sábado, febrero 07, 2009

Justicia a la medida



¿Cuántos miles de casos delincuenciales quedan archivados en una carpeta judicial, en algún recoveco de periódico, perdidos en el ciberespacio o evaporados en la fugacidad de la radio y la televisión? ¿Cuántos más ni siquiera alcanzan esa efímera difusión? A tales inmundicias ha llegado la justicia en México que sólo son resueltos, asombrosa, eficaz, expeditamente resueltos, los delitos que dejan “mala imagen” a un gobierno municipal, estatal o federal, de donde se puede colegir que, para dar con los culpables, es necesario ser víctima peculiar, pues no cualquiera atrae los reflectores y, consecuentemente, una prontísima resolución del caso a favor de los afectados.
Tres delitos recientes ilustran lo que quiero explicar: el secuestro del joven Alejandro Martí, los granadazos en Morelia y, recién, el asesinato del científico francés que trabajaba en la UAM. Apenas se convirtieron en noticia incómoda, los tres fueron resueltos satisfactoriamente, como si nada, más fácil que en un programa de Los ángeles de Charlie.
Como recordaremos, el famoso caso Martí se convirtió en el principal pedrusco en el zapato del sistema de seguridad mexicano durante 2008. Fue un crimen horrible, tanto como tantos que a diario son cometidos en el país, pero dada su notoriedad el empresario que perdió a su hijo tuvo muchos escaparates y atención especializada hasta del mismísimo Felipe Calderón. Luego de que el tema se asentó en los predios del escándalo hubo, mágicamente, increíbles resultados. Cayó parte de la banda que, eso dijeron las autoridades, operó el secuestro y la ulterior ejecución del joven. Todo quedó en laberinto, en barroca explicación, en sospechoso resultado. Da la impresión de que nadie tomó en serio lo descubierto por las autoridades, pero sirvió con toda puntualidad a los fines mediáticos que refulgían como prioritarios: en unas semanas todo fue olvidado y ya nadie en su juicio consideraría lógico plantear la posibilidad de que hay muchos chivos expiatorios metidos de oquis en esa olla.
El día del Grito fueron detonadas dos granadas de fragmentación en Morelia. Se trató, a todas luces, de un acto terrorista, quizá el primero de esa índole en nuestro país. Fue, sin duda, uno de los momentos más tristes del 2008, pues de golpe pasamos a un estadio de cavernarismo que jamás imaginamos presenciar, lo que puso contra la pared a las autoridades, pues prácticamente no hubo ciudadano que no mostrara consternación ante la inseguridad que habíamos alcanzado aquella noche. Una semana después, los presuntos culpables estaban detenidos y declarando, con amabilidad, que ellos habían sido los culpables, como si fueran farderos o mariposeros y no terroristas: en unas semanas todo fue olvidado y ya nadie en su juicio consideraría lógico plantear la posibilidad de que hay muchos chivos expiatorios metidos de oquis en esa olla.
La semana pasada, un ciudadano de origen francés sacó euros en una casa de cambio del aeropuerto capitalino. Era una eminencia en biología, un sujeto pacífico y muy respetado entre los académicos de su rama en la Universidad Autónoma Metropolitana. A él, ya sabemos, lo siguieron unos pillos, le exigieron el dinero, lo amagaron, se defendió y le dispararon varios balazos. Luego de algunos días, murió. Poco después hubo, mágicamente, increíbles resultados, pues con lujo de calidad investigativa cayeron los culpables: en unas semanas todo será olvidado y ya nadie en su juicio considerará lógico plantear la posibilidad de que hay muchos chivos expiatorios metidos de oquis en esa olla. Así está la justicia en México: de lágrimas, risas y horror.