sábado, octubre 22, 2016

Tijera
















El viernes a las cinco salí corriendo de la oficina, llegué a casa y en la maleta arrojé todo lo que pude para sobrevivir el fin de semana en Guadalajara. La inauguración de la nueva sucursal estaba programada para las nueve del sábado, demasiado temprano. Corrí al aeropuerto con la maleta hecha a las prisas, es verdad, pero procuré que el traje se conservara intacto en su estuche para no dar arrugadas lástimas al día siguiente. Al aterrizar no fue necesario ir a la banda, así que corrí a tomar el taxi que me llevaría al hotel. Hasta ese momento no había pensado en mi pelo con serenidad. Me lo toqué: sentí la cabezota de león, la greña de dos meses abultada sobre mi cráneo. La inauguración iba a ser cosa elegante, con muchas edecanes y mucho niñote fresa sonriendo ante las cámaras. Me iba a sentir mal, lo sabía, pues me desagrada hasta la depresión andar como palmera. Siempre me asombraron esos tipos que pueden usar el pelo largo y les sienta a modo, pero yo tengo de esas cabelleras y esas cabezas que sin poda no están “de verse”, como dice mi padre. El caso es que eran como las diez de la noche e iba en el taxi ya resignado a mi jodido look, cuando se dio una aparición maravillosa: vi abierta una peluquería. Estaba en una especie de barrio, y le ordené al taxista que de inmediato diera vuelta a la manzana. Bajé con mis maletas y entré: un joven con filipina blanca leía un tabloide amarillista en el sillón de peluquero. Pregunté que si había servicio y afirmó. Me senté y el joven comenzó a quitarse la filipina. Luego salió un anciano de una puerta sólo cubierta con un trapo. El viejo recibió un beso en la frente y el joven se marchó. Supuse que era su hijo. El viejo me colocó el mandil, preguntó “cómo”, dije “cortito, escolar”, y comenzó la operación. Noté con alarma que sus manos temblaban, que la tijera atacaba como avión de combate al lado de mis sienes. Pensé en el papelón del día siguiente: llegar trasquilado a la ceremonia. Quise huir, pero no supe cómo hacerlo, así que me resigné al desastre. A tijeretazos temblorosos, sin decir una sola palabra, el viejo terminó su labor. Cuando al fin estuve en el baño del hotel, sonreí: quedé como me gusta, mejor que nunca.