miércoles, octubre 25, 2006

Noche con Armablanca



En la foto, Pedro Moreno (Director Municipal de Cultura de Saltillo), José Agustín y yo en el foyer del Teatro Isauro Martínez, durante la presentación de Armablanca en Torreón. Esto fue lo que leí:

Armablanca o las obligaciones de la memoria

Jaime Muñoz Vargas

La memoria es un juguete muy extraño: cuando la ponemos a trabajar nos trae un río de vivencias que, sumadas, forman íntegras y fascinantes novelas. Lo malo es que generalmente se quedan en eso, en memoria pensada o dicha, y pocas veces derivan en esa forma sutil de la materia que llamamos escritura. A sus frescos 62 años, de los cuales más de 40 han sido invertidos en el despiadado aporreo de teclámenes, José Agustín (Acapulco, 1944) puede regalarse el lujo de convocar a sus fantasmas y guiarnos junto a ellos por los entresijos de un pasado que le pertenece porque lo vivió, porque estuvo allí, con los sentidos muy despiertos y dispuestos siempre a devorar, con hambre de adolescente, el inagotable banquete del mundo.
Su novela Armablanca, segunda de la trilogía que comenzó con Vida con mi viuda, se suma meritoriamente a la ya larga y brillante carrera de José Agustín, carrera que enlista títulos como La tumba, De perfil (para muchos su “Quijote”), Se está haciendo tarde (final en laguna), Ciudades desiertas, Inventando que sueño, El rock de la cárcel, Cerca del fuego, La miel derramada, Dos horas de sol, Los grandes discos de rock (1950-1975). Se suma con mérito, digo, y lo logra mediante el uso de su memoria en tanto almacén de emociones y actitudes, no como gélido archivo de datos. Como pocos en México, José Agustín sondea en el alma de los sesenta en el Distrito Federal, en la postura de la gente que devino mayúscula manifestación popular y alumbramiento de una nueva era para México, como lo dice en el relato Dionisio Amador, su personaje principal.
No todo lo poco bueno de lo que goza el México actual nació en el 68, como ingenuamente algunos gordezuelos laguneros creen que creemos, pero es evidente que se trató de un hito en el cual la sociedad civil, ese ente innumerable que en aquel caso tuvo mayoritario rostro de estudiante, puso a prueba la tolerancia política del Estado posrevolucionario. El instante climático de Tlatelolco ya lo conocemos, y me atrevo a pensar que su principal dividendo se dio en términos de apertura informativa. No es gratuito que en aquel momento los medios no cooptados por el régimen hayan sido sólo las sufridas revistas Por Qué, Política, un poco ya el periódico Excélsior de Scherer y Radio UNAM, todos mencionados por José Agustín en Armablanca, y una década después, a fines de los setenta, ya existieran Proceso y unomásuno, ejemplos de independencia crítica y creatividad periodística, publicaciones que a la postre servirían de modelo y escuela a muchas otros medios no sólo de prensa escrita, sino de radio y, así sea muy larvariamente todavía, de televisión.
En Armablanca, el autor de las tragicomedias mexicanas hunde su mirada en aquella época efervescente y nutricia. Se ubica en el México del optimismo desarrollista que comenzó Alemán, periodo que le había dado alguna estabilidad económica al país, ciertamente, pero no libertades de asociación y menos de expresión. Por anecdótica que parezca la chispa que detonó el movimiento del 68, el caldo de cultivo social estaba allí, y sólo era necesario un empujón mínimo para que la rebeldía atronara frente al régimen de mano dura que encarnaban Díaz Ordaz y Echeverría, los hermanos Almada de la política mexicana.
No deseo dejar en el lector la sensación de que Armablanca es una crónica de lo ocurrido en aquella década convulsa ni un repaso histórico disfrazado de literatura. No es eso. Es una novela de la página 13 a la 219, pero su asiento y el aroma que la rodea es el referente real de los acontecimientos que desembocaron en el 2 de octubre y la caída de la máscara gubernamental, lo que nos dejó ver la verdadera fisonomía del poder en México.
José Agustín se vale de cuatro o cinco personajes protagónicos para contarnos sus historias y sus histerias en medio de la ebullición social de los sesenta. Lo más interesante, a mi juicio, es la habilidad con la que el narrador guerrerense-chilango-yacasimorelense cuela los detalles reales en los intersticios de las vidas ficticias. Sin agobiar al lector con cargas de caballería informativa, los afanes del restaurantero y divino chef Dionisio Amador, de su prenda amada y rejega y cabrona Carmen Benavides, del pragmático y tracalero Eugenio Séptimo Lumbreras, de la motorola cantante Lucrecia-Isela Vega y, sobre todo, del escritor José Cordero, sugerente alias novelístico de su tocayo Revueltas, van configurando un fresco en el que poco a poco se enredan esas vidas individuales con el movimiento colectivo que, se quisiera o no, a todos involucraba en aquel instante de la vida nacional.
Con el restaurante Armablanca, propiedad de Dionisio Amador, como corazón de donde bombea toda la sangre narrativa, José Agustín luce otra vez las pericias de su prosa coruscante, segura y amena, novedosa y festiva en cada rincón de la historia. No lleva su ludismo formal a las desafiantes esferas de otros relatos de su cuño, pero de todos modos el lector que ya reconoce y aprecia el sello joseagustiniano encontrará en Armablanca un repertorio muy variado de logros prosísticos y un motivo más para no abandonar estas páginas. Calembures, retruécanos, deformaciones del habla, desplazamientos semánticos, ironías con el lugar común, citas en otro idioma, todo se acumula con vertiginoso ritmo y a eso le calza además la maravilla de los copiosos versos bolerísticos que Dionisio, como buen hijo de compositor popular, intercala a la menor provocación en cada una de sus afirmaciones, como cuando dialoga con Lucrecia Vega y ambos trenzan casi completo “Mi segundo amor”, si no recuerdo mal uno de los máximos hitazos de la trova yucateca:

Pero me abandonó [dice Dionisio sobre su Carmen], dejándome en el alma una desilusión, tuve de aquel amor una amarga impresión, mas de casualidad apareciste tú (…) ¿yo soy tu segundo amor? [responde Lucrecia], el que vino a borrar esa duda constante que tú tenías, culpa de aquel amor en quien tú creías?

O ésta de Los Panchos en un diálogo de Dionisio con su cuasihermano el Trancas: “No, compadre, no, esto es sin movidas chuecas. Sí, cómo no, esas palabras tan dulces puede que sean sinceras, pero no, no y no, no te las voy a creer”.
Debajo de su chisporroteante batahola de frases humorísticas, Armablanca teje un par de historias, como dije: la de sus protagonistas y la del Distrito Federal que hierve de tensión ante tres hechos: por un lado, las multitudinarias manifestaciones contra el poder, y, por el otro, la urgencia que ese poder tiene de acabar con la crítica colectiva dada la cercanía de las olimpiadas y, poco después, de la dinástica sucesión presidencial que a la postre dejaría una bayoneta en las crueles manos de Echeverría, amo y señor de la cruzada setentera para acabar con todo lo que oliera a comunismo. Al restaurante recalan no sólo muchos actores de esta novela cómico-trágico-sentimental (sobre todo en la parte que corresponde al cuadrángulo amoroso-desamoroso tejido entre Dionisio, Carmen, Cordero y Eugenio el Trancas), sino muchos chismes sobre lo que ocurre en las calles. Tales chismes llegan a Dionisio, por supuesto, quien de una actitud apolítica se ve involuntaria, graciosamente implicado en los acontecimientos.
No olvido un rasgo saliente en Armablanca: que debajo de sus renglones se agazapa un homenaje a José Revueltas, personaje embozado apenas, como Robin, bajo el delgado antifaz del apellido Cordero, escritor admirado por todos en la novela, artista, teórico, líder intelectual, dipsómano irredento y fiel síntesis de aquellos alocados tiempos en los que el compromiso revolucionario, con el grado en que se diera, siempre era acompañado por todos los defectos y todas las virtudes humanas, más, mucho más en esa fuerza de la naturaleza que nació en Durango y que escribió siempre desde “el lado moridor”.
Creo en suma que Armablanca es una novela redonda por muchas razones. Su trama, distribuida en tres estancias que se remontan a 1962 y 1968, sólo es en apariencia sencilla, pues nos plantea un desafío edificado a guiños: recrear no una época decisiva para México, sino su espíritu, su latido, el primer impulso de lo que luego cristalizaría en organizaciones sociales, partidos y medios de comunicación más cercanos a un ideal democrático.
Falta mucho para cristalizar el ideal de sociedad que late en Armablanca, pero allí es dibujado con habilidad su germen y eso merece un brindis. Hay que beber “severamente”, como decía Cordero-Revueltas, a la salud de José Agustín, su memorioso autor.

Comarca Lagunera, 24, octubre y 2006


Armablanca, José Agustín, Planeta, México, 2006, 219 pp.