sábado, abril 30, 2016

Prima
















Día del niño... Alondra. Bajamos de un ómnibus en la carretera federal. Una lluvia apenas lluvia nos recibió en el exterior y comenzamos a caminar bajo aquel chipichipi no molesto, más bien grato en la cara del niño que era yo en aquel momento. ¿Cuántos años tenía? siete, ocho a lo mucho o por ahí. No más, seguro. Mi padre tomaba de la mano al niño y en la otra llevaba una maletita de vinil color café, de ésas que tenían dos correas con hebillas demasiado grandes. La escena es algo fílmica al menos en mi mente: el adulto y el niño caminan durante aquella tarde muy nublada y algo fría. Frente a ellos hay una arboleda que forma un largo callejón. El niño no sabe por qué viaja con su padre, por qué lo eligió a él entre todos sus hermanos. En su mano siente la palma firme de su padre, su brazo rígido, y eso le comunica seguridad. Siguen avanzando y lo único que el niño recuerda son árboles, muchos árboles al lado de una carretera lavada por la garúa. Es la primera vez que el niño viaja solo con su padre. No recuerda, de hecho, otros viajes. Este es el primero y a la larga será el último. Aunque se trata de una tarde gris, en su interior hay sol, una alegría total: está viajando con su padre. Llegan a Aguascalientes, a una ciudad que se llama Pabellón. No sabe a qué asunto van. El pequeño es muy pequeño y su padre no le informa gran cosa. Sólo sabe que desde Torreón viajaron en un ómnibus y ahora están lejos, caminando en una especie de avenida con muchos árboles al lado. Entran a la ciudad, caminan algunas cuadras. Su padre ha mirado un papelito varias veces antes, de seguro donde anotó la dirección. Luego de mucho tiempo tocan a la puerta de una casa. Abre una señora canosa y se abraza con papá. “Es tu tía”, dice el padre al niño y la mujer se inclina para darle un beso en la frente. Entran a la casa. La señora grita y salen tres mujeres jóvenes, adolescentes o poco más. Ellas festejan la llegada del pequeño, un primo al que no conocían. Le dicen que es 30 de abril, día del niño. Lo llevan a la mesa de un comedor y le sirven galletas, dulce de coco y leche, y le acomodan el pelo, ríen con él, les parece muy simpático. En la sala, la tía entrega unos papeles amarillos al visitante. No tanto después, todos se disponen a dormir. El niño es disputado y pasará la noche con Alondra, la mayor de la primas. El padre tendrá una cama en la habitación de las visitas. Durante la madrugada —recuerda el niño y por ese recuerdo recuerda todo el viaje— oye en varios momentos la respiración de su prima y pese a la débil luz del cuarto mira de reojo, hipnotizado, el subir y bajar de la sábana sobre un imborrable pecho femenino.

miércoles, abril 27, 2016

Andrajo















El trabajo le dejaba poco margen para los libros. Por eso leyó “Wakefield” a brinquitos, en siete días. Al terminarlo no supo si lo leyó así, en módicos abonos, porque así leía todo o porque le iba gustando tanto que no quiso terminarlo de golpe. Daba lo mismo, el cuento había llegado a su desembocadura y al final le produjo una suerte de iluminación. ¿Qué seguía? Nada, no seguía nada, o más bien seguía la Nada. Mañana sería lunes, día de trabajo. Recordó su agenda: estaba recargada de asuntos impostergables. Y de este lado la familia, y de aquel otro las numerosas deudas para mantener a flote el barco de las apariencias. En veinte años se le habían ido cuarenta, una vida casi, en las miserias habituales de todo mundo: hacer todo a la misma hora, relajarse los mismos escasos días, mantenerse sometido a la presión de un calendario implacable, lleno de plazos perentorios para pagar, sobre todo para pagar, pagar. Wakefield era pues el último empujón. Tomó una pequeña maleta y la hizo con lo básico: el cepillo de dientes, la máquina de afeitar, un desodorante, una gorra de pelotero ya descolorida; se arrepintió inmediatamente después de haber cargado eso. Iba a guardar el peine con el que aplacaba las tres hebras que le quedaban de pelo, pero detuvo el movimiento. Se echó una camisa encima, metió los pies en unos tenis y tomó la calle con las manos vacías. Pasó junto a una tiendita y quiso comprar algo; notó sin alarma que había olvidado la billetera. Así estaba bien. Enrumbó hacia cualquier dirección y comenzó a recorrer calles y calles sin temor a extraviarse, pues era lo que ahora buscaba, perderse en el laberinto y jamás salir de allí. Por un momento pensó en sus actos; no sabía en qué punto había quedado el límite que separaba su antigua vida de la que ahora comenzaba. Sabía, eso sí, que el detonante no había sido el cuento de Hawthorne, sino algo más profundo y lejano. Siempre vio a los parias, a los vagabundos, con una especie de secreta fascinación, con una envidia sofocada a fuerza de miedo: en otros tiempos lo aterraba saber que dentro, en su alma titubeante, se movía un impulso poderoso y capaz de forzar la emulación. No sabía si era capaz de imitarlos, pero ahora ya estaba en el camino, quería ser uno más, un sujeto sin rostro, un ser envuelto en la indiferente mugre que la calle obsequia a quienes la eligen por hogar. Durante algunas semanas de renuncia quedaría, como ellos, irreconocible y comiendo de los basureros, ajeno por completo al asco, sin dolor, sin odio, sin moraleja, invisible al engranaje bajo un túmulo de andrajos. Y soñó, soñó con ese triunfo.

sábado, abril 23, 2016

Adolescencia












Ayer me topé de casualidad con Joana en la plaza Margaritas, a la que jamás había ido. Yo leía en una banquita blanca de hierro forjado y sin duda me exponía a los cagadazos de los pájaros, pero el clima estaba ad hoc y no había un motivo de peso para alejarme de ese sabroso microambiente. Lo malo del lugar, más que la abundancia de aves, era que pasaban muchas personas ajuareadas con trapos deportivos, sobre todo adultos ya medio entrados en años que, como yo, seguramente se defendían de algún achaque y acataban la prescripción médica de caminar. Yo no caminaba, o caminaba muy poco, pero al menos me hacía a la idea de agarrar aire limpio mientras leía, en este caso, un ensayo sobre novela latinoamericana. En una de ésas pasó Joana. La vi venir de lejos, cuando entró al pasillo disponible para los andarines. Era imposible no verla, pues vestía una blusa fosforescente, untada al cuerpo, y una gorra del mismo color. Pensé que era una joven, por el cuerpazo, pero ya cerca vi que no. Ella fue la que me reconoció. “¡Miguelito!”, dijo mientras se acercaba con los brazos abiertos, listos para que me pusiera de pie y le correspondiera. Olía a un perfume delicioso y al apretarla contra mí noté que su estructura estaba firme, como si tuviera veinte años y no cuarenta y tantos. “¿Qué haciendo por acá, amiguín’”, fue lo primero que dijo luego del abrazo. “Nada, amiga, vine a tomar aire limpio y a leer”. Joana comenzó el elogio de los viejos tiempos. “Tú siempre tan clavado, Miguelito. Jamás te has separado de los libros. ¿Sigues en tus clases? Qué has hecho de tu vida, cuenta”. Mi resumen fue el de siempre: nada, lo mismo, clases de literatura en la prepa y ya, y todavía soltero jajajaja. Mi babotas jajajaja fue secundado por el de Joana, quien no esperó pregunta para informarme que igual ella, siempre en lo mismo: atenta a su marido, a sus dos hijos y en los ratos libres muchisísimo ejercicio. Me enteró también que Óscar, su marido, seguía con su clan de motociclistas, que además estaba clavado en la práctica de la cacería y que ella lo acompañaba de vez en cuando a disparar. “No sabes lo que significa ese reto”, dijo. En un ratito se nos habían acabado los temas y se despidió con otro abrazo y un beso de mejillas, con las bocas muy lejanas. Joana se veía espléndida. Y pensar que alguna vez, hace mil años, intenté hacerla mi novia. Dijo que no, obvio. Poco tiempo después encontró al que fue su marido, un tipo al que seguían gustándole las motos y se vestía de negro, con parches de calaveras y letras góticas para parecer chico malo. Ahora también le apasionaba la cacería. Cómo no iba a perder a Joana, pensé. Ella eligió vivir una eterna adolescencia.

miércoles, abril 20, 2016

Reclamo
















“Es una ficción, nada de lo que escribí allí es cierto, yo suelo inventar”, le dije. El tipo parecía todo, menos un blandengue. No sé cómo había dado con mis huesos, el caso es que me cayó en el café al que suelo asistir algunas tardes, al ladito de la alameda. Estaba yo muy concentrado en la revisión de mi columna cuando me tocó el hombro con un índice más o menos imperioso. “¿Es usted Jaime?” Levanté la cabeza y en los ojos le noté la decisión. No estaba enfurecido, ciertamente, pero me miraba como con ganas de estarlo, es decir, directamente, con una vaga chispa de amenaza congelada en las pupilas. Respondí que sí. “¿Muñoz?”, agregó. Afirmé con la cabeza, y entonces el tipo empujó una silla con el pie y tomó asiento. Me molestó que hiciera eso, pero ya no alcancé a decir nada porque comenzó de inmediato su reclamo. “Mire, Muñoz, yo no lo conozco ni me importa, pero el fin de semana pasado me habló un amigo para comentarme algo: que usted se ha burlado de mí en el periódico. Al principio no entendí bien de qué se trataba, pero él me explicó y hasta me leyó el escrito. En su publicación hay un tipo que desea abrir en La Laguna un restaurant-bar para pura gente triste, pero según usted él es un fracasado, un bueno para nada que se acercó a un posible socio sólo para tumbarle el capital de arranque. Usted dice que el proyecto es una estupidez, así dice, textual, una estupidez, y no estoy dispuesto a tolerar esa ofensa…”. En ese momento, cuando ya se había puesto bravo, sentí la urgencia de atajarlo: “Es una ficción, nada de lo que escribí allí es cierto, yo suelo inventar”. No sirvió de nada. Al contrario, se cruzó de brazos con pose de Maestro Limpio, echó un poco la cabeza para atrás como para mirarme con escepticismo, y reanudó el ataque: “¿Quiere que le diga por qué digo que usted se está burlando de mí? Mire, ahí le va. Yo me apellido Orozco, y usted me lo cambió por Olmedo; quien me platicó todo fue Felipe, mi socio. ¿Sabe cómo se llama la novia de mi socio? ¿No adivina? Bueno, pues Mireya, a ella le dejó el mismo nombre, ese fue el error que usted cometió. ¿Soy o no soy el Olmedo del escrito? ¿Cree que soy tonto?”. Quedé acorralado: Orozco en realidad era el Olmedo del primer relato, y no me quedó más opción que disculparme: “Mire, Orozco, no quise ofenderlo, de veras. Le ruego me perdone… pero entienda por favor que se trató de una ficción, que Olmedo no existe, que Mireya es puro cuento, que el restaurante-bar es una estúpida mentira, una mentira tan grande como usted, Orozco, que tampoco existe y en este punto final pasa a convertirse en personaje muerto. Hasta nunca”.

martes, abril 19, 2016

Sombras de Javier Solís














Quizá es uno de mis recuerdos más lejanos. Supongo que data de 1967 o 68, cuando yo tenía cuatro años. En él me veo tomado de la mano de mi madre o de mi padre o de los dos, eso no alcanzo a precisarlo. Caminamos media cuadra por la avenida Madero de Gómez Palacio, donde vivíamos, y damos vuelta hacia la calle Mártires. Hay en ese tramo una pequeña fonda, quizá una taquería, y del interior de alguna casa próxima sale música a muy elevado volumen. Se trata de una consola de aquellos tiempos, de esas que gracias a sus bruñidos acabados de madera adornaban ciertas salas con aspiraciones. Seguramente no entiendo lo que dice la canción, sólo recuerdo que se me quedó grabado el ritmo, el ran-ran-ran hipnótico del guitarrón y la entrada y salida de los remates con violines y trompetas. Era música mexicana, ranchera, y se oía fuerte en el barrio, el barrio que era todo mi mundo en aquella ahora remota infancia.
En aquel momento no sabía que esa música era de mariachi y que la voz principal pertenecía, o había pertenecido, a un joven cantante llamado Javier Solís. Había muerto poco antes, así que, supongo, estaba de moda en todas las radiodifusoras y en todas las consolas familiares que tocaban discos de 33 revoluciones. Acaso ese bombardeo dejó una marca en mi subconsciente, tanto que no puedo oír a Javier Solís sin recuperar jirones de recuerdo en las polvosas calles de Gómez.
Pasaron los años de la primaria y la secundaria y allí lo que predominó fue el rock. Recuerdo a mis amigos de la Flores Magón en largos debates encaminados a determinar que Kiss era mejor que Queen, o que Led Zeppelin tocaba mucho mejor que Pink Floyd. Todavía en 1978 permanecían vivísimas, además, las brasas de The Beatles y The Doors, jefes de varias tribus. No fue sino hasta la prepa, entre 1979 y 1982, recién radicado con mi familia en Torreón, cuando en las reuniones ya medio etílicas con los amigos alguno se atrevió a poner un casete —era el sistema de reproducción de audio más adelantado— con música mexicana. Allí, sin querer, volví a escuchar a Javier Solís y allí comencé a sospechar lo que ya dije: que esas canciones me instalaban de lleno en la infancia, en el barrio de Gómez, en la querida cercanía de mis padres.
Fue durante la carrera cuando comencé a comprar, secretamente y por mi cuenta, todos sus casetes disponibles. Como toda la música que me gusta, siempre la escuché solo y hasta la fecha jamás he intentado imponer a nadie tal agrado. Sé que en esta materia nada puede hacerse para convencer, pues cada género musical y cada grupo o cantante se convierten en favoritos gracias a circunstancias tan peculiares como la mía, la que acabo de contar sobre el niño de Gómez Palacio azorado por los ruidos de la calle.
Oír durante muchas noches, solo, con audífonos y antes de dormir a Javier Solís me hizo conocer bien, quizá demasiado bien, la mayoría de sus canciones, la entrada y la salida exactas de cada instrumento, los matices de la voz que fueron el rasgo hasta hoy inconfundible de este cantante mexicano. Supe, en el sosegado silencio de muchos viernes por la noche, recorrer cada sílaba, el avance de su media voz como “velada” y el estruendo de los estribillos en los que esa voz se desliza restallante por la letra sin un solo titubeo, perfecta. En todas sus interpretaciones ocurre ese pequeño milagro. Si tomamos, por ejemplo, “Esclavo y amo”, notamos que abre con la voz como fatigada, como cantando sin aire para que salga velada, pero a medida que la pieza avanza termina por llenar el escenario sin dar la sensación de haber “brincado” de la media voz a la voz plena. En “Sombras” ocurre algo parecido, y en “Las rejas no matan”, y en “Dios nunca muere”, y en “Entrega total”, y en “Dos almas”, y en “El mundo”, y en "Esta tristeza mía", y en “Noche de ronda” y en todas hay algo de esto, porque Javier Solís hizo lo que quiso con su instrumento, la voz, una voz que después de desaparecida ha sobrevivido y ha permeado el gusto de miles de personas.
Mi padre me ha contado que a principios de los sesenta fue a verlo a la Plaza de Toros Torreón. Javier Solís venía en la caravana auspiciada, creo, por la cerveza Corona, y allí cerró el espectáculo pues era el más famoso de los cantantes que se presentaban esa noche. Dice mi padre que "Javier" cantó impecablemente cerca de diez canciones, y que pasó algo muy extraño. Cuanto entonaba los versos de “Lágrimas de amor”, donde se menciona la lluvia, comenzó a llover levemente en esta región nuestra donde jamás llueve. Eso me conmovió, y convertí el recuerdo de mi padre en algo también mío.
Luego viví otra anécdota donde Javier Solís es protagonista. Mis hijas tenían necesidad de unos arreglos a sus uniformes escolares y las llevé con una costurera. Se trataba de una mujer entrada en años, tal vez 65, y noté que vivía sola, nomás acompañada de un perrito que nos ladró mucho al llegar. Cuando entramos al espacio de trabajo de la costurera, junto a la máquina Singer y una mesa llena de telas, cintas métricas, hilos y tijeras, vi una especie de estuche gigantesco de madera donde ordenadamente tenía acomodados muchos, todos los casetes de Javier Solís, sólo de Javier Solís. Imaginé que esa señora, la señora Nena, era su fan número uno en Torreón, y yo el dos.
Javier Solís —Gabriel Siria Levario, México, 1931— murió hace exactamente cincuenta años, el 19 de abril de 1966. Seguiré oyéndolo porque gracias a él vuelvo a mi infancia, vuelvo a la juventud de mis padres, vuelvo a la avenida Madero de Gómez Palacio, y todo eso junto, por una razón tan irracional como legítima, me arrima a eso que solemos llamar felicidad.

miércoles, abril 13, 2016

Adivinador














Una llega a donde llega gracias a miles y miles de pequeñas circunstancias, tantas que es imposible enumerarlas. Por ejemplo, yo estoy aquí, en esta plaza frente al mago con turbante, debido a que mis padres me tuvieron. Pero no sólo eso. Ellos no hubieran podido tenerme si antes no los tenían a ellos, así que me debo también a mis abuelos. Pero no sólo eso. Si a mis abuelos no los hubieran tenido, ellos no hubieran tenido a mis padres y etcétera. En resumen y para abreviar, soy hija de Adán y Eva o de los primeros monos, y si creemos en la teoría cientificista más que en la mítica, soy hijo de las primeras células que se juntaron para crear vida animal. El caso es que nací acá, en Gómez, y ahora estoy en la plaza frente al mago con turbante que se autodenomina “Bramán el Portentoso”. Mi presencia aquí, no lo cuento por vanidad, se debe a que desde chica fui buena para el estudio y tuve el apoyo de mi padre. Salí del kínder de Santa Rosa, luego estuve en la primaria Bruno Martínez, después en la 18, luego en el Tec de La Laguna, después en el Poli de la capital para la maestría y, al final, el doctorado en Pensilvania.  Mi trabajo en Francia es un excelente trabajo, tan bueno que puedo pedir permisos como éste que me tiene de urgencia en Gómez, mi ciudad. Vine porque mi padre fue internado y está, o estuvo, no sé, en peligro de muerte. Luego de cinco días de hospital ya se encuentra un poco mejor, aunque sigue grave. Pude pues salir a tomar aire, a recorrer la ciudad donde nací, a reconocerla luego de tantos años. Es pintoresca, un tanto desolada, triste, pero cuando el sol se oculta cobra una vida peculiar, parecida a la que le vi de niña. Allí me topé con el adivinador. Una rareza. “Adivino el pasado”, añade el letrero en la mesita donde tiene una ridícula bola de cristal y una especie de cetro decorado con chaquira. Me detuve y sólo por jugar le dije que adivinar el pasado era sencillo. Respondió muy serio que no, que adivinar el pasado es tan difícil como adivinar el futuro. Me explicó que su especialidad era adivinar el pasado de las personas con solo verlas. “Llego exactamente hasta su presente”, remató. Me pidió unas monedas para demostrarlo y le di cincuenta pesos. Miró cejijunto la bola mágica y dijo luego de unos segundos: “Mire, señorita hermosa, usted ha estudiado mucho. Salió del kínder aquí cerca, luego hizo la primaria… acá cerca también, estudió hasta la carrera en este rumbo, pero luego se fue a la capital y terminó en Estados Unidos. Trabaja en Europa, de donde viajó hasta acá porque su padre está a punto de morir en este momento, mientras le hablo. Mejor corra al hospital, tal vez alcance a despedirlo…”.

sábado, abril 09, 2016

Baile











Bailaban. El sol no había desaparecido en el oriente, hacia el Cerro de la Cruz, y todavía quedaban tendidos algunos rayos sobre la cresta de la ciudad. Eran las ocho y media, pero el cambio de horario traía el agotamiento de la luz hasta muy tarde, casi hasta las nueve. Daba lo mismo, pues en la plaza de armas ya estallaba el ritmo de un danzón con aroma nocturno y muchas, muchas parejas lo aprovechaban. La mayoría pasaba los sesenta, y lucía sus mejores trapos. Se trataba de una fiesta humilde, pública, estentórea, un motivo suficiente para esperar los domingos con anhelo y no desear nunca la muerte. Así se encontraron. O se reencontraron, más bien, Chayo y Ezequiel, ambos al borde de los setenta. “Disculpe, ¿usted no es Chayo?”, dijo Ezequiel con el sombrero en el pecho, como disculpándose de antemano por confundir a la mujer. “Soy —respondió Chayo, y agregó—, ¿y usted es Ezequiel?”. Ambos quedaron asombrados por haberse reconocido medio siglo después, e hicieron pareja para el baile. Entre pieza y pieza lograron platicar. En sus palabras se hacía presente la franqueza del que ya no necesita guardar nada. “Acabo de regresar a Torreón, Chayo. Después de que nos conocimos y fuimos novios, estuve aquí cinco años, terminé la normal y conseguí un jale de maestro en la sierra de Durango. Allí conocí a una con la que me casé. Pero salió mal no por ella, sino por mí: agarré duro la tomada. Apenas llegué a tener un hijo, pero se me murió a los siete, de una enfermedad que se pudo atender pero que fui dejando porque el trago me tenía muy distraído. La mujer me dejó, perdí la poca familia que había hecho y en vez de enderezarme me fui más chueco. Pedí un cambio y me mandaron a Michoacán. Allí llegué para dar clases en secundaria, de historia, pero no duré, pues ya para entonces iba borracho a trabajar, si es que iba. Me echaron y comencé a rodar. Me fui a México, luego a Veracruz, después a San Luis, hasta que terminé, no sé cómo, en una casa de recuperación de Zacatecas. Fue como una vuelta a mi tierra, y dejé el trago. Tengo ya diez años sin beber una gota y hace unos meses, luego de cuarenta años perdido, recalé a Torreón”. Chayo esperó su turno: “Yo me casé, tuve tres hijos. Me fue mal con el viejo, lo engañé. Me golpeó y terminamos. Luego me dediqué a ya sabe qué hasta que me aguantó el pellejo. Mis dos hijos se fueron al otro lado. A uno lo mataron. Otro está en la cárcel. Vivo arrimada con mi hija, de milagro”. Seguían bailando otro danzón. “¿Sabes qué somos, Chayo?” “¿Qué somos?” “Dos supervivientes. Abráceme más no para que se vea más cachondo. Abráceme fuerte como para felicitarnos mientras dura esta canción”.

sábado, abril 02, 2016

Herido














“Ya está muy viejo, esta vez le daremos oportunidad a los jóvenes”. Así de fácil y de cruel lo habían eliminado del negocio, así de fácil y de cruel cercenaban sus veinte diciembres ininterrumpidos como Santoclós verosímil. ¿Y ahora qué harían?, pensó. Claro, contratar al primer hijo de puta que les llene la Printaform, de seguro un enano prieto, flaco y lampiño que deberá hacer milagros con almohadas y barba postiza para dar el personaje, lo que por cierto jamás ocurrirá, pues los prietos y lampiños no sirven para Santacloses de verse. ¿Cómo salen con semejante idiotez?, pensó. ¿Qué no vieron en dos décadas el éxito de ventas provocado por un Santoclós que sí parece Santoclós? Mientras volvía a casa se vio en el reflejo de muchos aparadores. Cierto, era ya viejo, de setenta, pero eso ayudaba en lugar de defraudar. Era gordo, de tez rojiza, alto y sobre todo bien poblado de pelos blancos y largos en la cara, como todo buen hombre de origen alemán, así fuera remota la llegada del apellido Eichelberger (roble de la colina) a estas tierras jamás acariciadas por la civilización. Lo suyo era más que un disfraz, era la mismísima encarnación de Santoclós en estos desiertos llenos de indios cacarizos. Pero los imbéciles de la tienda, pensó, le darían “oportunidad a los jóvenes”, como si el papel de Santoclós pudieran ocuparlo muchos cabrones al mismo tiempo. Mientras volvía a casa con la mala noticia bufando en su nariz, no dejaba de preocuparle el futuro, siempre el futuro. Su esposa estaba enferma y por eso y por muchas otras razones jamás desaparecían las deudas que con la plata de la Navidad solían disminuir hasta quedar casi en ceros. Las cosas no andaban nunca desahogadas en lo económico y diciembre era entonces una época de recuperación, de sueldo decoroso y una que otra buena comisión arreglada con Montoyita, el fotógrafo que movía las fotos ampliadas por debajo de la mesa, fuera de la tienda, sin que lo supiera el dueño. Esta vez no sería así, a menos de que pronto cocinara con otro fotógrafo lo que se pudiera, una escenografía en la alameda o donde sea, todo por culpa del pendejo dueño de la tienda, un indio como todos en este país lleno de prietos que jamás podrían hacer un Santoclós hecho y derecho, nórdico, de buena estampa y carcajada exacta para alentar el espíritu navideño como dios mandaIndios pendejos, pensó.