lunes, octubre 09, 2017

A la casa del Che

 














En noviembre de 2011 fui invitado a participar en un encuentro de escritores celebrado en la Universidad Nacional de Cuyo, en Mendoza, Argentina. No podía faltar porque se trataba de la primera actividad literaria que dedicaría mesas de homenaje a la figura de mi amigo David Lagmanovich, quien había muerto un año antes, en 2010. Dado que el encuentro se celebraría en tierras mendocinas, en la frontera con Chile, decidí comenzar mi recorrido por Santiago. A toda velocidad me puse en contacto con Diego Muñoz Valenzuela, amigo chileno y tremendo escritor, para ver qué podía organizar con el fin de que mi visita tuviera algún provecho más allá de lo turístico. Generoso como siempre, Diego me organizó una plática/lectura en la asociación Letras de Chile, y al día siguiente una cena con amigas y amigos chilenos que jamás olvidaré.
A Santiago de Chile llegué en un momento complicado. Los estudiantes se estaban enfrentado contra el gobierno de Sebastián Piñera, había disturbios fuera de las facultades y por el mundo corría como icono de esa lucha el rostro de Camila Vallejo. Mis primeras horas en Chile fueron complicadas. Bajé del avión y tomé el metro hacia el centro con el fin de buscar un alojamiento que, fiel a mis costumbres, no había reservado. Recorrí algunas calles, no tuve éxito en dos o tres hoteles a los que me aproximé, y por allí vi, ya algo desesperado, una especie de hostal ciertamente pulguiento. En la entrada a la escalera pasaba sus horas, aburrida, una chica con un pequeño negocio de golosinas, y hablé con ella.
—¿El hostal está arriba? —pregunté indicando las escaleras.
—Sí —respondió.
Apenas ascendí un escalón con mi maleta de rueditas, la chica me habló, nerviosa.
—¿Va a quedarse allí?
—Voy a preguntar si tienen espacio.
—Le recomiendo que no lo haga. Allí le están robando a todo el mundo.
Bajé la escalera, le agradecí más con un gesto que con palabras, y me largué a buscar otro sitio donde no le estuvieran robado a todo el mundo. No sé cómo fui a parar a la avenida Libertador O’Higgins y allí encontré un hotel llamado Imperio: económico, limpio y honrado. Traía poca pila en la computadora y vi que no podía cargarla: necesitaba un adaptador para el enchufe. Pregunté en la recepción dónde podía hallarlo y me dieron las señas de una calle próxima, la Matucana, llena de negocios de electrónica. Estaba a dos cuadras, y al llegar a la esquina de O’Higgins y Matucana me sorprendió una estampida de personas. Yo no sabía que estaba al lado de una facultad de la Universidad de Chile. Vi camiones de carabineros y una nube blanca en dirección a la esquina donde me quedé estático. Saqué la cámara del celular mientras la gente corría en sentido contrario, hacia mí, y no me atemorizó la espesa nube. Cuando al fin me dio el chanclazo, supe lo que era el gas pimienta. En mi rancho de La Laguna jamás han dispersado un tumulto con esa cosa horrible, así que, sin querer queriendo, la probé por primera vez. Los ojos me lloraron, irritados, tanto que casi perdí la visibilidad. Como pude corrí hacia la calle Matucana y cuando al fin me sentí lejos de la esquina fatal, me recargué en un árbol, saqué mi paliacate y me sequé las lágrimas forzadas. Pasaron como quince o veinte minutos, o tal vez más, y los ojos me seguían ardiendo como si me hubieran untado chile habanero. Cuando recuperé la visión y respiré tranquilo, vi los negocios de electrónica y compré mi adaptador. Revisé mis fotos en el celular: tenía dos del gas y la multitud, un curioso trofeo en mi día inaugural por las grandes alamedas de Santiago.
Tras mi periplo chileno tomé el bus a Mendoza. Atravesaría la cordillera andina de madrugada, lo que luego consideré un error, pues no pude ver el recorrido por ese paisaje legendario. Sólo recuerdo que en la madrugada, como a la una o a las dos, el camión se detuvo en un feo paraje, la aduana localizada en una especie de tendajón gigante. Los pasajeros hicimos fila para mostrar los pasaportes en la salida de un país y la entrada a otro. Me llamó la atención que el funcionario chileno y el argentino casi compartieran la misma modesta oficinita, de manera que el primero sellaba la salida, luego él mismo pasaba el documento a su colega, quien sellaba la entrada. Tras el ingreso oficial a la Argentina, un aduanal con facha de gángster italiano revisaba el equipaje sin mucha prolijidad, más bien con total desenfado.
La estancia en Mendoza da para una crónica aparte, pues fue gratísima. Esa ciudad es una belleza por sus calles plenas de verdor, por sus árboles gigantes que, colocados de acera a acera, se juntan en las copas y dan la impresión de que envuelven las avenidas como túneles. Además, es para mí la tierra entrañable de Leonardo Favio, a quien tanto he querido. Allí, en una sobremesa mendocina, alguien preguntó por mi destino inmediato. Dije que Córdoba un par de días y luego Buenos Aires, todo por tierra.
—Ah, para que vayas a la casa-museo del Che en Alta Gracia; está a menos de una hora de Córdoba.
Para entonces yo sabía de la estancia cordobesa del rosarino Guevara de la Serna, pero ignoraba que hubiera algo que recordara esa estancia y que Alta Gracia estuviera tan cerca de la capital. No figuraba en mi plan, pero lo decidí allí mismo: iría a la casa del Che.
Llegué a Córdoba una mañana muy soleada. No quise alejarme mucho de la terminal de camiones (micros, los llaman allá), así que me hospedé en el primer hotelito que apareció en el camino. Era, me di cuenta de inmediato, parada habitual de choferes, pues en el restaurante desayunaban o comían en grupos de dos o tres, todos encorbatados. Me tocó la habitación más pequeña que he ocupado jamás, y bastaba el baño para comprobarlo: en la regadera era imposible agacharse un poco, de suerte que si se me caía el jabón, era necesario salir y recogerlo desde afuera.
A la mañana siguiente tomé el micro hacia Alta Gracia. Iba con pocos pasajeros, hacía un sol espléndido, así que disfruté de lo que a mi juicio era la pampa, ese ámbito mágico que la literatura gauchesca y luego la milonga yupanquiana/larraldeana me hicieron venerar antes de conocerlo. La llanura que pude ver, si es que se trataba de la pampa, era un mar de gramilla, un espacio en el que los ojos se resbalaban sin obstáculo hacia el horizonte infinito (años después me enteré que por allí, en esa ruta, está el mausoleo en forma de ala de avión construido por Raúl Barón Biza a su esposa, la piloto Myriam Stteford). Al llegar a Alta Gracia, bajé alegre del bus y tomé un taxi.
—A la casa del Che, por favor —pedí.
El taxista no dijo palabra: casi todos los visitantes de Alta Gracia van a ese lugar, supuse. Descendí y vi el letrero: faltaban dos horas para que el museo abriera sus puertas. Luego apareció junto a mí una pareja de extranjeros. Eran dos jóvenes algo hippiosos, con rastas él, flaco, lácteo y feo; ella de pelo corto a la garçon (como dice un tango), rubia, de grandes y hermosos ojos turquesa, medio mugrosa pero sexi porque dentro de los andrajos había una especie de aeromoza sueca. Me pareció que el tipo no hablaba ni gota de español, pero ella sí. La chica me preguntó primero en inglés si el museo estaba en funciones. Con mi inglés cavernícola le pregunté si hablaba español, y dijo que sí.
—Sí, sólo que abrirá hasta dentro de dos horas —le informé como si yo supiera mucho del asunto.
Nos quedamos un rato en silencio. Es un decir, pues la azafata hippie conversó en un idioma inextricable (¿polaco, finlandés, noruego?) con su pareja mientras yo seguía estirando el cuello desde la verja hacia el jardín de la casa-museo. Noté que los europeos no eran de mucho hacer migas con un tipo al que seguramente notaron ya en la ancianidad, y me separé de ellos un poco para preguntar a un jardinero el lugar hacia donde estaba la zona centro de Alta Gracia. Me indicó el camino, y sin despedirme de la pareja puse patas a la obra.
El día era, lo recuerdo así, bellísimo, con un clima templado y una luz intensa y transparente, precisamente el clima terapéutico que los médicos habían recomendado para paliar el asma del pequeño Ernesto. Caminé varias callecitas y en todas lucían casas que imaginé de estilo alpino, como ésas que hemos visto en almanaques con paisajes suizos. Un poco después noté algo extraño: la pareja me seguía. No para alcanzarme, sino para avanzar por la ruta que me había marcado el trabajador del museo. Recuerdo que pasé al lado de un lago, de una como misión jesuítica, y al fin di con el micromicrocentro. Era casi mediodía y vi muchos estudiantes. Entré al primer restaurantito que sentí de modo y pedí una hamburguesa con papas y “gaseosa”, como allá le llaman a nuestro refresco. Hice tiempo viendo hacia la calle. Dos o tres veces vi pasar a la pareja hippie. Claro, en una hora ya habían recorrido todo el centro y daban vueltas por los mismos rumbos.
Cuando llegó el momento emprendí el regreso hacia el museo. Soy muy orientado y no necesito piedritas para desandar mis pasos, como Hansel y Gretel, así que volví por el camino ya conocido. Y otra vez, como una aparición, capté de lejos, detrás de mí, a los europeos. Llegué y ahora sí: abierto. Pagué una cuota y entré. El museo es un recorrido por las habitaciones de la casa. Contiene cartas, fotografías y algunos efectos personales del Che y su familia. Me asombró que tuviera tantos visitantes pese al aislamiento del lugar. No era un tumulto, ciertamente, pero al menos sí recorríamos la casa una veintena de personas, todas por grupitos en diferente habitación. El museo es modesto, pero limpio y bien curado. Pude tomar fotos con total impunidad, aunque las condiciones de luz no fueran buenas en el interior.
En todas las fotos del Che, incluso en las de su niñez, el Che es el Che. El rostro jamás le cambió, de manera que en una colectiva familiar o con amigos es innecesario señalar en dónde se ubica él. El museo es un lindo espacio y a él entré contento, tal vez prejuiciado por la admiración que siempre —pese a los textos ideológicamente hostiles y lejanos— le he tenido a ese sujeto extraño, carismático, querido por tantos, despreciado por otros más.
El recorrido no es largo, pero da esa impresión porque hay muchos papeles, muchas cédulas, y la gente se detiene a leer. El retrete de la casa tiene un letrero que advierte al visitante, con cierto humor involuntario, su condición de pieza del museo, para que nadie vaya a confundirlo. Luego, al fondo de la casa, en el patio trasero, hay una tienda de souvenires, y allí termina todo.
Bueno, no todo. Al salir registré fotográficamente el maravilloso bronce del Che niño que luce en la entrada de la casa. Luego le pedí a alguien que me ayudara con un click junto a ese pequeño sentado en el barandal que sería más adelante un personaje con imán mundial, un sujeto que físicamente moriría ejecutado el 9 de octubre de 1967, hace cincuenta años, tras ser aprendido en Bolivia por el ejército de este país en colaboración con la siempre hacendosa inteligencia norteamericana.

Candidatos por la libre














El fenómeno de los candidatos independientes ha sido administrado con sabia marrullería por el poder político mexicano. Los partidos, claro, se han convertido en cotos cerrados que regentean camarillas cada vez más alejadas de la sociedad a la que dicen representar, de manera que el juego es tan perfecto como perverso: sólo los partidos, y ahora los candidatos independientes, están dentro de la ley, aunque unos y otros no sean más que la expresión visible y teóricamente en pugna de aliados en el drenaje profundo del sistema.
Los cambios que se han dado en la estructura electoral simulan atender una demanda social, pero no son palomeados por las cúpulas partidistas si no les fueran funcionales principalmente a ellos. Así, la apertura a las candidaturas independientes pareció desde el principio un paso adelante, la aceptación de un justo reclamo de la ciudadanía harta de los partidos y sus fechorías, así que los partidos decidieron, como una más de las susodichas fechorías, abrir la cancha a los aspirantes sin partido. El Bronco de Nuevo León fue, lo vimos, el primer tanteo de este experimento: desligado del PRI al cuarto para las doce pero con un corsé esencialmente priísta, el tal Bronco llegó a la gubernatura neoleonesa con atrabancadas fintas de renovación. El “calis” sirvió para medir el agua a los camotes importantes: los de 2018.
Hoy sábado, a unas horas de que cierre el registro de candidatos, ya se han apuntado varios personajes con proyecto independiente. Lo que parece legítimo, sin embargo, permitirá el año siguiente lo que en el fondo se desea: particularizar (es decir, convertir en partícula) el voto, viabilizar la posibilidad de que no se cargue a un solo lado, principalmente al del Morena-López Obrador. La tirada es que con una parte minoritaria del electorado nuevamente sea entronizado el candidato del PRI o del PAN, el que sea, que dará lo mismo, o un “independiente” en el remoto caso de que prenda, lo que se ve muy difícil. Los independientes han entrado a la tómbola, pues, para hacer el juego, para colocarse en el aparador que luego les reditúe algo, casi como lo hizo Roberto Campa Cifrián, cuya labor de patiño en la candidatura presidencial de Nueva Alianza le ha rendido extraordinarios frutos desde 2006 a la fecha.
El escenario se parece, mutatis mutandis, al de 2006 y 2012: hay que hacer todo lo posible, lo que sea, para detener al peligro para México.

miércoles, octubre 04, 2017

Feria con pan de pulque
















Podemos gozar de tal o cual comida, pero la que se queda en nuestro espíritu es la propia. Yo, que amo la lagunera, no puedo dejar de reconocer que en materia de pan dulce hay uno que no hemos podido superar: el de pulque saltillense. A propósito, cuento esta anécdota.
Ocurrió en la edición 2014 o 2015 de la Feria Internacional del Libro de Arteaga, no recuerdo con precisión. Fui invitado a decir unas palabras sobre Saúl Rosales, quien recibió un reconocimiento a su trayectoria como escritor y maestro. Otra vez me pasó lo que en muchos otros viajes: que acepto las invitaciones de Saltillo y de Durango y como a estas dos ciudades llego en tres horas desde Torreón, todo lo apiño en un solo día, ya que siempre tengo trabajo rezagado en la oficina.
Así pasó en aquella oportunidad. Salí de La Laguna, en bus, a las 11 de la mañana y llegué a Saltillo como a la una. De la terminal tomé un taxi directo a la sede de la Feria, pues el reconocimiento a Saúl estaba programado para la media tarde. Pensé en hacer tiempo entre los libros ofrecidos por las editoriales o tal vez asistir a una presentación. El estado invitado fue Puebla y por allí escuché, casi de casualidad, a un grupo de escritores poblanos entre los que se encontraban Jaime Mesa y Omar Nieto, a quienes para entonces yo no trataba, pero sí conocía por foto. Ponderaron con nutridos elogios el paquete de pan de pulque que les habían regalado los organizadores. Escuché eso y en secreto les di la razón: lo mejor que puede haber en Saltillo es el pan de pulque de la casa Mena. Poco después se dio el reconocimiento a Saúl; hablé, habló, hubo bastante concurrencia y al final salí con apuro de la Feria, no sin antes recibir la caja de regalo. Ya en la terminal y a punto de tomar el Ómnibus, reparé en mi hambre. Desde el módico desayuno de café y plátano, no había probado nada en todo el día. Me resigné a viajar así, con las tripas despobladas. El bus iba casi solo y asombrosamente no olía mal. Entonces recordé la caja. La bajé del portaequipaje, la abrí y se hizo la luz: era mi pan de pulque. No me gusta comer en los camiones, pero la tentación fue enorme. Abrí una bolsa de empanadas de nuez. Devoré cuatro con delectación. Abrí otra y despaché dos. Tuve que parar. Si el viaje hubiera sido más largo, no llega una sola pieza de pan Mena a mi cueva lagunera.

sábado, septiembre 30, 2017

Una aberración nacional




















Ayer viernes fue ofrecida en la Ibero Torreón la conferencia “La desaparición forzada de personas: a tres años de Ayotzinapa”. Su expositor fue el maestro Adalberto Méndez López, director del área de discapacidad de la Comisión Nacional de Derechos Humanos. El tema de los 43 jóvenes desaparecidos —aunque enterrados oficialmente con una “verdad histórica” que se agiganta como burla a medida que transcurre el tiempo— fue detonante, en la ponencia, de una reflexión más amplia: México puede ser considerado, esto lo creo yo, una especie de paraíso de la desaparición forzada, un país con tantos casos de esta naturaleza que nos autorizan a pensar en la categoría de Estado fallido.
Méndez López expuso con detalle el contexto jurídico en el que se inscribe la desaparición forzada, y enfatizó que tal crimen supone la participación frontal o lateral del Estado mediante alguno de sus agentes, cualquiera que sea, y en ciertos casos su comportamiento omiso, el del Estado, también lo implica en este delito que, por otro lado, jamás prescribe.
Si bien es una calamidad global, el especialista subrayó datos mexicanos que llevan a pensar en un infierno sobre todo para los familiares de las víctimas. En la actualidad, dijo, hay más de 33 mil desapariciones forzadas, y este dato puede ser mayor si pensamos que todavía se carece de una estadística confiable en tal terreno.
Se trata, por ello, de uno de los principales problemas del país, no de un pequeño delito recurrente y venial. Al describirlo, el maestro Méndez mostró la gráfica mexicana de la desaparición forzada por entidades. Es aterradora, trágica por donde quiera que se le analice. En ella figuraban en primer lugar, hasta hace poco, Tamaulipas, Guerrero, Veracruz y Coahuila, y muy cerca Michoacán, el Estado de México y la capital. Esto no significa, empero, que otros estados de la apaleada República no padezcan el problema, pues se trata de un cáncer extendido —desigualmente, pero extendido al fin— por todo el mapa mexicano.
Tuve la oportunidad de preguntar al experto si nuestro gobierno no se encuentra rebasado, si este problema no ha desbordado ya los límites de la lógica que permite pensar todavía en la vigencia del famoso estado de Derecho. La respuesta fue cruda, pero con un fleco optimista: ciertamente el panorama es pavoroso, pero la presencia de muchas instancias dedicadas a velar por los derechos humanos es un avance. Lo que hay que lograr ahora es, entre otras cosas, que actúen, que actúen bien, con firmeza. 

miércoles, septiembre 27, 2017

Antes, no durante ni después














Los cataclismos provocados por la naturaleza son imprevisibles y seguirán su marcha inconmovible hacia nosotros. Hoy mismo se puede asegurar, por ello, que en cualquier semana del futuro sobrevendrá, aquí o en cualquier parte, un terremoto, un huracán, un tsunami, una sequía, lo que sea. No hay poder humano que pueda detener eso, así que junto con la resignación ante las azarosas hecatombes debemos articular una política de previsión y de alerta permanentes.
Lo que vimos después de los sismos recientes ha dejado al descubierto nuestra vulnerabilidad. Todavía no somos capaces de responder con total eficacia a esos siniestros y quizá nunca lo seamos, pues si algo tienen los terremotos es una capacidad destructiva que queda lejos de la fuerza del hombre para defenderse ante ellos. Frente a un movimiento telúrico de grandes dimensiones, el daño es inevitable.
De lo que se trata entonces es de responder en los tres momentos implicados en toda línea del tiempo: antes, durante y después. Todo lo que se haga en esas tres etapas es crucial para salvar vidas humanas y bienes materiales. Las fallas en cualquiera de tales momentos, por el contrario, derivarán en el agrandamiento de las tragedias.
Mientras ocurría el terremoto del 19 sabemos que funcionó la señal de alarma y se dio una evacuación mayoritaria. Los simulacros han servido mucho para lograr esa respuesta inmediata de la gente. Luego, tras el fin del sismo, la generosa acción de la ciudadanía fue espontánea e inmediata, y hasta la fecha sigue allí. Lo que ha quedado al descubierto, sin embargo, es la falta de una rigurosa supervisión de las autoridades a los edificios y junto con esto una permanente fiscalización a los mecanismos de respuesta evacuatoria sobre todo en los lugares concurridos como escuelas, edificios públicos y multifamiliares.
El caso del colegio Rébsamen es una muestra palpable de dicho descontrol. Según las investigaciones más recientes, ese inmueble se convirtió en una trampa para quienes se encontraban allí durante el terremoto. Unas puertas de salida funcionaron con lentitud y otras estaban bloqueadas, de manera que en el lugar se perdieron segundos valiosísimos para salvar vidas.
Una escalera en buen estado, una puerta despejada, una señal visible son fundamentales mientras dura un temblor. Todo eso debe ser auscultado con lupa antes, no durante ni después.

sábado, septiembre 23, 2017

Telenovela sin final feliz













Me asomé a ratos por la vía internética al relato de Televisa en el Colegio Enrique Rébsamen. Hasta muy tarde advertí, gracias a parientes y amigos, que ese reality montado por la televisora de Emilio Azcárraga tenía al país en suspenso y acusaba una crecida de su rating como no la veía en muchos años. Una reportera con acento más fresa que el de Paulina Rubio, lo cual es mucho decir, describía paso a paso las operaciones de rescate que realizaban decenas de militares con el fin de salvar, se dijo en las primeras horas, a una niña; luego, ya en la noche, a “Frida Sofía” sin apellidos. Junto a la reportera estuvo varias horas el secretario de Educación; daba fe, como interventor de Gobernación en concurso de Chabelo, de que todo se llevara a cabo sin dilación y con extremo cuidado.
Se habla hoy de excesos informativos, de melodramatismo artificioso, de mucha crema telenovelesca a unos tacos que no la requerían, pues la situación era trágica per se y no era menester cargarle tintas histriónicas. Lo primero que faltó en Televisa fue un Jacobo Zabludovsky, quien más allá de su catadura moral fue un periodista con tal dominio de la profesión que en el 85 hizo quizá lo mejor que se le recuerda: la sobria crónica del terremoto articulada por teléfono desde su coche. Ahora, al contrario, ni la reportera colocada in situ ni los comentaristas en el estudio parecieron estar a la altura de la desgracia. Estaban tan emocionados (no sabemos si real o embusteramente) que en determinado momento de la tarde, cuando el rescate ya llevaba como cinco o seis horas de fatigosas maniobras y especulaciones, los periodistas hablaban del colegio como “sitio emblemático de la tragedia”, como punto de referencia obligado para recordar en el futuro el nuevo 19 de septiembre, algo así como el Hotel Regis versión 2017.
El martes 19 me fui a dormir luego de la entrevista al secretario Nuño, quien declaró (enunciando ochenta veces el adverbio “eventualmente”) que no habían tenido contacto con los padres de la hipotética niña atrapada en el derrumbe. Eso me movió a duda. ¿Cómo, un secretario federal que no tiene noticias de los parientes de una niña cuyo rescate tiene pasmado al país? En fin, dormí. A la mañana siguiente desayuné con la guerrita de declaraciones entre Televisa y la Secretaría de Marina. ¿Quién le metió gol a quién? Ya no lo sabremos con precisión, pero para el público fue un fraude, una vulgar telenovela en medio del desastre real.

miércoles, septiembre 20, 2017

Tragedias y solidaridad













Hace apenas cuatro días leí una declaración aterradora de Stephen Hawking. El científico británico pronosticó que en cien años la Tierra será inhabitable, por lo que al ser humano le urge encontrar un planeta similar para colonizarlo y extender así la supervivencia de nuestra especie. No soy muy de creer en discursos apocalípticos sobe todo porque quienes los echan a rodar suelen ser tipos maussanescos, sujetos con menos bases científicas que un yerbero del mercado Juárez. La declaración del famoso físico, sin embargo, no es para tomarse como choro. Si lo dice él, algo o mucho de verdad debe asistirle.
La furia reciente de una cadena de huracanes en el Caribe y ahora los terremotos en México me llevan a creer ciegamente en el tremebundo vaticinio de Hawking. Supongo que es un error, una idea formada a partir de la predisposición de mi ánimo causada por los desastres que hoy vemos en vivo y tiempo real, pero tal vez no sea eso. Quizá los desastres, al menos los relacionados con el Caribe, sí nos están anunciando que en varias partes del mundo los fenómenos meteorológicos ya no se comportan igual. Ahora no sólo son más violentos, sino más frecuentes, tanto que se concatenan para devastar lo que va se ponga en su camino. No sé, pero voces muy autorizadas han alertado y siguen alertando sobre el cambio climático que ya es una modificación de la naturaleza global presente, actuante y demoledora.
Los sismos tienen otro origen, pero igualmente los relacionamos con la serie de calamidades que en estas semanas ha azotado al mundo y que tiene con el alma en vilo a muchos compatriotas. El sismo de ayer fue terrible por su grado de violencia pero también porque por primera vez quedó bien documentado en innumerables videos de teléfono celular. Nunca como ahora hemos podido ver lo vulnerables que somos, la manera como caen los edificios cuando la tierra exhibe su poder.
Lo de ayer ha sido nuevamente doloroso, y es increíble que haya ocurrido otro 19 de septiembre. Ente el dolor, la pena y la angustia de ver tantas imágenes tan desgarradoras, el único motivo de contento ha sido reencontrar la solidaridad del ciudadano anónimo que otra vez, espontáneamente, se puso encima de las autoridades y comenzó las tareas de rescate. Lo que sigue es cuantificar los daños, socorrer a las víctimas y tomar precauciones en este país cada vez más zarandeado aquí y allá.

sábado, septiembre 16, 2017

Laguneros frente al calor












Ignoro por qué siento más calor ahora que antes. Puede ser que la temperatura haya subido y ya no sea la habitual de hace veinte o treinta años; también puede ser que con la edad, mi edad, ahora sea más sensible a los hervores del infierno climático en el que vivimos, y por último puede ser que se esté dando una combinación de ambos factores: que en efecto hace más calor y al mismo tiempo que a mis cincuenteros años ya no aguanto el calor como lo aguantaba en, digamos, la adolescencia.
Sea lo que sea, es terrible, y si se trata en verdad de un incremento regional o global de la torridez, no sé a dónde vamos a parar. Por supuesto, el calor al que me refiero es al de La Laguna. Conozco otros calores, es obvio, y algunos me parecen peor de insufribles por el factor de la humedad al que no estoy nada acostumbrado. Recuerdo dos en particular: uno atroz en la playa de Guayabitos y otro no tan lejos de allí, en Manzanillo. Esos calores son peores, para mí, que el lagunero, sin que esto signifique una ventaja: nuestro calor es impresionante y ha provocado una cultura peculiar para encararlo. Quizá no sea exclusiva de La Laguna, pero al menos aquí se echa a andar cada vez que llega nuestra larga temporada de inclemencia solar.
A continuación haré una pequeña lista de los usos y costumbres que he percibido en los laguneros para defenderse del clima subidamente cálido. Por supuesto atañen a la clase media y baja, pues la otra tiene poder adquisitivo para eludir prácticamente todas las incomodidades que suele provocar la vida. En fin, la lista es la siguiente:
Manga ancha. La manga (así, en singular) es un trapo tubular como de treinta o cuarenta centímetros fabricado ex profeso para proteger el brazo izquierdo de los conductores. Lo cuida del calor, pero principalmente del sol. Sin esa protección, la violencia de los rayos puede ser capaz de tostar y cambiar la apariencia de pigmentación entre un brazo y el otro. Sus principales usuarios son, por ello, quienes manejan mucho, principalmente los choferes de taxi, aunque ahora es muy frecuente ver que las mujeres son adictas a esta rara prenda.
Sombra fija. Los árboles no son el fuerte de La Laguna, sino los matorrales, los arbustos. Tener árboles, sin embargo, es una necesidad de primer orden, ya que además de limpiar la atmósfera ayudan a paliar un poco la brutalidad de las altas temperaturas y nos procuran un servicio inapreciable: la sombra. Las casas, los coches, las personas bajo un árbol bien armado de hojas son sencillamente otros gracias a la barrera protectora que forman ante el sol.
Sombra pasajera. Esta es una sombra muy extraña, pues se le disfruta apenas un instante, pasajeramente. Es la que producen los árboles aledaños a cualquier calle con semáforo. Mientras el verde enciende, los conductores aprovechan cualquier sombra para ahorrarse al menos veinte o treinta segundos de sol a plomo. Esta sombra delata la urbanidad del conductor, ya que algunos hay que detienen la columna de coches veinte metros antes del semáforo sólo para aprovechar el follaje de algún árbol.
Cama fría. El calor de La Laguna prohija cucarachas de hasta seis o siete centímetros de largo. Un cuento de Saúl Rosales, “Tríptico de cucarachas”, se refiere a ellas con horror. Eso no impide que algunas personas aprendan a dormir en el suelo, sobre el mosaico, cuando no tienen adecuados aparatos de refrigeración. La cama, lo sabemos, se calienta y al contacto con la piel recoge el sudor, de ahí que la superficie plana, dura, impermeable y fría del suelo sea una variante destacada del mullido pero ardiente lecho.
Baño doble. Para sobrevivir al calor y sobre todo para evitar el mal olor a cuerpo asoleado muchos laguneros no perdonan el baño doble, uno matutino y otro nocturno. Casos hay de rigor extremo que agregan la ducha a mediodía. En realidad no es disparatado pensar que el agua fresca permanente sobre la piel es de vida o muerte para nosotros tanto como lo es como para los hipopótamos.
Caguama imperdonable. Además del elevado consumo de agua es alto el de cerveza por culpa del calor. Hombres son, sobre todo, los compradores que no perdonan un litro diario o más para saciar en algo el deseo de líquido frío que demanda una jornada de trabajo, pero a veces no es necesaria esa larga jornada de trabajo para incurrir en su consumo. Con tener calor es suficiente.

miércoles, septiembre 13, 2017

Información y desastres














Tras el sismo del jueves pasado que golpeó principalmente a Chiapas y Oaxaca se desató una ola de rumores cuyo contenido prevenía a la población de aquellos y otros rumbos sobre más movimientos telúricos. En algunos casos se informaba (es un decir) no sólo sobre el lugar, sino sobre la hora en la que se daría el nuevo siniestro, como si los sismos y sus réplicas ya fueran predecibles por la ciencia. De inmediato, claro, se desató igualmente una ola de aclaraciones: muchos en las redes sociales explicaban, en serio o con burlas, que pronosticar con tino la ocurrencia de los temblores no está todavía al alcance de los instrumentos creados por el hombre, de manera que creer en los rumores rayaba en el candor más bobo. Aclárese lo que se aclare, sin embargo, algo del enredo queda, la comunicación ahora está despatarrada y eso obliga a que vivamos atravesados por esta ironía: la superabundancia de información provoca que no estemos informados o que lo estemos fragmentaria y superficialmente, a punta de encabezados y de memes.
Hoy, pues, todo en el mundo informativo se amontona para que captemos una pizca insignificante de verdad sobre cualquier tema, y todavía no desarrollamos los reflejos necesarios para reaccionar ante el inagotable menú de notas que sin freno llueven sobre nuestros celulares y computadoras. ¿Qué es mejor ahora, leer información u opinión? ¿Sirven las investigaciones amplias para modificar la realidad? ¿La prensa puede acotar en algo los excesos del poder o el poder también puede excederse en el envío de cañonazos obregonistas que la mantengan a raya?
A estas preguntas les dio lúcida respuesta Daniel Salinas Basave en el artículo “Reportear en el país de no pasa nada”. Su idea eje es ésta: “En teoría, en un país de leyes e instituciones tendría que pasar algo a partir de esta revelación [la de la llamada Estafa Maestra]. La mala noticia es que vivimos en el país de no pasa nada. Paradójicamente, el gran aliado de la corrupción en este caso es la cotidianeidad y multiplicidad de los escándalos. (…) El exceso de mala prensa opera aquí a favor del gobierno. Qué tanto daño les puede hacer otro bombazo periodístico, si igual ya salieron ilesos de la Casa Blanca, el condominio de lujo en Miami y tantas noticias que han sido la comidilla del sexenio para después quedar en el olvido”.
En suma, tener información de más no necesariamente ha sido bueno. Hay tanta mala nueva que ya ninguna nos importa. Punto para el poder.

martes, septiembre 12, 2017

La novela judicial













En busca de otro documento encontré la reseña que escribió el maestro Federico Campbell sobre Leyenda Morgan, el libro policial con el que en 2005 gané el premio Nacional de Cuento de San Luis Potosí convocado por el INBA. Las palabras de Campbell fueron (para mí) elogiosas y ya no pude agradecerlas, pues él murió en febrero de 2014. El comentario del maestro tijuanense apareció el 28 de marzo de 2010 en la columna “La hora del lobo” de la revista Milenio Semanal, y ahora, tras hallarlo, he decidido subirlo al blog y compartirlo. El monito que adereza este post es de mi amigo Rubén Escalante Alonso, quien me ayudó a ilustrar el libro. Un detalle peculiar es que se trata de un libro de cuentos, pero dada su estructura compacta se hibridó sustancialmente con la novela, de ahí el encabezado.

La novela judicial
Federico Campbell

Jaime Muñoz Vargas, que escribe en La Opinión-Milenio de Torreón su columna “Ruta Norte”, ha propuesto a los numerosos y atentos lectores del género policiaco un conjunto de cuentos muy divertidos y originales: Leyenda Morgan, que acaba de publicar Ana María Jaramillo en una editorial de escritores: Ediciones Sin Nombre.
Se ha dicho que en México la novela judicial no es creíble porque en nuestro país los policías son los delincuentes o porque no se sabe dónde termina el policía y empieza el asaltante, el ladrón, el torturador o el sicario. La verosimilitud de la novela judicial depende de la cultura jurídica que se tenga en el país donde sucede la historia o bien de la manera en que el mexicano vive e introyecta la ley. Si detectives de la ficción, como Auguste Dupin y Sherlock Holmes, dieron su fama al género por los brillantes razonamientos que tejían sólo a partir de la composición de lugar que deducían del escenario, hoy en día sabemos que cada vez que hay un crimen lo más probable es que los indicios hayan sido alterados, modificados (como en el caso Colosio), borrados e incluso robados. En este contexto palpita Leyenda Morgan, volumen de cuentos policiacos que combina víscera y neurona.
Jaime Muñoz Vargas ha publicado crónicas, cuentos, poemas, ensayos y novelas. Su primera novela, El principio del terror, tiene como marco la Revolución francesa. Se trata de la vida imaginaria de Nicolas-Jacques Pelletier, el primer guillotinado real, hacia 1792. Es un monólogo descarnado, crudo, narrado con oscura elegancia. Juegos de amor y malquercencia, su segunda novela, obtuvo en 2001 el muy codiciado premio Jorge Ibargüengoitia. Nos revela hechos ocurridos en el norte de México y está construida con un habla mucho más coloquial. Desde el comienzo (y no desde el “inicio”) advierte que “todo es relato y ambas disciplinas, historia y literatura, se prestan y se quitan con descaro”.
Si el mero nombre pudiera ser destino, el protagonista Primitivo Machuca Morales no hubiera tenido otra opción que ser policía. Apodado Morgan por su parecido con Joe Morgan, beisbolista que jugó en el cuadro de los Rojos de Cincinatti, es un agente de la judicial (un representante del Estado) con excelente intuición para investigar y con un buen instinto de conservación. No come lumbre. Sabe dónde no meterse.
El teniente Morgan trabaja solo, fuma uno tras otro como si el humo no afectara la hidráulica del corazón (que es una bomba); bebe cuando está en servicio y escucha a Los Alegres de Terán y a Los Cadetes de Linares. Y lo más importante: es un asiduo lector de revistas policiales de monitos: y por ello fantasea con que él mismo protagoniza una de estas publicaciones. Eso lo convierte en el legendario teniente Morgan, del mismo modo en que Alonso Quijano se volvió don Quijote gracias a una adicción: las novelas de caballerías.
Leyenda Morgan obtuvo el Premio Nacional de Cuento San Luis Potosí en 2005. El jurado (Daniel Sada, Ana Clavel, Hernán Lara Zavala) dictaminó que se trata de “un libro orgánico y notablemente estructurado, escrito con una prosa ágil, paródica y humorística que contribuye a la innovación del género al incorporarse a la estética de la novela negra y del cómic a la tradición cuentística mexicana”.

sábado, septiembre 09, 2017

Crudeza de Calabacín












Me dicen que está disponible en Netflix, así que puede ser vista ya por casi cualquier interesado. Me refiero a La vida de Calabacín, película que recién fue ofrecida en la Muestra Internacional de Cine organizada en La Laguna por la Ibero Torreón en coordinación con la Cineteca Nacional. ¿Por qué la recomiendo? Entre las siete películas exhibidas durante la Muestra hubo, según los expertos, alta calidad, pero sólo quiero detenerme en esta obra francohelvética.
Generalmente asociamos los filmes de animación a la más pura fantasía. Así lo hemos visto desde que se descubrió, a la par de los dibujos animados, la técnica para dotar de vida a figuras elaboradas con sustancias maleables, como la plastilina u otras parecidas. La vida de Calabacín (Ma vie de Courgette, Suiza-Francia, 2016, 66 minutos), del animador suizo Claude Barras en colaboración con la cineasta Céline Sciamma, es un gran ejemplo de la contundencia que puede llegar a tener la animación cuando se aplica no tanto a la fantasía desbordada sino a la “vida real”, a la más cruda circunstancia humana.
Calabacín —sobrenombre de Ícaro— es un niño que ante la pérdida de sus padres debe ir al orfanato. Su profunda tristeza es inocultable, y con ella llega a cuestas al espacio que en teoría debe resguardarlo y sustituir hasta donde sea viable la falta de un hogar y, en lo posible, llenar el vacío dejado por las dos tremendas ausencias. El orfanato no le depara, sin embargo, muy buenas noticias: sus compañeros han pasado, cómo él, por experiencias altamente traumáticas, dolorosas en grado superlativo, incluso más duras que las padecidas por el pequeño Ícaro.
Sin mejor opción, Calabacín comienza a suturar las heridas y establece, no sin conflictos, lazos de amistad y camaradería, e incluso de amor tras la llegada de Camille, niña igualmente azotada por la vida. No se trata, empero, de la cinta chantajista que presupondríamos. La crudeza del pasado que carga cada inquilino del orfanato entra en juego para mostrarnos relaciones conflictivas, reincidencias en el hundimiento emocional de cada niño.
Nominada al Oscar como mejor película de animación, La vida de Calabacín es, en su especie, un producto estimable. El relato de la existencia a contracorriente, sin concesiones, evidencia lo mucho que todavía podemos aprender sobre la fortaleza humana y su capacidad para rehacer lazos de afecto allí donde aparentemente ya hay muy poco por reconstruir y por salvar.

miércoles, septiembre 06, 2017

Cinismo de sobra













Día tras día, sin freno, “espalda con espalda” como dicen en el beisbol cuando hay jonrones consecutivos, los escándalos de corrupción perpetrados por el gobierno de Enrique Peña Nieto se derraman por las redes sociales y, a veces más, a veces menos, llegan a los medios tradicionales. Entre el lunes y el martes de esta semana, por ejemplo, todavía no digeríamos el bocado del Ferrari del procurador Raúl Cervantes cuando ya teníamos otro encima y no bocado, sino bufet: los contratos establecidos por varias dependencias del gobierno federal con empresas fantasma, enjuague que abrió un socavón de 3.4 mil millones de pesos, cifra que ni escrita puede dimensionar una cabeza habituada a los salarios mexicanos.
Así como el agujero del Paso Exprés fue propiciado por la basura acumulada en un desagüe y así como lo del Ferrari ya fue atribuido a “un error”, el caso de los numerosos contratos con empresas de cartón piedra puede terminar en un mar de excusas o, a lo mucho, con algunos funcionarios menores en la picota. Nunca pasa nada ante las más contundentes revelaciones ni ante la evidencia palmaria del saqueo de los recursos públicos. Es impresionante.
Frente a los hechos, no queda otro camino más que pensar en lo que se sabe desde siempre: la vocación del PRI que recuperó el gobierno federal es el latrocinio, el robo descarado, la succión de la riqueza que en términos hipotéticos debería servir para crear obras de infraestructura y lubricar programas sociales. Hace tiempo se acabaron los tapujos, la simulación: ahora son exhibidos, desnudados en plena plaza pública, y articulan un discurso autoexcuplatorio que tiene mucho del “yo no hice nada” de los niños descubiertos en una travesura. Pero no es eso, una travesura, sino la más brutal rapiña que registre la historia del país, y en qué tiempos.
Si la vocación es robar, no es corrupción. La corrupción es una anomalía, un engrane enmohecido del sistema, un hecho que impide la operación óptima de una máquina. Lo que vemos ahora es una conducta programada, casi un Plan Nacional de Saqueo perfectamente explícito en sus directrices. No se trata entonces de un Bejarano agarrando billetes con ligas o de un burócrata de ventanilla pidiendo moche para agilizar el trámite, sino de una operación federal orquestada para canalizar recursos del país hacia bolsillos de particulares. Pero no pasará nada. Para esto y para todo lo demás hay cinismo de sobra.