sábado, septiembre 24, 2016

Muñeco

















Todas las mañanas era lo mismo: saltar al primer timbrazo del despertador y levantar al niño. Esto era lo más difícil, lograr que Dany interrumpiera su sueño de kindergardeano y comenzara a vestirse abrumado por la modorra, con los ojos casi cerrados y rumiando negativas. Ella, en cambio, debía encender todas las alarmas de la prisa porque necesitaba dos horas en su arreglo, en el de su hijo y en los desayunos. Era madre sola y no tenía otra opción. Se acicaló con todos los elementos cosméticos de rutina, acondicionó a su hijo, le sirvió el desayuno muy comúnmente rechazado, desayunó algo ella misma y al salir, al abrir apenas la puerta, en el terregoso tapetito de la entrada, estaba el muñeco. Sí, un muñeco gris rata, de yute cosido por todos los costados con torpes puntadas de hilo rojo. Además de su aspecto, lo curioso estaba en el acomodo: el muñeco descansaba en el centro del tapete como en una cama. Pensó pues en algún intento de maldición y corrió por una bolsa de supermercado. Mientras lo recogía sin tocarlo, elevó una oración protectora. Su hijo se había quedado semidormido otra vez sobre el sofá, y ella aprovechó esa circunstancia para que no viera la escena. Guardado en la bolsa, el muñeco fue a parar con cuidado a la cajuela del coche: pronto iba a ser tirado en algún terreno baldío. Y así pasó. Dejó a su hijo en la puerta del colegio y apenas tuvo oportunidad, detuvo el coche y arrojó a donde fuera el envoltorio. Fue a trabajar y en las horas de oficina no dejó de medir los signos de la realidad, la presencia de alguna mala noticia que confirmara los efectos nocivos de la maldición. Pero nada, no ocurrió nada ni bueno ni malo. Pasada la mañana advirtió que había transcurrido el tiempo sin avisos funestos. A medio día corrió al coche como siempre. Tenía apenas quince minutos para llegar por Dany y el tráfico a veces se ponía muy denso. Recordó que debía ser cuidadosa, pues la sombra del muñeco todavía era capaz de provocar alguna colisión. Su hijo salió con un recadito pegado en el pecho de la camisa. Era un mensaje de la maestra. Reportaba que el pequeño no había traído el monito que desde ayer los niños estaban preparando como regalo para el día de la madre.

miércoles, septiembre 21, 2016

Erudición














Faltaban diez minutos para la salida del camión y saqué el libro, una novela que a la mitad ya amenazaba con hartarme. No era temporada alta, así que la sala de espera, hedionda como siempre a una mezcla de cloro con orines, lucía casi despoblada. Leí un par de páginas y la novela no mejoró. Casi decidí cerrarla cuando a mi lado apareció un tipo andrajoso. Tuvo la prudencia de dejar un asiento libre entre los dos. Poco después torció la cabeza para tratar de leer la portada de mi libro. Lo hizo descaradamente, como si yo no estuviera allí. Para que no se aproximara más, adrede giré un poco el libro y logré que leyera bien. Noté que era débil visual, tenía los ojos acuosos y cansados, azules tirando a grises. No quise preguntarle nada por temor a que permaneciera allí, pero él fue quien habló. “Yo también leo”, dijo. “Bueno, ya casi no, ayer mataron a un perro pero en el mercado venden fruta”. Dijo lo del perro y se quedó pensando. No era necesario que añadiera algo más para saber que estaba loco. Tuve el deseo de que se largara o de moverme de lugar, pero otra vez habló: “Dante escribió la Divina Comedia que está dividida en tres partes. Lo que más me gusta es que Agamenón sale allí en su caballo Rocinante y viaja hasta la Patagonia con Jean Valjan. Sin embargo, Cristóbal Colón navegó veinte mil leguas de viaje submarino para llegar a Canadá, pero luego se casó con Sor Juana Inés de la Cruz y todo se fue al carajo. Por eso Lorca no lo perdonó y le dio muerte en Venecia para después quedarse con el efebo”. Yo no decía nada, lo dejé conferenciar con una mezcla de asco y fascinación. “¿Usted está de acuerdo en que a Tolstoi le den una beca estatal? No, señor, Coahuila no está para eso. En dicho caso que escriba más, la segunda parte de Madame Bovary pero esta vez que la ubique en Viesca. Los que ya estamos cansados de Nabocov no lo queremos como alcalde. Aquí tenemos muchos problemas, señor, y si ese tipo no pudo mejorar la vida de Macondo, es imposible que logre hacer algo bueno por el atletismo”. Me salvaron las bocinas, la salida de mi autobús. No dije nada, sólo le extendí el libro y él lo tomó. “Ayer mataron a un perro…”, rumió y creo agregó lo de la fruta.

sábado, septiembre 17, 2016

Grupos













Con sólo ver su cara supe que Bruno me contaría algo malo. Pedimos dos Indios y comenzó su relato. Me narró que en su trabajo hicieron un grupo de Whatsapp para facilitar ciertos trámites, y que eso los mantenía ahora esclavizados a la vigilancia del patrón. Por supuesto que seguían teniendo sus contactos independientes, pero que el grupo se había convertido poco a poco en casi la única vía de comunicación con todos los compañeros de la empresa. Ya no había pues para dónde escapar. Ni en fines de semana ni en vacaciones podían huir de las peticiones, las consultas, los encargos, y el patrón lo leía todo y se había convertido en un carcelario de “panóptico”. No faltó entonces que comenzaran las bromas, las directas y las indirectas contra el patrón. No en el grupo del trabajo, claro, sino en otro abierto por un tal Baldemar. Allí, en el grupo de ese tipo, fueron apareciendo mensajes cada vez menos sutiles de rechazo a la figura del patrón y a sus excesos persecutorios. En total eran seis los que participaban del juego. Bruno me dijo que él fue el último “agregado” a la conversación, y cuando lo incluyeron se tomó el cuidado de leer lo que previamente habían escrito los demás. Se mofaban sobre todo de la calvicie del viejo, de su voz aflautada y de sus pantalones “sin nalgas”. Mi amigo Bruno tuvo el cuidado de no sumarse de inmediato, de medir con un poco más de cautela hasta dónde llegaban los compañeros. Una semana después decidió añadir un comentario ni más ni menos cargado que los demás. Todos escribieron un “jajajaja” solidario y entonces Bruno agarró confianza, tanta que en lo sucesivo fue uno de los animadores más entusiastas del pitorreo. Me informó que pasaban dos o tres días en silencio, sin actividad, y que sólo bastaba un comentario para que todos comenzaran una breve granizada de bromas que de alguna manera desahogaba la presión impuesta por el jefe. Todo anduvo bien hasta esta mañana. En el semáforo, apurado por llegar al trabajo, Bruno se sumó a una tanda de bromas. Apagó el celular. Luego, en otro semáforo, añadió una más, pero al llegar a la oficina vio que se había equivocado de grupo. El jefe andaba de viaje, pero le escribió directamente: “El lunes platicamos, Bruno”.

jueves, septiembre 15, 2016

Sobre Parábola del moribundo












El año pasado me entrevistó vía mail Elba Maceda Díaz. El tema fue mi novela Parábola del moribundo (México, 2009). No supe si el diálogo apareció en alguna parte o no. Aquí la reproduzco sólo para que no se quede en el archivo:


Desde su punto de vista como creador, ¿es posible decir que en su novela Parábola del moribundo hay dos personajes principales?
Sí, es una dupla como tantas que ponen en relación personajes disímbolos. Se trata de una vieja tradición, y su caso más célebre es, claro, el del Quijote y Sancho. El cine mexicano explotó ese tipo de parejas, un sujeto supuestamente serio y otro explícitamente risible como Tintán y Marcelo, Viruta y Capulina, Manolín y Shilinsky. En el caso de mi novela, obviamente el contraste se da en todos los sentidos: edad, aspecto, profesión, visión del mundo, etcétera. Santiago es el serio y Vicente el risible, así que ponerlos en acción al mismo tiempo es una anomalía. Aunque los dos tienen parecida importancia, creo que el protagonista eje es realmente el poeta, pues él es quien narra la historia.

¿De qué manera fueron tomando forma cada uno de ellos?
Escribí esa novela entre 1998 y el 2000. Creo recordar que Parábola… nació como un cuento en el que imaginé a un poeta de provincia metido en la supervivencia. Por allí apareció Vicente y cuando los puse a conversar noté que la historia de ese extraño encuentro daba para más. Casi de inmediato supe que iban a ser muy contrastantes, y que era más fácil que el poeta avanzara hacia la vacuidad del anciano que el anciano, por más que lo intentara, se asentara en los intereses del poeta. En ese coctel se basa el tono picaresco del libro.

Por decirlo de algún modo, ¿se peleó con ellos para concebirlos, para llevarlos por el camino que usted quería?
Creo que no reñí con los personajes sino que los dejé fluir. A más de quince años de haber escrito las andanzas del dúo Santiago-Vicente, tengo el vago recuerdo de que me divertí, de que no fue un libro de confección traumática.

¿Qué fue lo más difícil a la hora de darles a Vicente Caballero Medina y a Santiago Macías sus respectivas personalidades?
No calqué a nadie de la vida real, jamás lo hago. Lo que sí ocurre es que para armar un personaje tomo rasgos, modos, actitudes de sujetos reales, empezando por mí. Siempre pienso qué tipo de personaje necesito y poco a poco le voy poniendo rostro, facha, actitud, todo. Eso pasó con Santiago y Vicente. Desde el primer capítulo supe cómo iban a ser y lo que hice fue seguir la lógica de sus personalidades.

¿Es usted Santiago Macías?
No, ya lo dije. Ninguno de mis personajes soy yo. Ahora bien, algunos de sus rasgos sí los tomo de mi manera de ser. Siempre tomo algo prestado de mí mismo para armar a mis personajes, pero jamás me he copiado fotostáticamente.

El lector se asoma a la región de La Laguna en sus letras. ¿Cuáles son sus motivaciones para hacerlo? Es decir, más allá de lo obvio de saber que usted nació en aquella región y vive en ella.
El noventa por ciento de las ficciones que he escrito se ubican en La Laguna. Lo hago por comodidad  descriptiva y porque en el fondo no importa tanto el sitio donde se instalan las historias, sino el ingrediente humano que contengan, su capacidad para insinuar asuntos universales. Ahora bien, en un rapto de chovinismo puedo decir que me gusta que La Laguna aparezca en mis libros, aquí nací, aquí vivo y con esta región tengo una relación de amor-odio en la que por supuesto siempre prevalece el amor. Pese a todo, quiero, amo a La Laguna.

Algún lector le comenta sobre manual o libro de retórica que parece haber inserto en la novela (por supuesto es broma), ¿pero es –dígame usted- un juego que tiene con su lector?
Esta novela es una novela que Santiago está escribiendo para ver si con ella gana algunos pesos. También se trata de un viejo recurso narrativo. Lo que hice fue un énfasis en la relación realidad-literatura: dentro de mi novela realista el personaje reflexiona cómo entra la realidad a su libro. Es un tema que siempre me ha interesado. Sé que muchos escritores y lectores están en contra del realismo fotográfico, realismo que para mí es imposible, pues la realidad es infinita y simultánea, y la literatura es finita y diacrónica. En la literatura, por más realista que sea, siempre hay un componente subjetivo que tijeretea, que altera, que deforma la realidad. O sea, no existe literatura realista aunque la apellidemos así.

El Grudelp y los textos vueltos a recordar o a insertar en la novela, son también parte de una intención de estilo, pero ¿han sido notados por los lectores?
En Parábola... hay algunas alusiones a textos reseñísticos, poéticos, e incluso sobre la novela misma. Su personaje eje es un escritor, así que me pareció prudente que entre sus andanzas aparecieran opiniones sobre la literatura y el mundillo literario/periodístico en el que se desenvuelve.

¿Qué dijeron los miembros del jurado del premio como el Rafael Ramírez Heredia (Eugenio Aguirre, Óscar de la Borbolla y Hernán Lara Zavala)?
Resaltaron sobre todo el humor y la fluidez de la narración. Me dio gusto leer ese dictamen, pues es algo que traté de imprimir en el relato.

¿Cuáles fueron los argumentos para otorgarle ese premio?
Esos, precisamente. Creo que les agradó el ritmo de la novela y el sustrato entre tristón e irónico que traté de convocar.

¿Cuál es su percepción de los índices de lectura en Torreón, en su región?
No son diferentes a los de otras regiones del país, es decir, son bajos. Creo que ahora se lee más gracias a las redes sociales. Lo malo es que se trata de esfuerzos de lectura muy ligeros y dispersos. Los mexicanos en general seguimos algo lejos del libro.

Sobre Parábola del moribundo












El año pasado me entrevistó vía mail Elba Maceda Díaz. El tema fue mi novela Parábola del moribundo (México, 2009). No supe si el diálogo apareció en alguna parte o no. Aquí la reproduzco sólo para que no se quede en el archivo:


Desde su punto de vista como creador, ¿es posible decir que en su novela Parábola del moribundo hay dos personajes principales?
Sí, es una dupla como tantas que ponen en relación personajes disímbolos. Se trata de una vieja tradición, y su caso más célebre es, claro, el del Quijote y Sancho. El cine mexicano explotó ese tipo de parejas, un sujeto supuestamente serio y otro explícitamente risible como Tintán y Marcelo, Viruta y Capulina, Manolín y Shilinsky. En el caso de mi novela, obviamente el contraste se da en todos los sentidos: edad, aspecto, profesión, visión del mundo, etcétera. Santiago es el serio y Vicente el risible, así que ponerlos en acción al mismo tiempo es una anomalía. Aunque los dos tienen parecida importancia, creo que el protagonista eje es realmente el poeta, pues él es quien narra la historia.

¿De qué manera fueron tomando forma cada uno de ellos?
Escribí esa novela entre 1998 y el 2000. Creo recordar que Parábola… nació como un cuento en el que imaginé a un poeta de provincia metido en la supervivencia. Por allí apareció Vicente y cuando los puse a conversar noté que la historia de ese extraño encuentro daba para más. Casi de inmediato supe que iban a ser muy contrastantes, y que era más fácil que el poeta avanzara hacia la vacuidad del anciano que el anciano, por más que lo intentara, se asentara en los intereses del poeta. En ese coctel se basa el tono picaresco del libro.

Por decirlo de algún modo, ¿se peleó con ellos para concebirlos, para llevarlos por el camino que usted quería?
Creo que no reñí con los personajes sino que los dejé fluir. A más de quince años de haber escrito las andanzas del dúo Santiago-Vicente, tengo el vago recuerdo de que me divertí, de que no fue un libro de confección traumática.

¿Qué fue lo más difícil a la hora de darles a Vicente Caballero Medina y a Santiago Macías sus respectivas personalidades?
No calqué a nadie de la vida real, jamás lo hago. Lo que sí ocurre es que para armar un personaje tomo rasgos, modos, actitudes de sujetos reales, empezando por mí. Siempre pienso qué tipo de personaje necesito y poco a poco le voy poniendo rostro, facha, actitud, todo. Eso pasó con Santiago y Vicente. Desde el primer capítulo supe cómo iban a ser y lo que hice fue seguir la lógica de sus personalidades.

¿Es usted Santiago Macías?
No, ya lo dije. Ninguno de mis personajes soy yo. Ahora bien, algunos de sus rasgos sí los tomo de mi manera de ser. Siempre tomo algo prestado de mí mismo para armar a mis personajes, pero jamás me he copiado fotostáticamente.

El lector se asoma a la región de La Laguna en sus letras. ¿Cuáles son sus motivaciones para hacerlo? Es decir, más allá de lo obvio de saber que usted nació en aquella región y vive en ella.
El noventa por ciento de las ficciones que he escrito se ubican en La Laguna. Lo hago por comodidad  descriptiva y porque en el fondo no importa tanto el sitio donde se instalan las historias, sino el ingrediente humano que contengan, su capacidad para insinuar asuntos universales. Ahora bien, en un rapto de chovinismo puedo decir que me gusta que La Laguna aparezca en mis libros, aquí nací, aquí vivo y con esta región tengo una relación de amor-odio en la que por supuesto siempre prevalece el amor. Pese a todo, quiero, amo a La Laguna.

Algún lector le comenta sobre manual o libro de retórica que parece haber inserto en la novela (por supuesto es broma) pero es –dígame usted- un juego que tiene con su lector?
Esta novela es una novela que Santiago está escribiendo para ver si con ella gana algunos pesos. También se trata de un viejo recurso narrativo. Lo que hice fue un énfasis en la relación realidad-literatura: dentro de mi novela realista el personaje reflexiona cómo entra la realidad a su libro. Es un tema que siempre me ha interesado. Sé que muchos escritores y lectores están en contra del realismo fotográfico, realismo que para mí es imposible, pues la realidad es infinita y simultánea, y la literatura es finita y diacrónica. En la literatura, por más realista que sea, siempre hay un componente subjetivo que tijeretea, que altera, que deforma la realidad. O sea, no existe literatura realista aunque la apellidemos así.

El Grudelp y los textos vueltos a recordar o a insertar en la novela, son también parte de una intención de estilo, pero ¿han sido notados por los lectores?
En Parábola... hay algunas alusiones a textos reseñísticos, poéticos, e incluso sobre la novela misma. Su personaje eje es un escritor, así que me pareció prudente que entre sus andanzas aparecieran opiniones sobre la literatura y el mundillo literario/periodístico en el que se desenvuelve.

¿Qué dijeron los miembros del jurado del premio como el Rafael Ramírez Heredia (Eugenio Aguirre, Óscar de la Borbolla y Hernán Lara Zavala)?
Resaltaron sobre todo el humor y la fluidez de la narración. Me dio gusto leer ese dictamen, pues es algo que traté de imprimir en el relato.

¿Cuáles fueron los argumentos para otorgarle ese premio?
Esos, precisamente. Creo que les agradó el ritmo de la novela y el sustrato entre tristón e irónico que traté de convocar.

¿Cuál es su percepción de los índices de lectura en Torreón, en su región?
No son diferentes a los de otras regiones del país, es decir, son bajos. Creo que ahora se lee más gracias a las redes sociales. Lo malo es que se trata de esfuerzos de lectura muy ligeros y dispersos. Los mexicanos en general seguimos algo lejos del libro.

miércoles, septiembre 14, 2016

Cena












Sentí el filo nervioso en mi yugular y al mismo tiempo escuché las palabras supuestamente imperativas, firmes: “¡El dinero o lo mato!”, dijo. No le creí, el tipo temblaba, era un principiante. Había poca luz en esa calle, otro de los agujeros negros que adornan con su peligro las madrugadas de mi ciudad. Yo caminaba porque el coche me dejó tirado y pensé que andar veinte, treinta cuadras podía convertirse en una especie de ejercicio forzado a mi sedentarismo. De pronto, las dos manos en mi cuello, el cuchillo y la frase rompieron el paseo. “Tranquilo, tranquilo”, dije. “¡El dinero o lo mato!”, repitió. Le expliqué rápido que permitiera mi movimiento, que aflojara un poco su mano y su cuchillo para sacar mi billetera. “Tranquilo, amigo, no haré nada, tranquilo”, insistí. Yo estaba seguro de que era un principiante, y en tal corazonada fundé mi temor. Un profesional no mata al asaltar en la calle, mientras que un principiante puede matar en cualquier situación, ante cualquier mínima amenaza. En eso ocurrió algo sorprendente. Era mi día, o mi noche, de suerte, y yo que pensaba en lo contrario cuando el Tsuru ya ni siquiera dio marcha. El tipo aflojó la mano izquierda que me atenazaba el cogote, retiró el cuchillo y cuando pude voltear ya estaba semihincado, gimiendo como mocoso. Escuché unos estertores y luego otras palabras: “Perdón, señor, váyase, yo no sirvo para robar”, dijo y soltó un gimoteo más fuerte. Quise caminar, pero me detuvo la curiosidad, el deseo de ver su rostro. “¿Puedo ayudarte en algo?”, le pregunté. “No, sólo tengo mucha hambre”. Me compadecí: “Mira, ten, cien pesos”. Por fin levantó la cara. Era flaco, tenía los ojos hundidos, la edad indescifrable de los apabullados y la ropa muy sucia. “No, señor”. Tras rechazar mi dinero, le ofrecí otra opción: “Vamos a la plaza, allí siempre está el carrito de los hotdogs, te disparo los que quieras”. Afirmó con la cabeza, dejó de gimotear y comenzamos la caminata de tres cuadras hacia la plaza. Un rato después, el tipo engulló, en silencio y casi sin respirar, nueve hotdogs con todo. Al despedirnos pensé en lo obvio: es increíble que no me haya matado con esa hambre y esa incapacidad de principiante. 

sábado, septiembre 10, 2016

Diario













Trabajar en bienes raíces tiene siempre algunas desventajas: 1) se negocia con clientes de dinero y por ello caprichosos; 2) se depende de los vaivenes del mercado inmobiliario; 3) hay que mostrar casas y locales a las horas más inoportunas, y 4) se gana bien sólo después de mucho tiempo acreditando el nombre o la marca del corredor. También tiene, es innegable, algunas ventajas: 1) pueden cerrarse buenas ventas simultáneas; 2) ya con prestigio obtenido es posible contratar empleados y sólo recibir las comisiones, y 3) como uno conoce el negocio, con el tiempo es posible comprar, vender o rentar lo propio. No me quejo, pues, pese a que he tenido malas rachas. Entre los beneficios de este giro profesional está uno más pequeño, pero beneficio al fin. Parte de los bienes que tengo en casa son un plus de los bienes raíces. Por ejemplo mi cama de caoba. Cualquiera que la vea pensará que me costó un dineral, y no, la obtuve gratis. Estaba en la alcoba de una casa que vendí, y era del abuelo del joven dueño, quien la heredó; al momento de cerrar su trato pregunté qué hacíamos con esa inmensa cama, y el muchacho me dijo sin mayor conflicto: “Yo me voy a Nueva York, haga lo que quiera con ella, tírela o quédesela”. Y me la quedé. Y así ha pasado con otros objetos de valor: un mesón, dos libreros, dos candiles, muchos libros, un hermoso biombo y hasta una tina de baño de estilo porfirista, todo gratis porque sus dueños estaban urgidos de vender la propiedad, no los vejestorios que había dentro. Pero no todo es buena presa. Hoy acabo de vender una propiedad y en ella quedó un buró desvencijado, polvoso y lleno de papeles. Según la dueña, era de su hermana fallecida seis meses atrás. Había un diario y comencé a hojearlo. Me asombró. Con letra arrebatada pero legible, la mujer había diseñado un plan tan macabro como descabellado: aniquilar a toda la humanidad. Sí, así como se oye: aniquilar a toda la humanidad. El título no mentía, y el contenido menos. Por supuesto, a medida que volví las hojas noté que era un apretado racimo de sandeces que hoy conservo solo como curiosidad. No es común hallar proyectos de este inmenso calibre. Todo por los bienes raíces.

jueves, septiembre 08, 2016

Ojos en la sombra con Nazul




















Nazul Aramayo, joven escritor lagunero, me entrevistó hace un año para la revista digital Suplemento de libros. El tema fue Ojos en la sombra (Conaculta, 2015). Refriteo aquí el diálogo con agradecimiento retroactivo a Nazul y al Suplemento...

Desde que recuerdo, en las sesiones del taller literario, hacías énfasis en narrar de lo que sabemos y desde donde estamos. Noto en los libros Las manos del tahúr, Parábola del moribundo y Ojos en la sombra que también los nutre eso que nos decías. ¿Se ha vuelto una especie de consigna para ti o por qué el énfasis en contar historias fuera de cualquier relumbrón cultural?
—Uno puede escribir sobre lo que sea, esa es decisión de cada quien y es imposible coartar algo que parte del gusto, es decir, de la subjetividad más profunda. Lo que sugiero en los talleres literarios —en la idea de que son eso, talleres literarios, es decir, espacios para el aprendizaje de la escritura sobre todo de jóvenes— es que al menos en los primeros intentos los concurrentes no busquen temas exóticos, lejanos en el tiempo y en el espacio a su experiencia personal. Se supone que en esa etapa no sólo se está afinando la escritura en sí, es decir, el oficio sutil de entretejer palabras con malicia e intención digamos estética, sino que también se está escapando del huevo, se está madurando. El joven, al llegar a un taller, carece no sólo de las herramientas técnicas de la escritura, desconoce lo que puede hacer con las palabras si las organiza de un modo o de otro; también, como joven, es muy probable que no haya sido atropellado por nada y esté lejos de la angustia laboral, de los fracasos amorosos, de la resignación matrimonial o del divorcio, de los tropiezos filiales, de los achaques, del desaliento político, de la cercanía de la muerte propia y la certeza de la ajena, del tedio, de la desesperanza. Lo que le queda por contar, entonces, es lo que tiene más a tiro de piedra, los conflictos de la escuela, la amistad, la relación con sus padres, hermanos y amigos. Eso es lo más práctico, lo que suelta más rápidamente la mano del aspirante a escritor al menos para los propósitos siempre un tanto apresurados del taller. Esto no significa, por supuesto, que haya impedimento alguno para que un joven tallerista escriba en primera persona el relato del alienígena intergaláctico o el del viejito abandonado por todo mundo cuando le pega cáncer de próstata. El joven escritor tiene derecho a tratar el tema que guste, pero no sé si los resultados van a ser los mismos si escribe sobre algo que le atañe o sobre algo que le queda a miles de años luz o a cuatro o cinco décadas de distancia vivencial.

Aunque el tono es humorístico hay algo de nostalgia. Las historias suceden en gran medida en los 80, hay una sensibilidad, en algunos, más propia de los 70. Se lee una ciudad que en algunos aspectos ya no existe pero en otros parece que se detuvo en el tiempo y repite lo de décadas pasadas. ¿Cómo fue tu relación ciudad-recuerdo para crear los cuentos que ahora leemos?
—Cuando un escritor maneja el humor no puede reconocerlo campechanamente, pues corre el riesgo de parecer pedante. Por eso es común que escritores como Ibargüengoitia hayan rehuido a la etiqueta de “humoristas”, dado además el prestigio intelectual que tiene la seriedad, la sobriedad, la gravedad, asociados más comúnmente con la inteligencia. En mi caso no rehúyo la etiqueta, pero me incomoda que me obliguen a hablar sobre el “humor” de mis relatos, si es que lo hay (esto es en sí un tanto humorístico, pero no puedo evitarlo). Ahora bien, dados mis intereses de lector, siempre he encontrado placer en autores que saben trabajar con el humor en sordina, no desparpajado, sino sutil, expresado en mil detalles ocultos en su prosa, en las peripecias que diseñan, en el tono general de sus libros. El Quijote sería el primer gran ejemplo del humor que me complace. Ese mismo humor, o parecido, lo leo en escritores que he tenido cerca como Carpentier, como Rulfo en muchos cuentos de El llano…, como Borges, quien llevó la ironía al más alto sitio al que se puede llegar en ese rubro, hasta la fecha, en América Latina. En mi caso aplico un recurso que aquí, para abreviarlo, llamaré “pendular”: procuro que mis textos se muevan, oscilen, entre eso que denominan humor y el otro lado: la tristeza, la desdicha, la “nostalgia” que mencionas. A veces salen más cargados a un lado que a otro, pero eso no depende de mí sino del tema o del estado de ánimo que tuve al momento de escribir. No sé. Por otra parte, y en respuesta a la segunda vertiente de tu pregunta, escribí esos cuentos en los años previos a mi onomástico cuarenta. No fue deliberado, pero ahora que me lo planteo retrospectivamente puede ser que estuve saldando cuentas con mi pasado, con mi juventud y mis primeras caídas de adulto. Provengo de una etapa poco dada al desenfado ideológico del nuevo milenio, todavía milito políticamente, tengo un lado “serio” y sesentero-setentero que pesa bastante, y supongo que eso se nota en varias de mis historias. Hoy a muchos escritores les apenan las etiquetas, que les digan “de izquierda” y todo eso. A mí no; podré ser escéptico, podré sentir desaliento, pero me queda claro que las ideas de mi juventud no fueron sembradas en broma y siguen siendo útiles para contrapesar, al menos en mí, el alud de inhumanidad que nos rodea y al que por cierto le sienta de maravilla la indiferencia que no comparto. En cuanto al entorno lagunero dominante en mis relatos, lo mismo: mis personajes se mueven más a gusto en La Laguna simplemente porque aquí le tocó vivir a quien los creó.

Como escritor ¿qué tanto nutren o estorban los trabajos periféricos, como los que realizan los personajes, en tu creación literaria?
—Ya que no puedo vivir de la literatura, siempre he tratado de trabajar en espacios que no me coloquen demasiado lejos de ella, es decir, en universidades, revistas, centros culturales y en casa, de freelance, como redactor, corrector, editor... Eliminadas dos módicas becas estatales, cada una de un año, jamás he tenido patrocinios para escribir, así que en realidad he vivido toda mi vida laboral con dos chambas: la alimenticia y la literaria; soy pues el mecenas de mi propio destino de escritor. Esto de las dos profesiones no ocurre en otras: el plomero es plomero, y vive de eso, así como lo hacen el médico, el contador, la dentista, el ingeniero, la modista, el comerciante. Dado el estatuto un tanto nebuloso de la profesión de escritor (al menos donde vivo), uno sufre la condena de la invisibilidad laboral, por eso pasa con frecuencia que me pidan algo así: “Mi sobrino de quince años escribió una novela sobre dinosaurios y me gustaría que la leyeras para que le digas si es buena o no; sólo son como 200 páginas”. Es muy difícil explicar en estos casos que uno no desea leer eso, que si uno tuviera tiempo libre leería a Víctor Hugo o a Emerson, y que si lee algo que está al margen de sus intereses debe ser por trabajo, con un pago de perdida simbólico. Pues bien, cuando uno, titubeante, trata de explicar esto, parece un mezquino, un verdadero miserable, como no parece mezquino ni miserable el médico cuando vamos a una consulta y nos cobra honorarios. Todo este circo de la supervivencia ha entrado a mis relatos porque está en mi experiencia y porque tiene también algo de tragicómico, de picaresco en el sentido quevediano de la palabra.

¿Por qué escribir sobre el escritor si, como en “Papá Matías” se afirma que “La literatura no sirve para nada por acá, sólo para ocasionar problemas?
—Esto tiene relación con la respuesta anterior, pero antes debo instalar una nota al pie de página: mis personajes opinan por su cuenta, sus pareceres no necesariamente son los míos. El personaje de ese relato es un pesimista, un tipo que de antemano se sabe condenado a la mediocridad, al fracaso, y que por una misteriosa razón (todas las razones que nos mueven a hacer algo son misteriosas) sigue intentando escribir. Lo único que hice fue llevar al extremo, en ese personaje, un sentimiento que yo tengo sobre los beneficios que deja la literatura en un páramo como el lagunero: dos o tres apapachos de los amigos, cierto orgullo familiar, algún pequeño espacio laboral, unos cuantos pesos y fin. Todo lo demás son problemas, inadaptaciones por ejemplo a lo fiscal, rezagos, broncas sobre todo cuando, como en La Laguna, no hay un flujo intenso de energía cultural y por ello no se ha alcanzado un estatus de profesionalización siquiera decoroso para actividades como la mía de escritor e incluso de editor, corrector, maestro. A esta hora, luego de 35 años dedicados a la literatura, con cientos, miles de cuartillas comprobadamente publicadas en libros, revistas, periódicos e internet, mis números materiales son apenas grises, no negros, pero por razones otra vez misteriosas creo que he hecho lo correcto, que el precio de seguir escribiendo ha sido rodearme de problemas que otros a mi edad, como dice el personaje del cuento que mencionas, ya tienen resueltos.

A propósito de “Puentes”, la última sección del libro: ¿por qué trazar vasos comunicantes entre las tragedias latinoamericanas como la de Argentina y Chile con la cotidianidad que vive un lagunero?
—Desde hace muchos años, casi podría decir que desde que leo, he sentido una gran identificación con la realidad y los problemas de los países latinoamericanos. No soy indiferente a sus historias, al desgarramiento de sus territorios, de sus economías, de sus hombres y mujeres. De joven me interesé mucho por la crónica de Indias, me enteré cómo nacimos, cómo desde entonces hemos sido saqueados casi hasta el exterminio, cómo desde la conquista somos un estorbo paradójicamente funcional para las grandes potencias. Eso no es demagogia. Nuestros razagos, visibles cuando apenas damos un paso en la calle o nos internamos en cualquier barrio o ejido, obedecen a miles y miles de pequeños actos de violencia perpetrados por naciones foráneas y por sus esbirros autóctonos. No otra cosa es para mí, hoy, Estados Unidos y el gobierno mexicano, por citar sólo el ejemplo que tengo más al alcance de mi asco. Pues bien, dos de los países cuya historia mejor conozco son Argentina y Chile, y a estos añadiría Cuba. Con el primero de estos países he mantenido una relación muy intensa en los años recientes, como de 2000 a la fecha. He leído mucho sobre su, espero, última dictadura, sobre los problemas que vinieron luego de que cayó y del momento para mí alentador que los sorprendió con la llegada, en 2003, del kirchnerismo. ¿Cómo no estar de acuerdo con un gobierno que condenó por fin a los militares genocidas? ¿Cómo no estar de acuerdo con un gobierno que, como pocos, ha dado la pelea contra un grupo mediático como Clarín? Toda proporción guardada, es como si los gobernantes en México por fin decidieran poner un alto a las porquerías de Televisa, cosa que estamos lejos de ver. Así pues, un poco azarosamente me salieron tres o cuatro cuentos que tenían, como dices, vasos comunicantes entre las realidades argentina, chilena y méxico-lagunera. Puede parecer un atrevimiento o una ingenuidad, pero para mí nuestras realidades acusan muchas simetrías y pueden ser tratadas literariamente sin desbarrar.

En tu “Palabra final” mencionas “no deseo trazar historias deshuesadas, ‘prosa poética’, ocurrencias pasadas de contrabando como cuentos”, ¿consideras que ya no se escribe cuento clásico o que ya no se buscan los mecanismos lingüísticos para soportar una estructura?, ¿por qué consideras necesario acatar las reglas del cuento clásico?
—Creo que traté de dejar claro en esa “Palabra final” que en mi libro procuré (ojo, en mi libro) ceñirme a la idea —no mía— de escribir cuentos de una manera no suelta, relajada, desenfadada, sino de acatar las nociones que han caracterizado al género de unas décadas a la fecha. Y no estoy en contra de ningún formato, de ningún molde ni de ninguna cruza experimental. En lo que discrepo es en pasar de contrabando (usé tal palabra: contrabando) un formato cuando en realidad es otro. Sé que sueno rígido en esto, pero sería la misma rigidez decir que a un perro le digamos perro y no rinoceronte, o decir que a un libro le digamos libro y no refrigerador. Ni el libro ni el refrigerador son buenos ni malos en sí, no se contradicen, son sólo objetos distintos, y es lo mismo que pienso sobre el cuento-cuento y la prosa poética. Está bien romper las reglas, desbaratar, pero siempre debemos mantener alguna mínima certeza. El dadaísmo sólo funcionó una vez.

¿Por qué el título Ojos en la sombra? ¿A qué se refiere?
—A mí me gustan casi todas las palabras, pero unas más que otras, como a cualquiera. Entre las que me gustan mucho está “sombra”. Tiene la misma sonoridad que “lumbre”, palabra que coloqué en el título de mi primer libro, publicado en 1990. Usé “sombra” aquí, en primer lugar, porque me gusta su sonido, y en segundo, porque pensé en una especie de metáfora: el escritor es un sujeto que mira desde el margen, que observa a veces sin ser visto, que da testimonio desde la oscuridad. Sus ojos son pues unos ojos no observados, unos ojos en la sombra.


miércoles, septiembre 07, 2016

Maistros















Una vieja moto avanza a todo lo que ya puede dar: ochenta kilómetros por hora. Sobre ella van, ateridos, Benja, quien conduce, y detrás Neto cargando una cubeta y un largo nivel de albañilería. Saben que deben llegar un poco antes de las ocho: el patrón que los contrató les ha pedido que, como saldrá de su casa, lleguen a tiempo para dejarles la llave del patio donde los albañiles echarán un firme de cuatro por cuatro metros. Al lado de la moto zumban coches y camiones, todos más veloces. Está cerrado un puente que colapsó y el tráfico se carga por una sola vía. Benja y Neto no saben que en treinta segundos más van a morir, cuando una camioneta los empuje, los haga perder el equilibrio y provoque que caigan y rueden sobre el asfalto. Todavía van dando tumbos cuando un camión repartidor de refrescos los aplasta y termina por zarandearlos durante veinte metros más. De Benja y Neto quedan dos guiñapos, mueren instantáneamente. En otro lado está Lorena, esposa de Benja. Prepara dos huevos revueltos que pondrá en un pan, el desayuno de sus dos pequeños. Tendrá que dividirlo, pues no hay más. Lorena confía en que Benja traiga hoy un poco de dinero. Las cosas no han andado bien, su esposo no ha conseguido trabajo en la semana, pero ya, hoy echará un firme y le pagarán. Lo mismo piensa Imelda, la pareja de Neto. Sabe que hoy habrá un poco de dinero para comprar, por fin, algunas de las medicinas que necesita su mamá. Llega una patrulla y se coloca en diagonal para cerrar el carril donde han quedado los accidentados. Apenas salió el sol, es temprano y cientos de vehículos buscan su paso en el embudo. El agente hace señas a los conductores, los desvía mientras el otro agente y dos o tres curiosos van a ver los cuerpos. Están muertos, claro. Mientras el agente llama a la ambulancia, de algún lado alguien saca un par de trapos para cubrir los cadáveres. Poco a poco comienzan a llegar más curiosos, otros trabajadores y algún conductor que frena más adelante y camina para echar un ojo. Suena un celular. El agente va y esculca en uno de los muertos. Saca un teléfono gordo, corriente, aterrado. Contesta. Del otro lado escucha una pregunta airada: “¿Maistro, van a venir o qué?”.

domingo, septiembre 04, 2016

El cuento y el éxtasis












Mi paisano y admirado amigo Vicente Alfonso me hizo la siguiente entrevista sobre Ojos en la sombra (Conaculta, 2015). A poco más de un año de la publicación del libro en la colección El Guardagujas, estas fueron mis respuestas.

—¿Nace Ojos en la sombra como un proyecto o es una compilación de relatos que surgen de forma independiente?
—La escritura de los diez cuentos que componen Ojos en la sombra se dio en mi periodo más productivo como cuentista: de 2000 a 2004. En ese lustro armé seis libros de cuento, dos de ellos todavía inéditos. Luego, en 2005, tuve la suerte de recoger algún fruto, pues en una semana de octubre recibí la noticia de que gané tres premios nacionales, el de San Luis Potosí entre ellos. O sea, el esfuerzo no estuvo tan mal encaminado pese a que es un género casi marginal, ajeno al glamour de las editoriales poderosas. Recuerdo que al escribir los cuentos pensaba en proyectos más o menos compactos: Leyenda Morgan sería un libro de cuentos policiales; Arte de miniaturía (inédito) y Monterrosaurio, de microrrelatos; hay otro inédito con cuentos dizque sexosos; donde tuve problema fue con una tanda de veinte relatos con tema intelectualoide. Era un libro gordo e inmanejable, así que decidí partirlo en los dos que ahora son Las manos del tahúr (publicado por Ficticia) y Ojos en la sombra (publicado por el Conaculta en su colección El Guardagujas). Puede decirse pues que estos dos libros en realidad llegaron en un parto de gemelos.

El tema de  los cuentos iniciales de Ojos en la sombra es la rivalidad entre creadores. Pienso en Bioy Casares y Borges, en Mozart y Salieri ¿Puede la envidia ser un motor artístico?
—Buena parte de esos cuentos tiene personajes que se dedican a lo que me he dedicado: escritores, maestros, académicos, editores, periodistas. Son sujetos que me quedan cerca, que conozco y puedo describir con cierta facilidad. Pero eso no es lo importante, sino sus pasiones y la forma en la que las exteriorizan. Si vamos entonces al fondo temático de estos cuentos notamos que en todos hay un sedimento de envidia, frustración, recelo, miedo, incertidumbre, es decir, asuntos que le atañen a cualquier ser humano, sea o no artista. En lo personal, creo que la envidia puede detonar algo bueno cuando hay talento en quien envidia; sin talento, la envidia es una pasión brutal, autodestructiva. Por eso, hay que envidiar a quienes de alguna manera podamos imitar, no a quienes poseen algo que nosotros jamás tendremos. Yo no puedo envidiar a un matemático, a un chef, a un músico o a un alpinista, pues carezco de las facultades mínimas indispensables para intentar siquiera una imitación mediocre de sus disciplinas. En tal caso prefiero la admiración en lugar de la envidia.

Uno de tus personajes afirma que “en estos tiempos la investigación literaria está más devaluada que la monarquía absoluta”. ¿Compartes esta opinión? ¿Por qué?
Suelo no compartir muchas opiniones de mis personajes, pero en este caso creo que no estoy tan en desacuerdo. El personaje dice “monarquía absoluta” para referirse a algo viejo, caduco. Él cree que, aunque ame la investigación literaria, para el mundo ya no importa, es una actividad sólo provista de significado para un espacio muy chico, el de la academia, y aun ahí es usada como arma para la supervivencia laboral, el ascenso curricular y otras pequeñas mezquindades, no para producir verdaderos estudios. Digamos que puedo o no estar de acuerdo con este personaje, pero sí me es simpática su actitud de pesadumbre ante el poco valor que se le da al trabajo académico.

¿Cuál es tu procedimiento para escribir un cuento?
—De manera muy general puedo decir que veo venir desde lejos una frase, un personaje, una situación, una atmósfera y a partir de allí sospecho que puede brotar un cuento. No fuerzo nada, no me obligo burocráticamente a escribir, sino que dejo que la idea se vaya imponiendo en mi interior y termine por hacerme manita de puerco hasta llevarme al teclado. Durante un tiempo muy irregular pienso la trama, diseño peripecias, armo un esquema en greña. Luego, cuando llega la hora de escribir, surgen siempre nuevos obstáculos y nuevas soluciones. Lo fundamental para mí es construir todo para que el final dé una idea de congruencia y de contundencia. Quizá me gusta escribir cuentos porque en este género lo más importante es el final. Siempre he dicho que no me gusta escribir, sino terminar de escribir, pero para terminar de escribir primero hay que escribir, así que cuando llego al final de un cuento siempre gozo una sensación de placer casi venérea. El final de un cuento es, entonces, un éxtasis, lo mejor que he podido experimentar como escritor.

¿Te sientes más cómodo como cuentista o como novelista?
—Como cuentista, creo, pero eso no quiere decir que la novela me resulte ingrata. Allí se cocina distinto: el placer está en destapar la cazuela a medio camino y comprobar con el olfato que avanza vaporosamente bien la elaboración del caldo.

¿Cuáles son tus cuentistas de cabecera?
—Tengo muchos: Rulfo, Arreola, Valadés, Monterroso, Revueltas, José Agustín, José Joaquín Blanco, Samperio, De la Borbolla, Serna, Parra, Lara Zavala, Fadanelli, Marcial Fernández, Ribeyro, Lugones, Borges, Pérez Zelaschi, Walsh, Piglia, Abelardo Castillo, Sorrentino, Luisa Valenzuela, Giardinelli, David Lagmanovich, Fabián Vique, Giselle Aronson, Toño Cruz, Orlando Van Bredam, el chileno Diego Muñoz, los futboleros Fontanarrosa, Sasturain y Sacheri. De otras lenguas he disfrutado a Poe, Chejov, Conan Doyle, Nabokov, Schwob, Papini y Faulkner. Entre los laguneros aprecio a Saúl Rosales, Daniel Herrera, Daniel Lomas, Miguel Báez, Fernando Fabio Sánchez, Carlos Reyes, Carlos Velázquez, Angélica López y a ti; y del norte en general, a Herbert, Boone, Trujillo Muñoz, Crosthwite, José Salvador Ruiz y Julio Pesina.

¿Sientes que vivir lejos de la capital ha determinado tu carrera como escritor?
—Creo que sí. Por el lado de la creación, esto me ha obligado a pensar en mi entorno, La Laguna, tratando de no incurrir en rancheridades. Por el lado de las oportunidades y pese a las comunicaciones de hoy, uno aprende acá a rascarse con uñas menos afiladas, pues hay escasas oportunidades, escasos contactos. Este desafío en el desierto no es tan malo, pues todos los días pone a prueba la vocación.

La literatura de países sudamericanos, en especial la argentina, ha influido en tu obra: en una época sin internet ¿cómo se dio para ti el descubrimiento de los autores argentinos?
—Como en muchos casos, comenzó con Cortázar y poco después con Borges. Pero antes, por el gusto del tango y la milonga y mi admiración juvenil —no desaparecida— al Che y al poema Martín Fierro. Luego sumé otros gustos de la cultura argentina y ahora mi conocimiento de ese país corre al parejo que el del mexicano. Me interesan su literatura, su música, su política, su geografía y su futbol tanto como los de México.

¿Piensas que para estas generaciones es más fácil acceder a los títulos con poca circulación? 
—Internet ha facilitado el acceso a todo, incluido el que conduce a la literatura. Pongo un ejemplo: en mi juventud alguien nos puso un caset con la voz de Borges diciendo sus poemas. La reunión terminó y todos los amigos, en broma, imitábamos esa voz cada vez que lo citábamos. Creo que todos hubiéramos querido tener el caset, escucharlo más, pero por cuestiones prácticas no se pudo. De Borges hoy están en YouTube sus poemas, sus conferencias, sus entrevistas. Cualquiera tiene a la mano lo que se le antoje. En los tiempos de mi formación todo era más lento, pero no lo sabíamos pues no podíamos adivinar lo que habría poco después. Los jóvenes que nacieron con internet no se asombran porque les falta la experiencia anterior, la preinternética. Ahora es normal lo que en mi juventud hubiera sido apabullante, casi monstruoso.

Eres un tuitero asiduo: ¿puede un tuit ser literatura?
—Tengo fama de tuitero asiduo pero no creo serlo para justificar ese prestigio mal habido. Tal vez mi gusto por tuitear viene en declive, no sé, el caso es que ahora tuiteo de vez en cuando y sólo en las noches, cuando ya cansado de la jornada me derrumbo en la cama y —parafraseo el tango “Malevaje”— en vez de leer me pongo a tuitear. Sí, un tuit puede ser literatura como lo es un aforismo, un epigrama, un cuento brevísimo y otros géneros micro. Si algo está bien escrito y conmueve, estimula, agrada estéticamente, es o puede ser literatura.

sábado, septiembre 03, 2016

Adiós












Me dolía, pero traté de no doblarme. Fue un monólogo, pues ella sólo se miraba las manos y con sus dedos y sus largas uñas jugueteaba con las dos pulseras. Tartamudo, titubeante, no sé de dónde me salió valor para decir que así había sido todo. Perdona si te hago llorar —le dije—, perdona si te hago sufrir, pero es que no está en mis manos, pero es que no está en mis manos, me he enamorado, me he enamorado, me enamoré. Como pude le expliqué que yo no sabía de tristezas, ni de lágrimas ni nada que me hicieran llorar. Le dije que yo sabía de cariño, de ternura, porque a mí­ desde pequeño eso me enseño mamá, eso me enseño mamá, eso y muchas cosas más. Cada vez más triste le dejé claro que yo jamás sufrí, que yo jamás lloré, que yo era muy feliz, que yo viví­a muy bien, que yo vivía tan distinto, algo hermoso, algo divino, lleno de felicidad, que yo sabía de alegrías, la belleza de la vida, pero no de soledad, pero no de soledad, de eso y muchas cosas más, y que yo jamás sufrí, yo jamás lloré, yo era muy feliz, yo vivía muy bien. Luego hubo un triste y prolongado silencio, y lo interrumpí: perdona si te causo dolor, perdona si te digo adiós, le dije, y luego pensé: “¡Cómo decirle que te amo, cómo decirle que te amo, si me ha preguntado, yo le dije que no, yo le dije que no!”. Sabía yo que aquello era terrible, pero fui sincero y le dije que yo quería ser honesto con ella y contigo. La razón era muy sencilla, y también se la dije: a ella la quiero y a ti te he olvidado, si tú quieres, seremos amigos, yo te ayudo a olvidar el pasado, no te aferres, ya no te aferres a un imposible, ya no te hagas ni me hagas más daño, ya no. Seguí, yo ya no podía parar, y a quemarropa le disparé otras palabras: hasta que te conocí vi la vida con dolor —le dije—, no te miento: fui feliz, aunque con muy poco amor y muy tarde comprendí que no te debía amar. Ella lloraba ya, y yo también. Hubo otro silencio hasta que hablé de nuevo. Se lo dije casi como reproche: tú bien sabes que no fue mi culpa, tú te fuiste sin decirme nada y a pesar que llore como nunca ya no seguías de mi enamorada, luego te fuiste ¡y qué regresabas!, no me dijiste y sin más nada, ¿por qué? No sé, pero fue así, así fue…

jueves, septiembre 01, 2016

Del clasismo inoportuno















Creo que ha sido excesivo, pero de todos modos no es ocioso hacer un par de puntualizaciones. No critico que Alvarado critique lo que quiera criticar, pero hay dos detalles en los que falló. Por decir lo menos, en un caso fue omiso y en el otro fue imprudente:
1. Trabajó en Televisa y en ningún momento dijo allí que esa empresa ha explotado lo populachero hasta tocar cotas de escándalo. Además, siempre ha manejado en tono bufo la imagen del homosexual, jamás lo ha separado de papeles ridículos, “lentejuelosos” y por ello risibles; Televisa acepta al gay, pero para que sea inofensivo lo ha hecho aparecer indefectiblemente como "loca" y como “naca”, dos condiciones que Alvarado detesta.
2. "Mi rechazo al trabajo de Juan Gabriel es, pues, clasista"; escribió. Asumirse como perteneciente a otra clase (es evidente que a Alvarado los recursos materiales no le faltan, así que no necesita decirlo) resulta imprudente en un funcionario de la UNAM, espacio académico que se supone no debe fomentar esa visión de la realidad. Alvarado puede sentir y puede pensar que pertenece a otra casta, pero no expresarlo porque una universidad pública —esto es elemental— supone un origen no pudiente en la mayor parte del alumnado.
En suma, no creo exagerar si afirmo que su clasismo fue lo más grave. Que deteste a Juan Gabriel no me parece relevante; sí que, como funcionario de la UNAM, haga explícita su posición social acomodada, su “circunstancia”, como escribió.

miércoles, agosto 31, 2016

Visita













Elías observa el número incrustado en la pared de ladrillo rojo. Como si fuera a robar, mira a los dos flancos de la calle y advierte que no viene nadie. Un olor a jazmines rodea ese momento y detiene la vista en la maceta rectangular: “Cuida bien sus flores”, piensa. Toca el timbre, una especie de gong oriental que suena casi en su oreja, muy próximo. La casa es pequeña, de apenas unos cinco metros de ancho. Oye una respuesta lejana, seguramente la voz de Rita. Pasan dos minutos y vuelve a timbrar. Unos segundos después, la puerta se abre y allí está ella, Rita. Pasa un instante que ambos dedican al reconocimiento fugaz de las facciones. Pese a las arrugas, descubren en la memoria de esos rasgos la antigua cara que tuvieron, cuando fueron jóvenes. Sonríen, se dicen hola y aproximan sus mejillas en un roce que intenta ser un beso. Rita le permite el paso y él, Elías, avanza hacia uno de los sofás. No sabe si sentarse o permanecer de pie hasta que ella le ofrece tomar asiento. Suena entonces, del fondo, una voz que dice Rita. Ella se disculpa y va hacia una habitación. Tarda como cinco minutos y Elías aprovecha para mirar. Objetos de cerámica, manteles tejidos, cuadros de metal repujado, un óleo con la imagen de una casita en la montaña, un trastero con vajillas chinas, un florero y una vela inmensa delante de la guadalupana. En una mesa ratona más lejana, decenas de cajas con medicamento. Piensa en su situación: sesenta y cinco años, soltero, un infarto salvado de milagro y la sensación de que pronto llegarán más enfermedades. Rita vuelve. Explica que su madre le demanda mucho tiempo. Ochenta años, muchas enfermedades. Rita debe tener sesenta o poco más. Ya no es bella, pero algo, algo lejano de lo que era sobrevive todavía en su gesto. Elías supone que la vitalidad de Rita, lo que quizá la hace parecer más joven, es la fe. Ella tiene fe, cree en algo. Rita sonríe, dice que trabajar y cuidar a su madre es muy pesado, pero no importa, ella estará allí hasta que dios quiera. Elías imagina entonces esas manos, las manos de Rita, cuidándolo. No queriéndolo. Cuidándolo cuando lleguen los malos días.