miércoles, agosto 24, 2016

La risa del maestro
























La edición tira a feyita y el ejemplar que el azar con celofán me deparó está descabalado —le faltan algunas diez páginas—, pero no importa, es un gran libro. Me refiero a El humor de Borges (Lectorum, 2008, 207 pp.), de Roberto Alifano, amigo y colaborador de Borges. Sé que hay una edición más reciente y, supongo, mejor, más aseada, así que es de relativamente fácil consecución. Hago énfasis en la idea de conseguirlo sobre todo a los borgólatras, aunque no está de más para los no iniciados en este autor que, como el mismo Borges señalaba de Quevedo, es menos un escritor que una literatura, una amplia y profunda y divertida literatura.
Lo leí en 2009, cuando lo compré, y desde entonces no dejo de sentir gozo ante el pingüe racimo de anécdotas compiladas por Alifano para demostrarnos lo que observa en su presentación: “Borges fue generando así una obra verbal paralela a su obra escrita que compite con ésta y la enriquece. A fuerza de tanto reportaje y tanta inquisición terminó siendo un conversador fascinante. Por más que se lo saque de contexto [las cursivas son de Alifano], Borges siempre es genial, siempre es prodigioso. Un escucha sagaz puede notar que, a la vez que contesta toda respuesta muy solemnemente, por lo común toma el pelo muy solemnemente a su interlocutor”.
Es pues una colección de comentarios del mejor escritor y repentista latinoamericano, de manera que uno puede leerla de corrido o a saltos, dejándose llevar por el encabezamiento más sugerente. Nunca en estos años di una opinión general sobre el libro, pero lo mencioné y cité directamente en un artículo titulado “Borges en el futbol”; ahora, en el cumpleaños 117 de Borges, no sobra recomendar El humor de Borges como una de las muchas puertas de entrada, la más risueña, a la lujosa mansión de su obra escrita. La compilación de Alifano me lleva a creer que se trata de un libro importante pese a su ligereza, pues subraya de forma sencilla, nada abstrusa, el talento del inmenso escritor argentino: si así hablaba, si así respondía a cualquier espontánea incitación, ya podemos imaginar cómo se desempeñaba a la hora de escribir.
Es, en suma, un libro que no complica su justificación. Con unas cuantas instantáneas arrancadas de sus páginas basta, creo, para persuadirnos: hay que buscarlo, leerlo y sonreír con sus numerosas pinceladas.
Va un puñado:

La peligrosidad de ser Borges
Borges es acosado por unas señoras en el momento mismo en el que cruzamos la calle.
—¿Usted es Borges, verdad? —pregunta una de ellas.
—Sí —responde el escritor—. Pero si seguimos aquí corro el riesgo de dejar de serlo en cualquier momento.

Posición ética
Hacia mil novecientos cuarenta y tantos Borges integraba la comisión directiva de la Sociedad de Escritores. En una reunión, el poeta Vicente Barbieri clama ante sus compañeros:
—Señores, debemos hacer algo por los jóvenes que se inician en el camino de las letras.
Borges levanta la cabeza y con dos palabras aconseja el procedimiento a seguir:
—Sí, disuadirlos.

Trueque
Aunque es bien sabido que nunca se le concedió el Premio Nobel de Literatura, muchas veces Borges fue propuesto para ese premio. Las propuestas venían de diversas instituciones del mundo. Un señor le informa en la calle que se ha enterado de una de ellas.
—Borges, más de veinte críticos italianos lo proponen a usted como candidato al Nobel para este año.
Y Borges responde con sonrisa maliciosa:
—Bueno, le cambio a esos veinte italianos por un sueco.

Asesino sí, pero ladrón, no
Contaba Borges que un compadrito le contó que había estado preso un par de veces; pero agregó: “Siempre por homicidio, señor, siempre por homicidio”.

Seguridad borgiana
En la Sociedad de Distribuidores de Diarios, Revistas y Afines, le presento a Borges al periodista Enrique Bugatti.
—¿Cómo me dijo que se llamaba usted, señor? —le pregunta Borges.
—Bugatti, como los automóviles —le responde el periodista.
—Ah, encantado, yo soy Borges, como las cajas fuertes.

Plagio
Una tarde, mientras completábamos un artículo que Borges me dictaba para la agencia EFE, cierta urgencia (no literaria), hizo que me disculpara por un minuto. Cuando regresé, Borges me esperaba de pie afirmado en su bastón: “Bueno, el hábito del plagio —me dijo sonriendo—. En este caso será un plagio diurético. Ahora discúlpeme usted por un minuto”. Y se dirigió al baño.

En el trono
En el avión que nos lleva a la ciudad de Santa Fe, donde mantendremos un diálogo público sobre El Quijote, Borges me pregunta si conocí al poeta Pedro Miguel Obligado.
—Lo conocí muy poco, casi no lo traté —le respondo—. Era un excelente poeta.
—Pero sí, tiene poemas magníficos —asiente—. Yo recuerdo de memoria un poema de él  que empieza con estos versos: Es otoño. Estoy solo. Pienso en ti. Caen las ojas… Unos versos realmente espléndidos.
—Coincido con usted, tiene poemas bellísimos; un gran lírico.
—Sí, pero era un hombre raro, poco tratable —comenta Borges—. Le voy a revelar uno de sus hábitos, un hábito un poco escatológico. Resulta que todos los días, a las cinco de la tarde, entraba a la librería Atlántida, de la calle Florida, pedía la llave del baño, tomaba un voluminoso tomo de arte, y se encerraba por un largo tiempo. Cuando algún empleado quería entrar al baño, lo encontraba ocupado, y si golpeaba la puerta, se oía de adentro: Un momento, tenga paciencia, soy Pedro Miguel Obligado”. ¿No le parece raro eso a usted?
Al día siguiente, por la mañana llamo a la habitación  de Borges para bajar a desayunar y no responde. Preocupado le pido a una empleada del hotel que me abra la puerta. Compruebo entonces que Borges está en el baño. Golpeo y desde adentro se oye su voz, intencionalmente grave: “Un momento, tenga paciencia, soy Pedro Miguel Obligado”. Cuando sale, completa la broma diciendo: “Bueno, Alifano, como puede imaginarse estaba ocupando el sitio de Pedro Miguel Obligado”.

Sensatez trasandina
—Borges, esto sin duda habrá de alegrarlo —dice asombrada una joven chilena—. En mi país a usted se lo estudia, se lo lee y se lo reconoce más que en el suyo.
—Bueno, eso puede ser una prueba de que aquí seguramente son más sensatos que en Chile  —responde Borges.

Último comentario: el libro cierra con un texto sobre el sobreseimiento a Alifano luego de que María Kodama lo acusó de “delitos contra la propiedad intelectual” por El humor de Borges. La justicia argentina juzgó que Alifano no incurrió en ningún delito pues “aportó su creatividad individual transcribiendo fragmentos de conversaciones entre ambos, y que en ellas fue co-protagonista y determinador de muchas respuestas a sus preguntas”.

Robo




















La idea del robo se le ocurrió a Prudencio. Éramos cuatro: él —o sea Prudencio—, Archivaldo, Sidartha y yo, José, el único con nombre normal y quizá por eso el único que corrió con otra suerte, aunque sólo momentáneamente. Aquel día estábamos en la esquina sin un peso en la bolsa, y comenzamos a platicar de música. Sidartha fue quien nos alborotó la tentación: “Dentro de dos semanas vienen Los Huracanes de Montemorelos y nosotros sin dinero para ir a verlos”. No teníamos ni para cerveza, y a Sidartha se le ocurría sacar el tema de Los Huracanes. Nos quedamos callados un minuto y de golpe fue Prudencio quien habló: “Tengo una idea para conseguir lana. Está peladito”. Comentó que don Gus dejaba mucho dinero en la caja registradora de su tienda de abarrotes, y que en la noche se quedaba sola. Lo difícil era brincar el muro de atrás, como de cinco metros, desde el terreno baldío, pero ya en el patio era más o menos sencillo entrar a la tienda pues don Gus le había hecho una puertita a su gato. “Si llevamos un serrucho, hacemos un poco más grande la puertita y listo, pasamos arrastrándonos”, dijo Prudencio. Les comenté que yo era un poco más rellenito y que me daba miedo, pero Sidartha dijo que no me preocupara, que yo podía quedarme en el patio para echar aguas. A la noche siguiente, Prudencio llevó una soga gorda y unos guantes de carnaza. Le hicimos varios nudos separados como medio metro uno del otro, para tener mejor agarre, además del gancho de varilla metálica para pescar la soga en la cresta del muro. Esperamos a que se dieran las once y allá fuimos. Todos brincamos limpiecito y sin ruido, aunque yo batallé para subir. Prudencio le dio duro al serrucho y logró ampliar la puertita del gato. Entraron los tres, y yo, como habíamos acordado, me quedé en el patio. Me asomé por la puertita y vi que con la lámpara encendida esculcaban la caja registradora. Entonces se me antojó entrar, pues sentí que si no lo hacía me iban a dar una parte insignificante del botín. Por mala suerte me atoré en la puertita del gato. Cuando estaba luchando por zafarme comenzó a sonar la alarma, y era como una maldita patrulla. Entonces mis amigos, ya con el dinero en una bolsa, me jalaron hacia adentro de la tienda. Luego salieron a rastras, fácil. Yo intenté salir, pero de nuevo me quedé atorado y sólo pude ver a mis amigos como sombras, uno por uno superando el muro. Vi al final que recogían la cuerda, que me abandonaban mientras la sirena de la alarma no paraba de hacer ruido. Esperé entonces la llegada de la policía, de don Gus, y preparé la confesión que de todos modos me iban a sacar por las buenas o por las otras: “Lo planeamos entre cuatro: Prudencio, Archivaldo, Sidartha y yo”.

domingo, agosto 21, 2016

La sinécdoque de Predrag Jekovic
























Futbol y política no son necesariamente sinónimos de deporte y concertación. A veces, con más frecuencia de la deseable, ambas actividades equivalen a violencia, a veces a violencia extrema. Ambos, el futbol y la política, son los temas vertebrales que, paralelos, atraviesan Predrag. Ángel del exterminio, novela corta de Daniel Salinas Basave (Monterrey, 1974).
Este es el primer libro que de él he leído, y no me tiembla el teclado al afirmar que es una grata, gratísima sorpresa. No debería serlo tanto, pues su segundo apellido anuncia de entrada algo: Daniel Salinas es nieto del filósofo y cervantista Agustín Basave Fernández del Valle, y sobrino de Agustín Basave, polítólogo e historiador. Reportero y escritor, Salinas Basave ha publicado libros como Mitos del bicentenario, La liturgia del Tigre Blanco (biografía sobre Jorge Hank Rohn), Vientos de Santa Ana y Dispárenme como a Blancornelas, además de haber ganado premios importantes como el Gilberto Owen, Malcolm Lowry, José Revueltas y Sor Juana Inés de la Cruz.
En Predrag, novela corta que da la impresión de no serlo acaso por la densidad de datos que la informan, accedemos a una especie de relato biográfico narrado en segunda persona, perspectiva que, recordemos, usó Fuentes en la nouvelle Aura o Rulfo en el cuento “Acuérdate”. Ya desde allí, sostenido con solvencia por el autor, ingresamos a su tono peculiar, envolvente: las acciones que realiza Predrag nos pasan rozando porque sentimos que nosotros, como lectores, en realidad somos el propio Predrag respirando el ensangrentado aire balcánico de los noventa.
Cuando nos enteramos de quién es nuestro (aquí el posesivo es casi literal) personaje, ingresamos al infierno encarnado en un solo sujeto: Predrag Jerkovik es un fanático (también esto es literal) del Estrella Roja de Belgrado. Desde niño hasta los veinte años, su único objetivo en la vida consiste en la banalidad de defender los colores de ese equipo hasta donde es posible: asistir al estadio, gritar, emborracharse, fumar mariguana y al final de cada partido tratar de apalear a los aficionados enemigos sobre todo si adhieren al Partizán, sus más enconados rivales. Predrag es un veinteañero alto, blancuzco, feo y absolutamente entregado al ocio. Estamos en los albores de la década de los noventa y Yugoslavia comienza a desgajarse, el nacionalismo serbio, encabezado por Slobodan Milošević, hace de las horrendas suyas y no pasarán sino meses para que los Balcanes se conviertan en un pandemonio en el que sin misericordia lucharán serbios, croatas, eslovenos, bosnioherzegovinos y montenegrinos.
Poco antes de que estalle la guerra yugoslava, un grupo paramilitar ultranacionalista de Serbia detecta y recluta a un aficionado nada tierno del Estrella Roja, precisamente Predrag. El comando, encabezado por Željko Ražnatovi, alias Arkan, ve en las tribunas que el joven tiene talento para la violencia y conjetura que servirá a la perfección en las labores de limpieza étnica que requieren los serbios contra los croatas. Gradualmente, sin que desaparezca por completo el futbol, vemos los avances de Predrag: de ser una bestia en la hinchada del Estrella Roja pasa a convertirse en un asesino con Kaleshnikov y violador difuso al servicio de una causa nacionalista de la que entendía poco o nada, pues su interés se movía hacia otras direcciones: “Estar en guerra significaba descargar. Descargar tu AK-47 y descargar tu pene una y otra vez”.
La conflagración en los Balcanes, lo sabemos, fue una carnicería. La OTAN intervino con bombardeos en Belgrado y algunos años después Milošević fue detenido y llevado a La Haya acusado de crímenes de lesa humanidad. Ya antes Arkan se había enriquecido con botines de guerra y afianzado su liderazgo, aunque estaba impedido de salir de Serbia debido a que también pesaban sobre él acusaciones de genocidio. Predrag pasa entonces a formar parte de su custodia y, con el tiempo, Arkan le encomienda cuidar la espalda de sus hijos y de su esposa, la famosa cantante Svetlana Ražnatović, mejor conocida en la farándula como Ceca, un bombón.
Impresiona en Predrag. Ángel del exterminio, su malicia sinecdóquica: revela el todo por la parte, pues al seguir los turbios pasos de Predrag, al verlo “evolucionar” de don nadie hasta lo que llegó, en el trayecto pasamos sustanciosa revista a uno de los conflictos bélicos más despiadados del siglo XX. Daniel Salinas Basave ha convocado en esta novela, por todo, sus dos principales destrezas: la de reportero que sabe investigar y la de escritor que sabe relatar. A ellas sumemos, por si fuera poco, la de aficionado que sabe subrayar el flanco político, social y mafioso del futbol.

Predrag. Ángel del exterminio, Daniel Salinas Basave, Editorial Artificios (colección En la mira), Mexicali, 2016, 88 pp. Edición de Elba Cortez y Rafael Rodríguez.

sábado, agosto 20, 2016

Placas

















Le decíamos licenciado, pero creo que el licenciado Aguirre no era nada, ni de la secundaria había salido. Era nomás, creo, uno de esos sonrientes, lenguaraces e hiperactivos vividores que logran acomodarse siempre en puestos más o menos importantes sólo porque se levantan más temprano. Ahora, gracias a una supuesta amistad con el alcalde (el propio Aguirre hizo correr el mito de que de niños vivieron en la misma colonia), había conseguido un cargo fantasma: promotor de turismo y tradiciones en el centro histórico. Era una burrada, uno de esos inventos del poder para asignar puestos públicos a las sanguijuelas que colaboraron en la campaña electoral. El sueldo de Aguirre era ridículo, pero de todos modos se trataba de una erogación innecesaria, pues no hacía nada. Para no llamar la atención del periodismo siempre deseoso de jugar a las vencidas contra los jerarcas del municipio, Aguirre diseñó un plan con el cual autojustificarse laboralmente o, como se dice en el argot burocrático, comenzó a hacer como que hacía. Durante una noche diseñó su estrategia y a la mañana siguiente, a primera hora, expedito aunque se tratara de una vacuidad, envió una carpeta al señor alcalde: era su proyecto de promoción turística en el centro histórico. Pasaron varios días y no recibió respuesta. Atribuyó el silencio a las numerosos compromisos del presidente, aunque la verdad su proyecto fue piadosamente arrojado a la basura mucho antes de que llegara a las manos del mero mero. Todo esto lo sé por la secretaria del alcalde, mi novia, con quien crucé información luego de la reunión que los comerciantes del centro tuvimos con “el licenciado” Aguirre. No sé cómo, el parásito nos convocó y no sé por qué acudimos a su llamado. Fuimos como treinta dueños de restaurantes y bares, todos convidados con la idea de fomentar el turismo en nuestra zona de trabajo. Luego de una exposición supuestamente erudita (con datos saqueados de aquí y de allá), Aguirre propuso que para atraer la curiosidad del público debíamos colocar placas metálicas de “estilo sitio histórico”, sin tomar en consideración que dijeran mentiras. “Lo importante es que la gente venga al centro”, dijo, y dio un ejemplo: “Por ejemplo, en un bar podemos colocar una placa que diga ‘En esta casa Francisco Villa preparó su estrategia militar para la toma de Torreón’”, y así. Lo único que debíamos hacer era ponernos de acuerdo para no repetir placas conmemorativas y solicitar a los historiadores de la localidad, previo pago, que acomodaran los datos en un libro turístico adecuado. Por supuesto, la iniciativa no prosperó y el aviador siguió en su puesto. Ignoro si ha concebido mejores estupideces. 

miércoles, agosto 17, 2016

Memoria















Hubo tristeza general en la familia cuando el tío Hernán cayó en coma. Yo también lo lamenté, pues era un tipo muy querido pese a sus excentricidades. En las fiestas hacía bromas, siempre insistía en traer más cerveza cuando se acababa y era bueno para bailar con cuanta tía y sobrina se atravesara en su camino. Su último gran descubrimiento fue el karaoke, aparato que usaba para torturarnos con su repertorio de “boleros de oro”, racimo obsoleto de canciones cuyo tema eje era la desdicha amorosa. Porque el tío Hernán, hay que decirlo, siempre fue muy enamorado. Jamás se casó, pero los que lo conocieron de joven (mi mamá, por ejemplo) dicen que cada mes cambiaba de novia y que en La Laguna no hubo lupanar ajeno a su infatigable escrutinio. Visto así, sólo por encima, parecería un bicho frívolo. En el fondo no lo era, pues tenía un flanco intelectual, por decirlo de algún modo, que lo llevó a formar una biblioteca relativamente bien surtida con unos dos mil títulos entre los que se contaban los tres de poesía que escribió y publicó: Rosas del corazón, Sinsabores del alma y Por la geografía de Venus, todas ediciones de autor impresas con buena voluntad aunque con las patas. Fue mi madre quien me dio la noticia cuando el coma de su hermano ya no tuvo marcha atrás: el tío Hernán, previsor, había escrito una carta con su testamento. Carecía de hijos, así que dejó sus pertenencias a quienes tenía más cerca: sus dos hermanas y algunos sobrinos. Supo que alguna vez publiqué dos inolvidables (por malos) poemas en una revista cultural de la universidad y ya con eso me consideró su “heredero literario”, así que me quedé con todos los libros. Ahorro detalles sobre los títulos y los géneros del material. Sólo me detengo en un libro encuadernado en azul oscuro, como tesis pero escrito a mano. En la portada tiene el nombre de mi tío con ampulosas letras doradas. Las hojas lucen amarillentas, y aunque le entiendo poco a su caligrafía, sé que se trata de una especie de memoria exclusivamente donjuanesca del irrefrenable tío. El libro está dividido en años. Cada uno abarca como veinte páginas y como diez mujeres distintas, o sea, poco menos de una al mes. El estilo es rebuscado, dulzón y a ratos picante, cuando la ocasión lo ameritó. La cronología comienza en abril de 1960 y termina en agosto de 2003, cuando el promedio de conquistas había descendido a tres por año. Tengo la impresión de que el tío Hernán me dejó todos los libros sólo para que yo intente publicar sus impublicables memorias, “el río de placer que conservaré en palabras que serán como trofeos, como rosas encajadas en el jardín de mi recuerdo”, según consignó glucosamente en la página 16.

sábado, agosto 13, 2016

Atletas













Fuimos a competir en los juegos estatales con un equipo de veinte atletas y obtuvimos extraordinarios resultados. Todos, me incluyo, nos habíamos preparado con dificultades y sacrificios pero al fin logramos sacar adelante nuestro entrenamiento. Por eso mismo atravesamos con total facilidad las eliminatorias regionales: de antemano no nos preocupaba pues gozamos de un nivel muy superior en esta zona. Este primer logro coincidió con el cambio de director en el Instituto Deportivo Municipal (IDM). Si antes era complicado conseguir todo lo necesario para los viajes y las competencias, ahora fue peor. Faltaban tres semanas para el viaje, y los atletas no fuimos siquiera recibidos por la autoridad. Nuestra preocupación no estaba tanto en que ese sujeto nos recibiera o no, sino en saber si contaríamos con lo necesario para participar en los estatales. Por medio de un vocero nos comunicaron que todo estaba listo: uniformes, transporte, hotel, comidas, lo mínimo indispensable para participar. Pero llegó el día de la salida y lamentablemente no llegaron los uniformes. Todos nos ajuareamos con los trapos del año pasado y antepasado y ante antepasado, de manera que parecíamos una delegación de carnaval. Al llegar al punto de reunión esperamos durante varias horas el transporte en el que viajaríamos seis horas a la sede de los juegos. Nuestro representante llamó desesperadamente al IDM y luego de no sé cuánto nos enviaron un camión desvencijado, inútil hasta para cargar maíz. Pese a todo, subimos y ya arriba comprobamos que la pasaríamos algo más que mal: el cacharro no traía aire acondicionado y dentro olía a una mezcla peligrosa de diésel y mierda, porque ni el escape ni el baño funcionaban. La tortura en cámara lenta duró nueve horas, tres más que en un camión normal. Llegamos ya de noche, molidos y directo al hotel que nos habían previsto. Para nuestra mala suerte, jamás hubo una reservación, así que nuestro representante llamó al IDM y luego de media hora nos comunicaron que pararíamos en otro hotel. Nos llevaron hacia allá y cuando lo vimos fue inocultable, por las cortinas en cada habitación, que se trataba de un hotel de paso que por eso y por el nombre exaltaba su especialidad, pues se llamaba “Momentos Íntimos” con sórdidas letrotas de neón. Ya no digo lo que pasó a la hora de cenar: tuvimos que salir del hotel y buscar alguna taquería donde nuestro coordinador hizo malabares para que alcanzara el presupuesto con una ingesta inevitablemente grasosa y antideportiva. Al día siguiente competimos e, insisto, nuestros resultados fueron extraordinarios. En todas las disciplinas quedamos entre los últimos lugares. Sólo un atleta, yo, saqué un miserable sexto sitio en salto triple.

miércoles, agosto 10, 2016

Llamadas




















Ya instalados en la reunión del viernes no fue nada difícil que llegáramos a la misma conclusión: había perdido la cordura. Éramos cuatro matrimonios y cada mes organizábamos un encuentro sin duda gratificante. No llevábamos comida lujosa y la bebida no pasaba de la cerveza para los hombres y el vinito tinto de medio pelo para las mujeres, pero esa materia prima daba para pasarla bien con la charla sobre los hijos y la chamba. El tema salió un poco al azar, nada premeditadamente. No nos habíamos reunido para hablar sobre eso, pero sin quererlo el rollo atravesó toda la noche. Las cuatro mujeres habían recibido esa semana una llamada de Virginia, la misteriosa Virginia. Todos en la reunión la conocíamos bien y sabíamos que cuando inauguró su sorpresiva viudez se le agudizaron las muestras de locura. Tal vez no era locura, sino depresión o algo parecido, aunque lo más fácil es etiquetar a alguien de loco cuando su comportamiento se desliza hacia lo que juzgamos, no sin ligereza, como anormal. Virginia iba con su marido a las reuniones, pero desde que lo perdió, apenas tres años después de haberse casado, inició un proceso hasta cierto punto entendible de no arrimarse a nada que le recordara su tragedia. Lo extraño es lo que dijo durante el sepelio: “Yo lo presentí, sabía que iba a morir con una semana de anticipación”. Ya viuda dejó de asistir a las reuniones, aunque de todos modos era convocada a tiempo. Ella sabía, pues, qué día exacto se daba el encuentro mensual, y esa semana no fue la excepción. No asistió, pero hizo algo que dio materia prima para la charla. O sea, toda la noche estuvo presente. De lunes a jueves distribuyó unas llamadas alarmantes: “Hola, Claudia. No te preocupes, ya supe lo que pasó con Luis y estoy contigo, querida amiga”. Por supuesto que a Claudia le estalló el corazón y de inmediato buscó a Luis por el celular. Luego él, en la oficina, le aseguró que no pasaba nada, que tenía mucho trabajo y que ignoraba de dónde había salido lo que dijo Virginia. Y lo mismo en las cuatro llamadas. Todas las mujeres, por supuesto, tras comprobar que no pasaba nada se comunicaron con Virginia para reclamarle la imprudencia; ella se disculpó con un débil argumento: “Lo que pasa es que lo oí en la calle, supe que a Luis le había ocurrido algo grave”. Era imposible comprobar si se trataba de un rumor cierto o inventado por ella, y le exigieron que no volviera a telefonear esos mensajes. Ya estábamos en el resumen de la conversación y hasta reíamos cuando sonó el teléfono de Claudia. Era Virginia: “Disculpa, amiga, por la llamada del martes. A Luis no le pasó nada esta semana, pero cuidado, puede pasarle algo la semana que entra. Cuenta conmigo para lo que se ofrezca”.

domingo, agosto 07, 2016

Hotel Kennedy: cuentos sobre calles destruidas




















Agrupados en la colección En la mira, los cuentos de Hotel Kennedy (Editorial Artificios, 2016), de José Salvador Ruiz Méndez (Mexicali, 1971) constituyen otro bienvenido ejemplo de la fortaleza alcanzada por la actual narrativa negra producida en México, particularmente en el norte del país, y en el caso preciso de este libro, en territorio mexicalense.
Estudioso de la literatura policial vinculada sobre todo al contexto de nuestra frontera norte, Ruiz Méndez ha sabido asimismo construir su propia obra de ficción. Recién, por ejemplo, ganó en Tamaulipas el quinto premio nacional de cuento Rafael Ramírez Heredia con el libro No déis lugar al diablo.
Hotel Kennedy nos coloca en el bajo mundo cachanilla. En algunos de los cuentos caminamos guiados por Dominico Hidalgo Aqueberro, alias el Kótex, policía judicial retirado que luego de servir oficialmente a la justicia —es un decir, así que bien podemos entrecomillar la palabra “justicia”— se dedica a planear asaltos con sujetos de la más turbia calaña. De hipotético origen español, origen exaltado por su acento gachupín y el uso de palabras según él lujosas, el Kótex acondiciona sus andanzas gracias a los conocimientos adquiridos durante su paso por la policía: sin vacilar, sabe con quién, cómo y dónde operar para sacar una raja económica que jamás se le niega.
Otros cuentos no lo incluyen, pero no dejamos de asistir por ello al submundo criminal lleno de apodos, armas, drogas y delincuentes —muchos delincuentes, todos— que ni siquiera parpadean cuando se ven impelidos a matar. José Salvador Ruiz ha procurado, en todos los casos, armar historias que encuadren en el bastidor tradicional del género negro: guardar la sorpresa y dejarla caer en los últimos renglones. En este sentido me parecen ejemplares los cuentos “Nada puede fallar” y “Junkie cop”, articulados con maestría para, en ambas historias, jugar con dos planos narrativos y derivar en vuelcos tan rotundos como lógicos.
Son muchas, pues, las virtudes de los ocho cuentos que componen Hotel Kennedy. Destaco la que ya señalé (el juego con la temporalidad y el latigazo final en cada pieza) y otras no menos atendibles: el detallado conocimiento del territorio ficcionalizado, el denso humor, la pluralidad de torcidos personajes y el haber descubierto que los Oxxos pueden ser elevados a la categoría de teatros donde el hampa, con charola o sin ella, acuerda sus pequeñas y grandes tropelías.

Hotel Kennedy, José Salvador Ruiz, Editorial Artificios (colección En la mira), Mexicali, 2016, 111 pp. Edición de Elba Cortez y Rafael Rodríguez.

sábado, agosto 06, 2016

Pasajero













Cuando comenzaba el viaje de regreso vio que todo tuvo algo de sueño o fue una especie de milagro aunque esta palabra religiosa no se aviniera bien con aquel tipo de aventuras. Había salido de La Laguna sólo movido por la necesidad, acaso interminable, de conseguir unos pesos más para su familia. Ya sumaba dos hijos, y si bien había “cerrado la fábrica” —como se refería a la operación anticonceptiva de su esposa—, sacar adelante los gastos de la casa constituía desde hace varios años un pequeño y habitual infierno. Tal era la razón por la que no daba largas cuando lo llamaban de Chiapas para ofrecer el curso; era un una joda de jodas viajar hasta allá un viernes por la tarde, trabajar casi todo el sábado y regresar el domingo más cansado que un camello luego de cruzar el Sahara, pero eso significaba una entradita nada desdeñable que servía siempre, cómo no, para resolver alguna necesidad de su esposa o de sus hijos, los tres tiburones que sin la menor consideración extinguían cualquier ingreso. Siempre era lo mismo. Llegaba la invitación del curso quince días antes, él aceptaba y de inmediato le enviaban la reservación del vuelo, los detalles del hotel y algún pormenor extra muy afectuosamente comunicado por una secretaria eficaz. Todo era preciso, mecánico, muy de estilo empresarial. E igual, al aterrizar en Chiapas, la recepción de un chofer, el recorrido al hotel y las infalibles muestras de que todo estaba en orden. El sábado, ya en el curso, las seis horas con descanso intermedio —break, le llaman ahora los siervos del inglés—, la foto con el grupo bien hinchado por la camaradería que infundían sus palabras y al final el pago en efectivo, la presa anhelada. Así era siempre, pero aquella vez falló lo última parte del proceso. El pago no estuvo a tiempo y lo agarró sin un peso en las arcas, ni uno. El problema era el trasbordo en la capital, las ocho horas de espera en el DF y sin nada para hotel. Allí se dio el milagro: la vecina de asiento era conversadora y él se hizo el canchero, un hombre de mundo aunque no trajera un chicle en la bolsa. Pronto, entre insinuaciones ambiguas de los dos, ella lo convidó a no pasar solo la noche en un hotel, y lo convidó a su casa de Polanco. Era funcionaria pública, no muy agraciada pero de hermoso corazón, tan hermoso que a la mañana siguiente, con la serena alegría de quien se sabe solvente y desintersado, le preparó café, fruta, panecito con mantequilla y lo mandó al aeropuerto con un taxista de confianza. Poco antes, con ella todavía en bata de dormir teóricamente sexy, se intercambiaron teléfonos por si volvía a ofrecerse. Pero eso no ocurrió. En Tuxtla ya nunca fueron impuntuales con el pago.

miércoles, agosto 03, 2016

Ventanal




















No sabe que la veo, pero la veo. Veo que escribe. Ya no estoy con ella ni con nadie, morí hace tres semanas y todavía no me acostumbro a la nueva vida, es decir, a la muerte. Es menos triste de lo que imaginaba, aunque tiene su costado aburrido. De hecho no sé si todas las muertes son iguales. Me refiero, claro, no tanto a las muertes sino a las trascendencias, es decir, a que no sé si del otro lado de la vida todos los muertos estamos igual. Supongo que sí, pero no lo sé con total certeza porque permanecemos incomunicados. En mi experiencia siento que gradualmente me desvanezco y pierdo toda conexión con el otro lado, con la vida. Es como quedarse son WiFi, como no poder abrir una página. Pero luego, también de golpe, la señal renace y aparece una realidad determinada. Así, sin que yo sepa cuánto tiempo pasa, he visto a mi madre en su cama, a mis hermanos en su trabajo, a mis mejores amigos en la cantina, a mi más antigua novia preparando la comida de sus hijos. Es como un premio. Sospeché que sólo tenía derecho a ver los movimientos de las personas que quise. Después noté que eso no era correcto, que más bien me aparecía ante las personas que me quisieron o que todavía me quieren. Poco más adelante conjeturé mejor la situación: me aparezco ante una escena en la que soy invocado con amor, al menos con genuino afecto. Yo estoy tranquilo, en la oscuridad, en la nada eterna, digamos, y de repente, como en una disolvencia cinematográfica, veo que aparece algo, un cacho de realidad sin sonido. En esa escena está alguien que me quiere y me está pensando con una dosis alta de fervor. Así he visto a mi madre en su cama de enferma, pensándome, llorando hacia adentro su nostalgia de mi presencia física. Así he visto a mis hermanos riendo al recordar alguno de mis chistes. Así veo ahora, en este momento, a mi hija recordando que fue conmigo con quien conoció el DF, donde ahora estudia. Es cierto, ella alguna vez me dijo que de vez en cuando visitaba esa calle, la Simón Bolívar, en el centro histórico, y comía en la Parrilla Leonesa junto al ventanal que da a la calle sólo porque allí comimos en su primer viaje a la capital. “Eso me lleva a recordarte”, me dijo. Y sí, ahora está allí, recordándome con el inacabable amor que me tiene. Ha terminado de comer, tiene ya un café a la mano y, al lado, Final del juego, de Cortázar. En el cuadernito Moleskine que le regalé hace cinco años anota algo. Me acerco a ella, atravieso el ventanal levemente salpicado por la lluvia y me inclino ante la mesa. Veo su mano preciosa, veo hacia un lado, en su hombro, todo su pelo, y veo después sus palabras, las leo y dice “No sabe que la veo, pero la veo. Veo que escribe…”.

martes, agosto 02, 2016

Elogio del cuartaforrista




















Algún día alguien, quien sea, incluso yo, debe dedicar unos párrafos a ponderar el valor de las cuartas de forros o contratapas (esa parte de los libros que los lectores de a pie suelen llamar "contraportadas"). Sin darme cuenta, sin valorar lo suficiente su gravitación en mi entusiasmo, he leído contratapas tan buenas que de inmediato me han llevado a comprar o a leer el libro. Por supuesto no han sido pocas las ocasiones en las que, luego de conocer el contenido del libro, las palabras de "la cuarta" se antojan excesivas, lo que de ninguna manera le resta mérito al autor, generalmente anónimo, de esos breves textos, pues él hizo su chamba al persuadirnos.
Aunque no lo creamos, tal jale supone cierto grado de especialización. Esto significa que no cualquiera que se sienta buen escritor tiene en automático las aptitudes para escribir buenas contratapas. Quien se anime a abrazar el oficio, creo, debe tener buena prosa, capacidad de síntesis, poder de convencimiento y, lo más importante, malicia para elogiar sin parecer lambiscón, pues es obvio que estos textos deben ponerse al servicio del libro, pero es recomendable, por obvio buen gusto, que no se excedan en azucarados elogios o lluvias de confeti.
Hay libros que no tienen nada en la contratapa o cuando mucho exhiben, hoy, el código de barras. Otros contienen allí la semblanza del autor, una pequeña cita textual del contenido o algunas palabras de reseñistas (del New York Times, El País, Reforma o La Gaceta de Parácuaro…) sobre las virtudes ya observadas en el autor. Algunos libros combinan todo esto y otros añaden lo que aquí estoy tratando de considerar: las palabras bien escritas de un cuartaforrista a sueldo. La prueba de que es bueno, lo reitero, radica en que logre entusiasmar, en que nos urja sutilmente a ingresar en las páginas.
No lo había pensado, pero lo pienso ahora: mi respeto a los escritores de contratapas que seguramente por unos cuantos pesos (o dólares o libras esterlinas o maravedíes de supervivencia) nos convidan con elegancia, sin apapachos desmedidos, a leer. Su firma jamás figura en los libros, nadie los toma en cuenta, pero ellos beben el trago acérrimo de escribir contratapas con las que incluso no necesariamente deben estar de acuerdo. Pese a todo eso, allí andan rodando en el mundo editorial, solos y olvidados, cuidando en casa, tal vez entre apuros alimenticios, que queden impecables unos renglones puestos a vivir sin huella digital.

sábado, julio 30, 2016

Burritos














Desde hace quince años se veían una vez a la semana sin mayor motivo, sólo movidos por la necesidad de chingarse unas cervezas y platicar de los temas que al azar fueran saliendo. Habían estudiado juntos la carrera y ese dato generacional se repetía más o menos, simétricamente, en sus biografías: ambos se dedicaron al pequeño comercio, ambos se habían casado jóvenes, ambos tenían dos hijos, ambos leían revistas de política sólo para maldecir a los políticos, ambos gustaban de platicarse —sin ahorro de detalles— lances con mujeres que mezclaban la verdad con la mentira y ambos, para colmo, se llamaban igual: Raúl. Eran pues buenos amigos, de ésos que no se guardan secretos y podrían parecer algo gemelos. Por eso la conversación en la cantina a veces era innecesaria: se sabían todo y como había semanas sin novedad en el trabajo, en la familia o en las supuestas andanzas con mujeres terminaban bebiendo Tecates en silencio, sin algo más o menos interesante para comentar. Un martes cualquiera, Raúl uno recordó un asunto: Ayer recibí un embarque nuevo de productos, lo estaba descargando en el negocio y allí cerca vi la escena del vendedor de burritos que desde hacía meses tomó la esquina para vender. Llegó un hombre como de treinta y cinco con un adolescente, a comprar. El adulto pidió cuatro, pero le faltaban tres pesos y dijo al burrero que si después se los pagaba, porque deseaba dos para él y dos para su hijo, pues habían salido hace tres días de Guanajuato, que iban a Juárez y casi no habían comido. El burrero se negó, dijo que sólo alcanzaba para tres. En eso intervine, le dije al burrero que le diera el cuarto burro, que yo pagaba la diferencia. Ya con la comida en la mano, el hombre y su hijo se acercaron y me dieron las gracias con demasiada insistencia. El padre añadió, sumiso, casi servil, que si me ayudaba a descargar, que si lavaba la camioneta, que si barría la calle. Le dije que no, que comiera y siguiera su rumbo, que nada debía agradecer, que lo había ayudado con mucho gusto pues era una injusticia que no tuviera para los cuatro burritos que necesitaba. Raúl dos conocía muy bien a Raúl uno y vio que, como en otras ocasiones, quería lucir su espíritu caritativo, y como sabía que el enojo era imposible entre ambos, lo ubicó. Lo injusto no es, le dijo, que el padre no pudiera comprar eso. Lo injusto es que ese hombre no estuviera en su casa, lo injusto era que no tuviera trabajo, lo injusto era que ese joven no estuviera en su escuela, lo injusto era que ambos se sintieran obligados a agradecer algo que debían tener completo tres veces al día sin necesidad de humillaciones ni Raúles cómodamente apiadados.

Bajo la tormenta













Publiqué esto en el Facebook, pero quiero conservarlo también en este espacio:

Tras el diluvio de anoche todos o casi todos en La Laguna podemos contar algo. Recomiendo, por ejemplo, los comentarios que han escrito Marcela Pámanes y Eduardo Sanromán, ambos periodistas de la región. Yo también tengo una historia. Duró como cinco horas. Como a las siete y pelos me preparaba para pasar por mis hijas con el fin de pasear. Por Whatsapp les comuniqué que esperaran, pues una gorda nube negra se veía en camino, aterradora. Por un momento pensé (seguramente pensamos muchos) que llovería como suele llover en La Laguna: un salivazo de quince o veinte minutos. Poco después se nos vino encima el apocalipsis now e, inevitablemente, escribí a mis hijas que se suspendía el paseo. Vivo en un espacio acogedor, con departamentitos antiguos, y a veces, cuando he estado de viaje y llueve fuerte, mis vecinos han desahogado el agua que se acumula en mi patio. Ahora me tocó a mí: varios de mis vecinos estaban de viaje, así que ante la lluvia brutal de inmediato me calcé unos huaraches, un short y una gorra de pelotero, tomé la escoba y a madres comencé a despejar el pasillo que hace alberca y puede inundar las habitaciones. Una hora o más de diluvio me obligó a no parar, a barrer como poseído por el demonio. A medio jale llamé a mis hijas para preguntar cómo estaban. Me comunicaron que bien, pero también que había humedad en ciertas zonas interiores de su casa. Sospeché. Al final, luego del desastre, escampó, esperé treinta minutos ahora secando un charquito que se coló a mi depa, y entonces tomé el coche para revisar los estragos en casa de mis hijas. La distancia es corta, pero al conducir por la Colón llegué a la altura de la Bravo y había una laguna pavorosa, como de medio metro de alto. Traté de pasarla, pero como mi coche es bajo de inmediato dio muestras de que estaba valiendo madre, así que muy apenas pude recular y a punta de tirones regresé. Era imprudente no ir a casa de mis hijas, así que decidí hacerlo a pie. Me puse ahora los tenis y desempaqué una sudadera, pues seguía cayendo una especie de garúa helada. Caminé entonces por la ciudad, eran como las once de la noche y anduve encima de los estropicios. Pasé caminando bíblicamente por las aguas, sin importarme nada, y vi bares que esperaban un viernes de reventón y no tenían ni moscas. Al atravesar el bulevar Independencia, un océano, esperé mi rojo y de todos modos un imbécil fresa con Jetta del año casi me atropella. Le grité "¡cuidado, hijo de puta, está en rojo!", y seguí mi camino a agua (no a campo) traviesa. Al llegar a casa de mis hijas subí a la azotea, en efecto destapé canales de desagüe que por la obstrucción de hojas formaba albercas aéreas. Una hora después estaba todo despejado y regresé por la misma ruta acuática a mi depa. Vi incluso soldados en camionetas con la leyenda "Plan DN II". Era ya la medianoche, tenía sed y hambre, y no había nada en la calle para comer. En el Oxxo compré algo de chatarra y ya en mi refugio sin luz, alumbrado con una vela, me di un baño con énfasis en el aseo de las patas. Yo sabía a esa hora que la ciudad estaba muy golpeada, y que eso será inevitable cada vez que llueva así. A estas alturas de nuestra historia es imposible una inversión para mejorar el drenaje pluvial. Sería mucho dinero, demasiada tentación para los expertos en tirar rollo, sólo rollo.

miércoles, julio 27, 2016

Helicóptero











Nos dijeron que veríamos al presidente de la República, y fue inolvidable. Todo comenzó cuando el problema se puso profundamente grave y en asamblea decidimos organizar las protestas. Lo primero fue el bloqueo: tapamos durante varias horas la carretera de paso hacia Torreón y eso no sólo nos arrimó a la prensa, sino al delegado federal con el que dialogamos durante dos horas. Prometió solución en menos de una semana, de manera que levantamos el bloqueo y esperamos la respuesta. La semana pasó, claro, y el delegado no dio trazas de haber conseguido nada. Lo localizamos por teléfono y nos pidió una semana más de margen: “Estoy en México, no es fácil contactar al señor secretario, comprendan, estoy en eso, les suplico una semana más”. Volvimos a convocar una asamblea y acordamos conceder la semana extra. El problema seguía, pero tampoco quisimos pasar por intransigentes, así que era mejor esperar otro tanto. La semana casi terminaba y el delegado se nos adelantó con un telefonazo desde la capital: “Sé que tal vez les parezca poco, pero ya tengo cita con el señor secretario. Es dentro de quince días, conviene que esperen”. Para saber si esperábamos o no fue convocada otra asamblea. Los más acelerados recomendaron, no sin mentadas de madre al delegado, otro bloqueo, y los más sensatos, entre los que me contaba, propusimos calma, pues ya estábamos casi ante las puertas de la Secretaría. La votación nos favoreció, por suerte, y dejamos pasar esa quincena. El día llegó y la respuesta del secretario fue que esperáramos hasta fin de año, fecha en la que se calcularía el nuevo presupuesto. Estallamos. Organizamos un nuevo bloqueo y hasta quemamos llantas para añadir drama a las fotos periodísticas de la protesta. El delegado llegó entonces con una noticia espléndida: el presidente, dijo, nos recibiría en su rancho de Nuevo León. Según esto había hablado con él. Organizamos una comitiva y en troca salimos tres comisionados rumbo a Saltillo. Allí nos recibió el delegado y esperamos varias horas sin saber en qué momento nos encontraríamos con el presidente. Ya comenzábamos a impacientarnos y amenazamos con regresar cuando el delegado nos llevó hasta donde estaba un helicóptero: “Los dejará en el rancho del señor presidente”, dijo. Subimos emocionados y nerviosos. Al llegar, bajamos y nos recibió un licenciado fino y falsamente amable. Nos dijo que el señor presidente vería nuestro caso, que le dejáramos algún papel, y nos retacharon otra vez por aire. Han pasado cinco años. El presidente, a quien jamás vimos, ya es ex presidente y nuestro problema sigue intacto. Pero volamos tres en helicóptero, eso es lo inolvidable.

martes, julio 26, 2016

Marcial sobre Ruta Norte Laguna




















El escritor y editor Marciál Fernández publicó este cebollazo sobre Ruta Norte en su columna de El Economista (17 de julio de 2016). Lo reproduzco aquí con impudicia y reiterado agradecimiento:

Ruta Norte Laguna

Marcial Fernández

Jaime Muñoz Vargas (Gómez Palacio, Durango, 1964) es un autor todo terreno. Lo mismo escribe poesía que novela, microficción que periodismo, ensayo que biografía, etcétera, y su cuentística se caracteriza por ser una de la más interesantes y variadas de México.
Hará cosa de seis o siete años Vicente Alfonso me recomendó para publicar a un autor del norte, amigo suyo, del que decía maravillas. Le respondí que me interesaba conocer su obra y me mandó un libro inédito que, por exceso de trabajo, se fue al final de la lista de maquinescritos por dictaminar.
Un año después, Chema Espinasa, editor de Ediciones sin Nombre, me regaló Leyenda Morgan (cinco casos de sensacional policiaco), de Jaime Muñoz Vargas, quien con dicho trabajo había ganado el Premio Nacional de Cuentos San Luis Potosí, y, de pronto, me vi escribiendo y publicando que tal libro invitaba a pensar en un autor con un estilo definido, un cuentista duro, directo y que no da pie a dobles lecturas.
Agregaba: las historias que cuenta, en las que el antihéroe es un policía judicial de nombre Primitivo Machuca Morales, Teniente Morgan, se antojan como una radiografía de la vida delincuencial y de los bajos fondos en una ciudad del interior de México, ello en una época apenas anterior a la guerra que Felipe Calderón iniciara contra el crimen organizado.
Concluía: muy bien escrito —caso raro en estos tiempos en el que todo se justifica gracias a un posmodernismo trasnochado—, los cuentos de Leyenda Morgan contienen el ingrediente más valorado del género negro: mantener la tensión en la trama, esa intriga que poco a poco va creciendo hasta formular un remate que, por lo general, es sorpresivo, y lo es no por una vuelta de tuerca en cada uno de los relatos, sino por la misma coherencia interna de los personajes que participan en tal o cual asesinato.
Una vez publicada la reseña, me encontré a Vicente Alfonso, quien me comentó que el tal Jaime Muñoz Vargas que tanto me había gustado era el mismo cuentista que me recomendó un año atrás y cuyo inédito yo aún no leía. Me adentré entonces en Las manos del tahúr, cuyo registro literario es absolutamente distinto a Leyenda Morgan, pero, como éste, sus cuentos son contundentes y el supuesto azar es guiado por un intelecto fiero, cruel, nada complaciente y certero en cuanto a sus finales.
Tras la lectura, me puse en contacto con Jaime y el libro salió publicado en poco tiempo, primero, en soporte de papel y, después, en formato de e-book. Pero por una razón u otra nunca lo presentamos. Es más, apenas conocí personalmente a su autor hace dos años, en un festival de literatura de Durango en el que coincidimos. Y no, tampoco nos volvimos grandes amigos, apenas si charlamos para hacernos una foto y subirla a Facebook.
Desde entonces, sin embargo, me volví lector de cuanto escribía en su blog, Ruta Norte Laguna, que en estos días celebra una década de existencia y en el que recientemente Jaime publica de manera semanal un cuento de un solo párrafo con un alarde de técnica asombrosa, de ésa que es invisible para los lectores que sólo disfrutan lo bien contado de cada cuento.
Busquen y lean alguno de sus libros o su blog, no se arrepentirán.

Nota: la foto que adereza el post me la tomó mi hija mayor en una calle de Buenos Aires (agosto de 2011). Aunque lo parezcan, las botellas no eran mías.