viernes, diciembre 11, 2009

Oficio de bibliófilo



Como algunos saben, estuve en la FIL el pasado fin de semana. Me fue muy bien, y no lo digo tanto por la presentación de uno de mis libros, sino por todos los títulos que pude comprar con una mezcla de bajo presupuesto y mucho cansancio. Narro algunos detalles. Llegué a Guadalajara el sábado por la mañana. Casi de inmediato me apersoné en la Feria y dado lo recortado de mi agenda (sólo dos días allá) tuve que ir al grano: busqué lo que mi flaco presupuesto puede alcanzar, libros en oferta, ediciones buenas pero con sellos no muy caros. Nada de Tusquets ni de Anagrama, que son inaccesibles a mi bolsillo, pero sí muchos otros, incluidos los de regalo para mis mujeres y amigos, todos a precios si no bajos, por lo menos nada escandalosos.
Ese sábado a las ocho presenté mi libro. Ya para entonces había comprado, en un día extenuante, como veinte obras de distintos autores y distintas editoriales. El recorrido para llegar a ellos fue intenso, pues uno a uno fui asomándome a los pabellones y allí donde se combinaran los factores de mi interés y el precio desenfundaba la de débito. El domingo 6, último día de la FIL, hice lo mismo, pero ya sin la inquietud de presentar nada. Me dediqué pues a buscar más libros, a explorar en los anaqueles aquello que, reitero, estuviera al alcance de mi economía y fuera de mi total interés. No miento si digo que así, buscándole, rascándole a la Feria, explorando casi con lupa en los estantes, al final me hice de más de treinta estupendos libros por poco menos de dos mil pesos. Esto suena insólito, lo sé, pues cualquier viaje a cualquier librería suele dejarnos, si gastamos esa cifra, no más de seis o siete libros, y eso si pepenamos de los baras.
¿A qué se debe esa diferencia? Muy sencillo: a que el precio del libro es el precio más caprichoso que conozco. Si un refresco o unas papitas o una computadora cuestan más o menos lo mismo en el mercado (con las diferencias habituales que dependen de la tienda o del volumen que manejan los comerciantes), los libros se mueven de forma muy extraña porque obedecen a un montón de variables. Doy un ejemplo: un buen autor (Saramago) publica una nueva novela en Alfaguara; su precio es de 250 pesos. A la vuelta de un año, esa misma novela (con celofán, nuevecita) cuesta lo mismo: 250 pesos. Dos años después, esa misma novela, ya en la segunda impresión, cuesta 230 pesos. Y así: en dos años sólo bajó veinte pesos. ¿A qué se debe eso? Muy sencillo: a que el autor no decayó como figura pública del arte, a que tiene el eterno Nobel, a que ya se anuncia su nuevo éxito y a qué el mercado sigue demandando su trabajo. Veamos un caso que lo contraste: cierto autor desconocido pero excelente publica por primera vez una novela en Alfaguara; el precio de salida al público es de 250 pesos, y así dura tres, cuatro, cinco meses. A la vuelta de un año, el precio de ese mismo libro, con celofán y todo, es de 120 pesos. Dos años después, porque la edición no corrió con mucha suerte, la novela del escritor excelente pero todavía no famoso alcanza el precio de 50 pesos con los vendedores de saldos. En otras palabras, en dos años perdió 200 pesos de su valor. ¿A qué se debe eso? A que la editorial se la jugó con él, pero no funcionó como era de esperarse; el mercado no reaccionó favorablemente y los ejemplares de la novela se fueron quedando rezagados, en bodega, y es sabido que el costo de almacenamiento suele ser alto, así que hay que venderlos y sacarles la ganancia mínima para quedar tablas. El pobre autor tendrá que seguir batallando para ver si en la siguiente le pega.
Pongo ese caso hipotético, pero operante en la realidad del mercado editorial, porque da idea de lo que yo suelo hacer al comprar libros. No me voy a la primera finta de la publicidad, sino que espero, busco libros que son buenos pero ya vienen de bajada en su promoción, u obras que, también excelentes, no buscan el lucro descarnado sino la difusión del conocimiento y el arte, como es el caso (no siempre) de las publicaciones auspiciadas por instituciones como la UNAM o el FCE.
Luego de treinta años conviviendo cerradamente con los libros sé que el placer de la bibliofilia no es saciado sólo por los ricos. Yo no lo soy, estoy muy lejos de serlo, pero con mis pocos quintos de asalariado paterfamilias y un ya más o menos bien entrenado olfato de perro sé dar con títulos que, lo aseguro, ni me creerían si se los describiera como a veces lo hago aquí, en esta columna que hoy termina en esta palabra: la visual y sonoramente hermosa palabra palabra.