos bebedores, las meseras se sentaban aburridas en una sola esquina y platicaban entre ellas. Fue en una de esas ocasiones en la que vi la entrada del adolescente. Cierto que en esos lugares desfilaba un ejército de des y subempleados, pero el chico era distinto. Si entraba un pordiosero, por ejemplo, pasaba por las mesas con la mano estirada y a lo mucho pescaba unas desdeñosas monedas. Si era un vendedor de gorras o de cinturones, cerraba uno negocio muy de vez en cuando. El joven, a lo mucho doce o trece años, entraba a la cantina con una cajita de chicles mentolados que cabía casi en la palma de su mano, y llegó a mi mesa para hacer el ofrecimiento. Cuando decliné pude ver en su mirada algo peculiar, una chispa de seguridad, casi de altanería, no de resentimiento ni de timidez. Tenía una cicatriz que le dividía la ceja derecha. Era raro, un adolescente pobre pero seguro de sí mismo. Lo seguí con la mirada y vi que con soltura dejó un beso en la mejilla de cada mesera. Ellas charlaban, sentadas. El chico se integró y en su lenguaje no verbal noté un dominio de la escena que no tenían ni los adultos. Las mujeres le hacían charla y él afirmaba, negaba con leves movimientos de cabeza o con monosílabos. Pensé: “Algún día este mocoso será un capo”. No erré. Hace siete años lo vi por primera vez y ahora nos topamos en la entrada de la cantina. Llegó en una Cheyenne roja, polarizada.

sábado, diciembre 10, 2016

Finiquito












En la desesperación todo es posible, todo, incluso que yo haya tenido esta idea. La situación se había complicado tanto que estuve a punto de autofiniquitarme. No lo hice por cobarde, aunque la vengo pensando desde hace años. Lo que me atemoriza es el método: tirarme de un puente, ingerir algún veneno, recurrir a una modesta soga o terminar con un balazo en la campanilla. No sé. Lo pensé muchas veces y nada me convenció. Sé que pensarlo tanto, en el fondo, era cobardía pura, pero me engañaba pensando que en cualquier oportunidad tomaría la decisión de utilizar el mejor recurso. Mientras tanto crecieron los problemas. Todo se agrandó hasta llegar a niveles de alarido. Mantuve la calma no por serenidad, sino porque sabía que contaba con una solución cabal, instantánea. Entonces, cuando al fin estuve convencido de que no había otro camino, llegó la solución: por una carambola de esas que sólo ofrece la realidad, caí en la oficina mugrosa de un politiquillo famoso por haber atravesado todos los pantanos y seguir de pie, convertido en una lacra pero asombrosamente bien atornillado al poder y todavía medrando de las arcas municipales. No explicaré cómo llegué allí, pero el supuesto era, por decir lo menos, estúpido: en teoría yo trabajaba de matón. El trabajito consistía en desaparecer a alguien, en borrar del croquis local a un enemigo del patrón. Se supone que yo tenía un arma. Me dio los detalles sobre el sujeto en un fólder apropiadamente rojo, y allí mismo la primera parte del pago amarrado con una liga. Salí del edificio y la realidad me pareció más grande, como afantasmada por una poderosa sensación de lejanía. Lo que hice fue dejar el dinero a mi mujer, avisar al sujeto para que huyera y luego retirarme sin explicar más. Compré algunas latas de comida, agua, varios paquetes de cigarros. Luego alquilé una habitación de hotel barato y me metí a esperar, a dejar que pasara el tiempo. Aquí he visto televisión, sólo televisión, y no he querido escribir nada. Calculé que en cinco días se les agotaría la paciencia, pero erré: fue en cuatro. Cuando escuché que tocaban la puerta sentí que por fin la espera había acabado. Ya no sería necesario el veneno, la soga ni el balazo, mi balazo. Aquellos hombres defraudados me darían el finiquito.

miércoles, diciembre 07, 2016

Aguinaldo















En el camino a casa se descompuso el bocho. Yo iba contento, pues por primera vez en quince años gozaba el privilegio de tener un aguinaldo. No era mucho, sólo quince mil pesos, pero al menos serviría para planear algunas compras, no quedar anulado y viendo pasar la alegría como en diciembres anteriores. Iba entonces contento con mi plata nueva y en ese mismo momento el coche, un VW ya más viejo que el acorazado de Potemkin, comenzó a toser hasta que se detuvo en pleno periférico. Ya había amenazado, desde hace dos semanas, con sucumbir a mi trote, pero aguantó hasta que sospechó, como si fuera un ser humano, que me cayó la plata. Por eso se descompuso. Llamé al mecánico y me dijo que no podía pasar, que rentara una grúa. Me dio el teléfono y bueno, decidí llamar. Los de la grúa dijeron que serían mil pesos sólo por arrastrar el bocho hasta el taller, y sin remedio acepté. Ya en el taller esperé el dictamen del mecánico, también sin remedio. Una hora bastó para que me diera la suma de problemas acumulados en el motor y la suma de todo lo demás: piezas y mano de obra, seis mil pesos. Me pidió cuatro de anticipo y ni modo nuevamente, se los di. Tomé un taxi para llegar a casa, pero a medio camino llamó Irma: estaba en el sanatorio, en urgencias, pues el niño se rompió un brazo al tropezar en la escalera. En vez de Seguro Social o Cruz Roja, no sé por qué mierdas se le ocurrió buscar servicio médico privado. Desvié pues el rumbo del taxi y caí apurado en el sanatorio. Mi pequeño ya estaba casi listo para salir, pues hallé a Irma en el área de administración. Serían cinco mil pesos por todo, incluido el suministro de un medicamento para el dolor (del cual nos dieron la receta). Tomamos otro taxi a casa y allí dentro hice cálculos: grúa, mil; mecánico, seis mil; sanatorio, cinco mil. Todavía me quedaban tres del aguinaldo, una baba, pero algo es algo. Al bajar del taxi, lamentablemente, vi que en la puerta de la casa estaba Raúl, mi cuñado. Apenas lo vi, recordé el acuerdo: le dije que este día le pagaría los 2500 pesos que me prestó hace un mes. Se los di, fingí que no pasaba nada y entré a casa convertido en un insecto más pinche que Gregorio Samsa. Me quedaban 500 pesos, pero Irma pronto los pulverizó: “Dame unos 500 pesos para ir al súper, no hay nada en el refri”.

sábado, diciembre 03, 2016

Planes














El plan de Karla no era novedoso. De hecho me recordó una película de Pedro Infante, lo que muestra su pobre imaginación. Había terminado con su novio pero aún le tenía ley, como decían también en las películas de aquella época. Era mi amiga de la universidad, habíamos egresado juntos tres años antes, y claro, en el fondo siempre me latió la idea de ser algo más que su amigo, como reza la cumbia del Buki. Pero ella entró con novio a la carrera, siguió con novio y salió con novio, así que nunca me dejó margen de maniobra. Me resigné, aprendí a verla como si fuera una prima o algo parecido, aunque en el fondo de mis huesos siempre me mantuve alerta. Ella cortó y quería encelar a su ex. Me pidió salir, coincidir en los lugares públicos a los que el tipo asistía y dar la impresión de que ella y yo "andábamos quedando" (así dijo). Acepté por una sola razón: por imbécil. Karla conocía los movimientos de su ex, los logares que frecuentaba, así que allí nos apersonábamos para dejar volando la idea de que casi casi éramos lo que no éramos. Ella me tomaba de la mano en la mesa y reía teatralmente, como si le encantara mi conversación. Un día pisó el acelerador y me dio un beso leve, de esos que van hacia el cachete pero logran pellizcar una orillita de la boca. Algo en mí palpitó abajo, y puede ser que en ella también, no sé. Andábamos un poco bebidos de más, así que en el coche caímos en una especie de noviazgo sin actuación. A la manaña siguiente, sin embargo, todo seguía igual, y dos semanas después Karla volvió con su ex pese a que me confesó que aquello era más una rutina que otra cosa. El que no quedó bien fui yo, pues no me la sacaba de la mente. Ahora le pedí a una amiga que fingiera ser mi novia para aterrizar con falaz espontaneidad en los lugares que frecuentaba Karla. No sé, pequeña y lo que sea, una esperanza sí me dejó bien clavada el plan de Karla.