miércoles, marzo 16, 2016

Tragos




















Me había ido bien y allí mismo, afuerita del bar El Nopal, sentí la obligación de ayudarlo. Tenía los ojos hinchados, el pelo revuelto y ya había perdido tres dientes. Los que le quedaban eran grandes y amarillos, y cuando hablaba le salía una voz cavernosa, triste, una voz como emitida desde el fondo de un desastre. Era él, ahora de bolero lumpen, casi cuarenta años después de haberlo conocido. El tatuaje en el brazo —un ojo con tres lagrimitas oscuras— me ayudó a identificarlo. Era él. Me atreví a preguntarle mientras lustraba mis zapatos. Usted ya no se acuerda de mí, le dije. Levantó la cara sin dejar de cepillar uno de mis empeines. No, patrón, la verdad no. El enrojecimiento de sus ojos mientras miraba hacia arriba y el pelo desgreñado y brilloso por la suciedad le dieron por un instante cierto aire de divino rostro sin corona de espinas. Bajó la cara y siguió con su chamba, concentrado ya en el jabón de calabaza. Yo lo conozco, amigo, le dije. Usted vendía loches. Ah, sí, respondió, de eso hace un chingatal de años. Pero ya ve, me acuerdo de usted muy bien. Usted se ponía en la Presidente Carraza y la calle Blanco, en su carrito, agregué para que tuviera mejor noticia de mi buena memoria. Y recordé más. Él boleaba y yo le compartía uno de mis mejores recuerdos de la infancia. Ahí voy, con el poco dinero que había disponible. Me alcanzaba para un lonche de mortadela y al llegar le pedía, como bocadillo de entrada, las “chichitas” del pan, los picos que quitan y tiran los loncheros antes de preparar lo que sigue. El tipo me los daba sin chistar y poco a poco se hizo costumbre: me veía venir y ya tenía seis, ocho o diez picos de francés, y yo era feliz en ese instante. Así hasta que salí a estudiar a Durango y así hasta que, sin darme cuenta, el lonchero desapareció hasta el reencuentro de hoy. Usted siempre me regalaba los piquitos de pan, remaché. Ah, respondió sin emoción. ¿Y por qué dejó los lonches y ahora bolea?, pregunté. Me fue mal, amigo. Me gusta tomar. Hago esto sólo para seguir tomando, ya qué, dijo mientras untaba grasa El Oso al mocasín. ¿Toma aquí en El Nopal? Sí, dijo. Entonces voy a pedirle un favor. Soy amigo del dueño. Ahora mismo vamos y le decimos que usted ya jamás pagará aquí sus tragos. Cada vez que venga, que le abra una cuenta y yo la pagaré. Volvió a mirarme desde su banquito portátil de bolero. Vi en su mirada que no me creyó, pero yo le hablaba en serio. Yo le iba a pagar una alegría con otra.