sábado, julio 17, 2010

Carta sobre chatarra



Desde hace algunos meses gozo la deferencia de un lector frecuente radicado en Piedras Negras; es lagunero, se llama Rafael Acosta y además de ser santista, es médico. Ejerce allá, en aquella querida ciudad fronteriza. Es un paisano atento y crítico, un hombre informado y con preocupaciones ecuménicas, pues además de su profesión, gusta de la política y la literatura. Pues bien, el doctor Acosta me escribió el jueves para comentar mi columna de ese día. Trato allí sobre la bomba de tiempo que ya es la obesidad, esto para la salud pública de un país que no necesita más problemas y al que lamentablemente se los sumamos quizá sin darnos cuenta, como sucede con la pésima alimentación que a diario nos infligimos. He pedido autorización al doctor Acosta para reproducir íntegra su carta; en ella veo, de manera fresca y casi coloquial, el problema de la obesidad abordado por alguien que enfrenta a diario, en sus pacientes, este problema. Agradezco el diálogo de mi interlocutor y le cedo la palabra:
“Hoy leí su columna con más atención que de costumbre; la chatarra es un problema cotidiano en mi práctica profesional y todos los días batallo con eso porque la comida chatarra es muy mala para la gente alérgica, particularmente para los niños (sobre todo los colorantes y conservadores).
Desafortunadamente, prohibirla en las escuelas no va a llevar a nada, pues sus raíces son ya estructurales.
Cuando las mamás me preguntan por qué no comen sus niños, les pregunto: ‘¿Cuándo le dijo su mamá que qué quería comer?”, y la respuesta es invariable: nuestras madres nos daban lo que teníamos que comer y punto.
El problema se dio cuando las mamás tuvieron que salir a trabajar, pues ahora llegan a casa sin haber visto a sus pequeños durante todo el día, se sienten culpables (no deberían, pero en fin) y como no tienen ganas de pelearse con ellos les dan lo que les piden; un chiquillo no va a pedir una ensalada o una crema de espinacas, podemos estar seguros.
Un día le pregunté a un niño qué desayunaba y me dijo que ‘10 pesos’; le pedí que me explicara eso y me dijo que era lo que su mamá le daba para que comprara Fritos y refrescos en la escuela.
Con frecuencia tengo que meter en dieta a mis pacientes, y cuando les retiro a los niños la chatarra, colorantes y algunas otras cosas, las madres invariablemente me preguntan: ‘¿Entonces qué le voy a dar de comer?’, a pesar de que les incluyo una lista con lo que pueden alimentarse: verduras, frutas, pollo, pavo, res, carnero, agua, leche y jugos naturales.
El colmo fue una mujer de cuarenta y tantos años a la que le dije que no iba a poder comer pizza por un mes y se soltó llorando a moco tendido frente a mí y se fue como si la vida hubiera perdido sentido para ella al no poder comer pizza.
Son muy raros los pacientes y mamás que aceptan llevar una dieta saludable y sin todas estas comidas industrializadas.
Es un hecho que las enfermedades alérgicas están al alza, y en muy buena parte es por la alimentación.
Tendríamos que reeducarnos y educar a las madres para que eduquen a los niños; la cadena se invirtió (no menciono los intereses económicos, porque es otro boletote).
Ya fue mucho rollo, pero creo que el problema se da porque las madres tuvieron que salir a trabajar y perdieron el control de la alimentación en sus hogares”.