miércoles, mayo 04, 2016

Fosfo




















Sobre la acera, del otro lado del ventanal pringoso de esta fonda hedionda a consomé del más inmundo, la joven de blusa fosforescente se pasea con el celular clavado en la oreja. Mueve las manos un poco airada, como si su interlocutor pudiera ver los aspavientos. Así hablamos por teléfono cuando estamos muy molestos, pienso. La chica camina a izquierda y a derecha sin salir del área que permite verla en el rectángulo de la ventana. Como en una pecera, pienso. Lo más notorio es la blusa fosfo, cierto, pero debajo hay una minifalda y unas piernas espectaculares y bien entaconadas. Puedo verla impunemente, pues no hay clientes en el restaurante y las señoras de la cocina parlotean entre los cacerolazos y el ruido del televisor. Terminé mi comida y apareció la joven fosfo, así que decidí marear la Coca para disfrutar el show. Se supone que no debo perder más tiempo en la comida, que estoy amenazado. “Mire, Hernández, si vuelve a faltar o a llegar tarde, vamos a tener que echarlo”, me dijo el supervisor apenas ayer. Y sí, ya debía muchas. He estado faltando porque todo se hizo bolas. Para pagar unas cosas de la casa pedí un préstamo en el trabajo. Luego no pude pagar el préstamo y tuve que buscar más chamba en otro lado. El nuevo empleo me jaló tanto que descuidé el más importante, y así pasó el tiempo y todo comenzó a crecer hasta terminar en lo que ando por estos meses: un desastre en el que debo hasta lo que no he comido. Cuando uno anda así, claro, salta a la cabeza la idea de huir. Por un raro mecanismo de la conciencia uno piensa que en algún sitio lejano está la oportunidad, la salvación, y sueña como tonto y en el sueño todo funciona a la perfección: se da el viaje, se localiza la oportunidad y en quince días cae el primer sueldo curativo. Pero la realidad respira de otra forma. Uno sabe que moverse de una posición mala pero estable es peligroso, pues puede caer en una posición pésima e inestable. El caso es que terminé comiendo puros platos de supervivencia, guisos de mierda en fondas de octava. Y hoy, mientras me metía a las tripas un arroz y otro platillo elaborado con ingredientes muy parecidos a la carne, apareció la nena fosfo y por un momento me hizo olvidar la situación. La joven no ha podido verme, y luego de varios minutos mira la pantalla de su celular. Titubea, como si se le hubiera acabado la pila o el crédito, no sé. Luego camina hacia la puerta de la fonda, me ve y viene hacia mí con cara de que pedirá un favor. Sé que no podré ayudarla, que diré no a lo que solicite —¿dinero, mi celular?—, pero al menos me dejará el recuerdo de que vi cerquita algo lindo en todos estos asquerosos días.